Misterio · Unidad 118 de 196

Unidad 118 · 306 MISTERIO

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306 MISTERIO

Amelia ocultó entre las manos la cara. Por un momento su alma grande quedó anonadada bajo el peso de la fatal suerte. Pronto, sin embargo, volvieron á su natural tensión las resortes de aquella voluntad de acero.

• — Y... ¿cómo se ha averiguado eso? —interrogó. — La salvación de algunos, quiero decir.

— Después de nuestro feliz desembarco en San Malo, ya sabe usted que, por exceso de precaución, acordamos no salir directamente de allí mismo, sino desorientar, dirigiéndonos disfraaados á algún punto próximo de la costa, donde, en días dife rentes, tomaríamos la diligencia. Su atavío de irlandesa de usted era tan extraño... Fué idea y consejo del capitán Soliviac, y él nos proporcionó la ropa que llevamos puesta... Salimos de San Malo hacia Dinán, donde pasamos la noche. . .

— Bien — interrumpió Amelia. — Al otro día, de madrugada, al despedirse de mí, Renato me dijo: «Amelia del alma, nos vamos tu padre y yo á París... pero tú no puedes seguirnos por ahora. No me preguntes. . . Asilo seguro é inviolable te espera en Picmort. Está el castillo al cuidado de un servilor incomparable, Juan Yilain, una especie de perro que se hará matar antes de consentir que toquen á un pelo de tu cabeza. De padres á hijos los Yilain sirven á los Brezo, y el padre de este actual administrador fué fusilado por su adhesión á la causa del altar y el trono. Encierra el castillo rincones y escondrijos tales, sólo conocidos de mí y de Juan, que allí nació y es como el duende de las viejas torres, que, en el peor caso, aunque supiesen que estás allí y quisiesen apoderarse de tu persoo»,

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lea desafío á que lo logren mientras Vilain aliente en el mundo... Hoy avjso á Yilain para que te aguarde en sitio oportuno; el niño y nuestro amigo Luis Pedro te acompañarán; Yilain no sabe quién eres; le digo que eres una joven desgraciada que tiene conmigo un remoto parentesco y á quien su familia quiero encerrar en un convento... No me preguntes, no te niegues... Todo es por tu bien y el de tu padre...» ¡Ahora empiesco a explicarme el sentido que encerraban las palabras de Renato!

—La noche que pasamos en Dinán — repuso el carbonario, — mi compañero GHacinto, que es muy comunicativo y muy pesquisidor, recorrió bodegones y tabernas, habló con marineros y sardineros y supo detalles de la catástrofe del barco incendiado, que le refirieron sin sospechar la parte que él había tomado en el acontecimiento. Se le puso — son palabras suyas — oarne de gallina cuando supo (|ue se habían salvado, logrando arribar a una playa, allá en Pleneuf, aunque cubiertos de heridas, dos ó tres de los náufragos, á quienes caritativos pescadores dieron acogida en sus cabanas y están curando...

— Pues si no hay más citie eso, y mientras ignoremos si entre loe salvados se cuenta Volpatti, sería pusilanimidad alarmarse mucho. Lo verosímil es que el esbirro, que se arrojaría al mar quebrantado por sus anteriores aventuras, sea á estas horas sabrosa comida de los peces.

— ¡Dios la oiga á usted! —murmuró Luis Pedro. — Aun los demás supervivientes pueden originarnos daño, sembrando la alarma y denunciando los hechos: pero Yolpetti... Recuerde