Misterio · Unidad 113 de 196
Unidad 113 · 2í)4 MISTERIO
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2í)4 MISTERIO
hacia la extremidad de la selva, viniendo de las dunas, una mujer y un hombre, el cual llevaba un niño en brazos. Caminaban trabajosamente, con evidentes señales de fatiga, sobre todo la mujer, que alzaba á duras penas los piececitos diminutos, calzados con los zuecos correspondientes al traje de aldeana que vestía y á la blanca cofia bretona que encubría sus nibios cabellos. Al ñn^ exhalando un suspiro, dejóse caer en un ribazo. Su compañero entonces se acercó a ella solícito.
— Señora— advirtió en tono de singular respeto, —va á íinochecer: no llegaremos, y será preciso dormir al raso con la criatura. ;Un esfuerzo! Detenernos á tal hora es peligi-oso.
—Son los zuecos queme han magullado los pies — murmuró la mujer, que era joven y encantadora, — pero no importa. ¡Arriba!
Y se incorporó, mordiéndose los labios para reprimir el dolor, é intentando volver á andar; pero A los tres pasos palideció y declaró con desaliento:
— ¡No puedo! ¡No puedo! ¡Qué va á ser de nosotros!
El hombre— que no era sino nuestro conocido Luis Pedro — movió la cabeza, ¡jero no se atrevió á insistir. .
Deposita al niño dormido sobre el suelo y se enjugó el sudor <3on nerviosa mano.
Ladridos lejanos interrumpieron el silencio del bos(iue, y pronto un enorme porrazo, un solierbio mastín de guarda, saltó de entre la maleza. El niño, desj)ertándose, rompió á llorar; la mujer, á pesar de su abatimiento, se incorporó. El trote de un caballo, que se aproximaba, acababa de resonar sobre la seca tierra.
MISTERIO 205
— A4UÍ, Silvano. ¡Santiís y buoiins tardes! — oxclaiuó el jinete eehando pie á tierra con agilidad.
Era un mozo aldeano, alto, bien formado, de hermosa C4ira imberbe y abundante melena.
— ;Son las personas que aguardamos on PicmortV — i)reguntó.
— Las mismas — apresuróse á ex)ntestar Luis Pedro.— ; Y tú eres Juan Vilain?
— .luán Vilain soy, para servir á Dios y á mi señor el marqués de Hrezé... En el aviso que he recibido se me dice que llegarán una majer, un niño y dos hombres.
— Nuestro compañero se ha quedado en la (íosta — res])ondíó evasivamente Luis Pedro. — Se nos reunirá más tarde.
— Cuando llegue será bien venido — oontestx) Vilain con lira ve cortesía.— Entretanto cumplamos lo que el señor ordena. Es su voluntad que nadie en la («marca sepa que ustedes se encuentran en el (íastillo. Prepárense á hacer lo «pie yo les diga.
— Se hará punto por punto, Juan Vilain. Sé que eres un servidor fiel y de casta de valientes.
El bretón no pestañeó ante el elogio. Tomó en peso á la fatigada jovencita y la sentó cómodamente en el albardón del jaco. Cogió luego al niño, y, acariciándole 2)ara tranquilizarle, se lo echó al hombro izquierdo. Con la diestra agarró la brida del caballejo, y, guiando, retrocedió hacia el bosq\ie.
Xeí^esitábase conocer el terreno palmo á palmo para tal t^aminata á tales horas. Se íicercaba la noche; dentro del bosque se espesaban las tinieblas. El caballejo, á no dirigirle la