Misterio · Unidad 114 de 196
Unidad 114 · 2Í>() MISTERK»
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experta mano de Juan Vilain, y á no precederle, moviendo la cola, Silvano — cuyo infalible instinto le decía que se necesitaban allí batidores,— hubiese hocicado mil veces en los cei)Os do árboles cortados, que a2)enas sobresalían de la tierra, ocultos bajo la vegetación y la capa de hojas secas ya convertidas en humus. Iban muy despacio, para evitar el riesgo y para que Luis Pedro, más cansado de lo que él mismo creía, pues era de débil complexión y miembros raquíticx)s, pudiese seguirles. El niño se agarraba ox)nftadamente á Juan Vilain, cíon quien había hecho buenas migas, y de tiempo en tiempo le dirigía la eterna pregunta infantil:
— ¿Falta mucho?
No debía de faltar i>oco; más de tres horas anduvieron así. á través de los árboles de alto ftiste y copa anchurosa, vestidos de musgo y de muérdago. Por fin desembocaron en un claro, especie de glorieta natural, y allí Vilain paró al jaco y ayudó á Amelia á bajarse de él. cogiéndola por la cintura. Puso en tierra al niño: ató luego la cabalgadura á un roble y sacó del bolsillo de sus bragas una pequeñísima linterna, que encendió con la mecha del eslabón, y alzando la hiz para que se proyectase sobre la cara de Luis Pedro, dijo con tono cauteloso, que revelaba la rústica desconfianza del cazador y del guerrillero:
—¿El santo y seña?
— (xiac y Santa Ana— api*esuróse á articular la delicada voz de la joven.
— ;Bion! — costest('> el mozo. — Ahora ya estamos seguros de que somos amigos. Mi señor me ha escrito una carta, con deta-
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Iludas inistrucciOnes, que trajo un arrendatario suyo de Matij;- noa, y me ordena que queme la carta. Obedezco.
Diciendo así, sacó de la faja un papel doblado, y encendiendo la mec^ha de su eslabón, la acercó á una punta dol papel. Prendió el fuego y ardió la carta, ([ue Vilain sostuvo entre sus dedos hasta que estuvo cierto de que se reducía á cenizas completamente. Después se orientó, guiado i>or el mastín, y registrando la espesura á la izquierda, más allá de la glorieta. a¡>ai'tí") matorral y desvió un grueso i)edrusco, que cubrían zarzas y carrascas. (Quitado el pedrusco apareció patente un hueco, especie de agujero en declive, semejante á la boca de la cueva de alguna alimaña. Ensanchó y despejó Vilain lo mejor que pudo aquella boca, y con una señal indicó á Luis Pedro que era forzoso pasar por allí, dando ejemplo (H)n el niño en brazos. Y como éste, asustado, lloraba, la joven se le acerc('), le sosegó con palabras cariñosas, le imi)uso el silencio, exclamando:
— Baby Dick. si gritas, vendrá un hombre malo que nos haní á todos mucho daño y {\\ie me separará de ti. ¿(^)uieros que te lleven adonde yo no esté ó quieres venir conmigo?
— Contigo, ciontigo — repitió el pe(iueAuelo, abrazándose apasionadamente al cuello <le la hija de Dorff.
— Pues ve ahora con éste, «pie es muy bueno y no nos sojiara — repuso ella sonriendo de una manera seductora á Juan Vilain.
Kl aldeano, por un momento, se <iue(l6 mirándola embebecido. Después se enhebró por el agujero, y tras él Amelia y Luis Petlro siguieron resueltamente. Amelia, descalzándose los zii»*-