Misterio · Unidad 117 de 196
Unidad 117 · H()4 M18TER1(»
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ver cómo le reconocen los fieles servidores de nuestra casa y se ven oblií^ados á confesar su rango y su jerarquía los mayores enemigos, en lugar de hallarme al lado de mi ju'ometido esposo y saborear la felicidad de su comi)añía, se me recluye en este tDrreón como á cuitada prisionera, se borran tan cuidadosamente las huellas de mi paso, se me viste de aldeana y hasta se me priva de abrir las ventanas de mi dormitorio, y para tomar aire se me hace subir á esta estancia que «lomina 'el valle á tan pavorosa altura?
Luis Pedro al pronto no respondió. Permaneció \in instante en acjuella actitud de meditación tétricii que le caracterizaba y íjue daba á su rostix) expresión hosca y dolorida.
— Señora . . . — murmuró al cabo con esfuerzo. — ¡ Valor! . . .
— Hable usted — mandó Amelia im])eriosamente. — ¿SLe toma usted j)or alguna débil criatura? A nada temo; ante nada retro- < cederé. ;La verdad, sea cualquiera!
Y sus ojos irradiaron tal fuego, tal ¡Kxier, que habló de un modo más explícito de lo que acostumV)raba el rahallrro de la Lihertad.
— No son las circunstancias — dijo —las que suponíamos. No liemos desembaniado en Francia ignorados , libres , dueños de n\iestras acciones, al menos por algún tiempo. Si así fuese, nos dirigiríamos reunidos á París y se i>ondría en práctica cualquiera do los sistemas propuestos ó amlws á la vez, pues no son inc^ompatibles; su padre de usted se dirigiría á su hermana, única en quien confía y de (juien se obstina en e8i)erar un arranque de sinceridad y cariño y con él la salvación,
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y el marqués, por su parte, recorrería las casas de los antiguos servidores y de los adictos amigos para preparar los ánimos y crear una atmósfera favorable á las reivindicaciones del derecho. En este caso su presencia de usted sería una ayuda inestimable. Yiendo juntos al padre y á la hija, nadie puede dudar. La impresión que nos produjeron á Giacinto y á mí en la posada del Pez Bojo se la producirían á cuantos les viesen. Pero cabalmente, si es cierto lo que tememos... esa misma asombrosa semejanza, ese sello de familia que la Naturaleza les ha estampado á ustedes en el rostro y en el cuerpo, sería su condena.
Amelia fijaba sus grandes y luminosos ojos en el encapotado semblante del carbonario.
— Acabe usted — insistió. — ¡Creo que adivino ó al menos presiento!
— Presienta lo peor y acertará — contestó él.
— ¿Se... ha salvado Yolpetti?
Y al preguntarlo , Amelia sintió correr por sus venas un escalofrío.
— ¡Tememos... que sí! —articuló Luis Pedro en apagada voz. —Por lo menos, algunos tripulantes del schooner escaparon con vida.
— Y... ¿cómo ha sido posible? El incendio, la explosión, el naufragio, nuestros disparos...
— Raro es, señora, que al perderse un buque sucumban cuantos iban en él. Muchos se arrojaron al mar; no todos se ahogaron.