Misterio · Unidad 115 de 196

Unidad 115 · 2í)S ^USTERIO

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eos que la inoiliñcaban y que Juan Vilain gu'ardó en los bolsillos de la chaquetilla, caminó sin otro calzado que sus gruesas medias de lana.

En los primeros instantes tuvieron «[ue deslizarse casi á gatas, pues la entrada era angostísima; á poco, el pasadizo

subterráneo, de gredosas paredes, se ensanchó y pudieron enderezare. Pronto alcanzaron un salón circular, sustentado l)or i)Ostes de granito y cuyo suelo estaba alfombrado do seca hierba. Al llegar allí, Vilain soltó al niño; volvió atrás, y se dedicó á esconder con maleza la entrada. Hecho esto se reunió con sus protegidos, se dirigió á un ángulo del salón y les presentó una cesta con provisiones. Pan, vino agrio, queso y leche

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eran el refrigerio; el hambre de los viajeros lo encontró exquisito. Sentados en el heno seco, bebieron y comieron; Juan Vilain no pronunció palabra. De vez en cuando, sus ojos de cambiante color se ñjaban en Amelia con una especie de admiración. La' cofia blancal bretona, de a\isteras líneas monacales, realzaba la hermosura de la niña.

Consumida la frugal merienda, Vilain dirigió la luz de la linterna á la pared: descubrió una reja de liierro y la abrió con mohosii llave. Detrás de hi reja apareció otro pasadizo más angosto, pero elevado y en cuesta, que torcía á la derecha de pronto y j)or el cual ascendieron cosa de veinte minutos. El término de aquella galería eran los primeros peldaños de una escalera ascendente de piedra caliza, y el final de la escalera otra galería ya abovedada, que tenía trazas de obra arquitectónica. La galería formaba un recjodo, y luego la cerraba fuerte p\iertíi de roble bardada de hierro. Juan Vilain, valiéndose de la misma llave, la hizo jugar en la cerradura. La recia puerta giró fácilmente; era el ingreso en una sala octógona; enfrente otra p\iertccilla, y por ésta franco el camino para una escalera más, escalera de pesadilla, j)endiente, inacabable. Amelia, aunque ya exhausta, ascendía con resolución, sacando fuerzas de la energía de su espíritu. Hubo un momento, sin embargo, en que desfalleció; la falta de aire, en acjuellas lobregueces subterráneas, la causaba una tortura indefinible, ansia de muerte. Juan Vilain, al verla próxima á caer al suelo, sin soltar al niño, se precipitó á sostenerla y la ayudó, con infinita delicadeza instintiva, á salvar las escolleras que restaban.