Misterio · Unidad 127 de 196

Unidad 127 · MISTERIO 327

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MISTERIO 327

— ¿Por qué, cómo ha venido usted aquí? — contestó Amelia, que empezaba á serenarse. — ¿Puedo saber por qué adopta usted ese tono de mando, después de introducirse en mi cuarto de este modo y á esta hora?

La dignidad del acento de la niña desconcertó momentáneamente á la dama, pero no tardó en soltar una carcajada desdeñosa.

^-Yo sí que podría preguntar por qué peregrina razón la c nouentro á usted alojada en mi castillo.

—Este castillo, señora— articuló Amelia, — pertenece á Renato de Giac, marqués de Brezé.

— Soy su madre— respondió la duquesa. — Y vengo en su nombre y con plenos poderes suyos. Y si no quiere usted que crea que ha perdido toda noción del decoro, levántese usted, vístase y hablaremos de un modo más conveniente.

—Renato no ha dado á usted poderes contra mí — protestó Amelia.— Eso es falso.

—Ya verá usted si tengo ó no poderes. La resistencia es inútil.

— |Juan Yilain! — gritó la niña — ¡Juan Yilain!

— Juan Yilain es mi siervo. No vendrá. No se moleste usted y levántese, yo se lo ruego, que valdrá más que si la sacan de la cama mis criados.

— Para que me levante, señora— declaró Amelia, — ordéneles que se retiren. No acostumbro á vestirme en presencia de hombres.

La duquesa, subyugada, hizo una seña; los de la librea deja-

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ron sobre la chimenea los candeleros; se marcharon, y Amelia, ágil y honestamente, saltó al suelo y empezó á ponerse la ropa y á calzarse. La duquesa, en pie, esperaba, muda y glacial. Cuando Amelia hubo terminado de cubrirse, se encaró con la dama y reiteró su pregunta:

—Bien, señora, ¿podrá usted ahora decirme con qué objeto ha venido á inteirumpir mi descanso, forzando mi puerta é invadiendo mi habitación?

Con arrebato de re])entina cólera, la duquesa se abalanzó á la joven.

— ;Ya lo puedes adivinar I — contestó ásperamente, dando despreciativa entonación al tuteo. — He venido á romper la trama en que teníais envuelto á mi pobre hijo tú y el impostor de tu padre. La venda ha caído de los ojos de Renato; afortunadamente se encuentra desengañado, pesaroso; él mismo es quien me informó de que te hallabas refugiada aquí, y de su parte vengo.

— ¡Eso no es verdad, señora! — gritó con suprema indignación Amelia. —Ignoro cómo ha podido usted averiguar que este castillo me servía de asilo, pero no se atrevería á jurar por la salvación de su alma (lue Renato es quien la envía. Renato no sabe que usted viene. Renato se interpondría entre usted y yo para preservarme de todo ultraje.

—Ilusiones de chiquilla necia, de intrigantuela á quien se le arranca la máscara - contestó la de Roussillón.— Cree lo que gustes... es igual. Disponte á obedecerme, que lo demás... pamplina.