Misterio · Unidad 112 de 196
Unidad 112 · CUARTA PARTE
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CUARTA PARTE
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CUARTA PARTE
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LA. X-LEO-AIDA.
Al pie de una estribación de la cordillera que atraviesa en sentido longitudinal á Bretaña y se i)rolonga por Normandía para morir en Cherburgo; en el punto mtás cercano á la abrupta costa, punto que podríamos fijar— si se nos exigiese gran exactitud geográfica — entre Saint Brieu(í y Dinán, pero mucho más cerca de Saint Brieuc, se encuentra, enclavado en plena tierra baja bretona, el castillo de Picmort. Rodéale una de las frondosas y seculares selvas que caracterizan á este país y i contribuyeron á (jue pudiese desarrollarse en él la memorable
MISTERIO -ÍÍKJ
guerra de guerrillas conocida |)or rhuaneria: y apenas traspuestos los últimos matorrales que sirven de lindero á los bosques, empieza la melancólica región de las laudas, las maman y las fiuncis^ envueltas en nieblas, salpicadas de negruzcas piedras que se confunden con los monumentos megalíticos, y terminando, donde ya puede oirse el fragor del mar y verse la línea (le los escollos, en extensiones infinitas de movediza arena.
Kl castillo de IMcmort j)ertenece al marquesado de Brezé, por el feudo de (ruyornarch, que permite á tan ilustre casa preciarse de descender de los antiguos reyes soberanos de Bretaña desde (4 noveno siglo de nuestra era. Y á decir verdad, no obstante las vicisitudes políticas y la invasión de las nuevas ideas, continúan los marqueses de Brezé, cuando ocurre lo que va á saberse, ejerciendo efectiva soberanía en aquel rincón del mundo. No hay en el angosto valle (jue dominan los vetustos torreones de Picmort, fundados, según tradiciones locales, sobre el palacio del rey Eris|K)l, que yace ba^jo tierra, sepultado en los cimientos de la Bastilla, un pastor envuelto en pellejas de cabra, ni un aldeano de luenga cabellera, bordada chaquetilla, amplias bragas y sombrerón de fieltro, que no aciite el señorío de la casa de Brezé, respetándolo cual se respeta á la divinidad, y cuando, atraído por la abundancia de aves frías en las marismas y de corzos en la floresta, el último Brezé pone el pie en sus dominios, recoge á cada instahte pruebas de este extraño y decidido amor del bretón k sus señores.
Una tarde, á la hora en que el sol se pone y sus raurientos rayos doran el liquen de los rudos pedruscos célticos, dirigíanse