Misterio · Unidad 107 de 196

Unidad 107 · MISTERIO 275

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MISTERIO 275

la invasión; ellos abrevaron en el Sena las monturas de los cosaoos... y ahora les vamos á sellar en la frente la vergüenza de la usurpación y del fraude!.,. ¡Cuando yo soñaba con imponerles un castigo ejemplar y terrible... no creía que Dios pudiese tenérselo reservado tan completo, tan uni versal 1 ¡Y menos que me tomase por instrumento á mí... á tiosotros!

— Nosotros — confirmó Giacinto, — que somos una fuerza, hacemos nuestra la causa de Dorff el mecánico y la defenderemos por todos los medios... hasta contra él mismo si por exceso de generosidad quisiese perderse otra vez. ¿No es cierto, Soliviac? ¿No es cierto, Luis Pedro? Nuestras energías enteras se consagrarán á este asunto. Nuestros Iiermanos vendrán en ayuda nuestra incondicional mente, y casi me atrevo á sospechar que no serán ellos solos... {Ah! ¡Llevamos en el Poliphéme una revelación á la patria! Para los convencidos, la fe; para los escépticos, la prueba — añadió señalando al cofrecillo.

La voz cristalina de Amelia se alzó entonces, algo velada por la inmensa emoción.

— Señores, si me atreviese... les haría una observación, les daría un consejo de mujer. No formen planes, no alimenten esperanzas, porque desgraciadamente nos encontramos en situación crítica. ¿Creen ustedes que podemos desembarcar en Francia? Yivo y libre el esbirro, que conoce los hilos de esta maraña, no tendremos acaso, en Europa entera, un instante de seguridad y sosiego.

— ¡Bien dice la señorita! — declaró Giacinto, que por puro amor al arte la contemplaba extasiado, admirando aquella

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altiva hermosura, aquel brioso oontínente, aquel imponente* señorío.

— ^El peligro es mayor de lo que parece— prosiguió Amelia, — porque, hasta el día, nadie en el mundo tenía oonocimiento dela existencia de estos documentos preciosos, por un milagro salvados y que pueden cambiar el curso de la historia. Mi padreIos conservaba, sin pensar hacer uso de ellos. Quería deberlotodo i la espontaneidad del cariño de su hermana. Todavía espera en él. Pero el esbirro está enterado, el esbirro hará que sepongan en movimiento hasta las piedras para quitamos nuestra única garantía. No se reparará en medios: cuantos hemos intervenido en este episodio desapareceremos; la tierra guardará el secreto mejor que lo guardábamos nosotros... En vez de pensar en ruidosos desquites y espléndidas victorias, ¡pensemos en^ ocultamos, pensemos en resguardamos de la tormenta que nos amenaza! {Tuerza el capitán Soliviac el rumbo, vire de bordohacia Dunquerke! No podemos dirigimos á las costas de Francia; Francia sería nuestra sepultura. Llévenos lejos, lejos. Tal vez ni en Holanda hallaremos seguridad.

Dorff escondió la cabeza entre las manos. El reproche indirecto que se encerraba en la objeción de Amelia le dolía como agudo clavo que le pasase el alma. El estaba cierto de haber hecho bien; allá en su interior había algo que aprobaba su arranque de insensata magnanimidad. Sin embargo, no podía desconocer que e7'a cierto^ que al soltar á Yolpetti se había cerrado lapuerta de Francia y el camino hasta la persona á quien especialmente deseaba conve^ce7 y obligar á que le tendiese los brazos*

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---«Nuestra suerte y nuestra causa est&n en manos de Dios, Amelia— respondió oon ademán inspirado;— ten confianza. He •dado libertad al esbirro, pero está bajo una mirada sobrehumana.

—Por lo pronto, monseñor— dijo Giacinto con humorístico «larde, --lo que ese poder sobrehumano hizo fué disponer que pasase una goleta cuando el esbirro batallaba para no ahogarse. y la goleta le ha recogido y hacia las costas francesas le llera en •este momento. Dios es muy bueno, pero de tejas abajo quiere •que noe ayudemos nosotros... y nos ayudaremos; ¡vientre de la Madona!^ añadió el italiano entre risueño y furioso. — Lo que •es ahora, listos tenemos que andar si hemos de Talemos. jAquí •del ingeniol ¿Digo bien, hemumos?— añadió oon solemnidad in- •esperada, dirigiéndose nuevamente á Luis Pedro y Solitiac.

— Señores-^insistió Amelia, — ^secreto por secreto, tengan la txmdad de enteramos de quiénes son ustedes y qué fuerza es •esa de que disponen.

—No nos es lícito — contestó Giacinto— entregar á nadie la •clave de nuestro ser. Conténtese con oir que somos zapadores minadores de lo presente, constructores de lo futuro. Nos dirigimos al porvenir. Pigmeos, casi invisibles, en la sombra, atascamos las columnas en que se apoyan los gigantes. Nada nos •complace como defender al débil contra el fuerte. No tenemos nombre, ó si lo tenemos es nombre que no resuena, nombre «ordo y mudo.

Renato escuchaba frunciendo el entrecejo, oon expresión de inquietud.