Misterio · Unidad 126 de 196
Unidad 126 · MISTERIO 325
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por demás sus nervios. Cerrados los ojos, una alucinación de los sentidos hacía transparentes sus párpados, y veía animarse y desprenderse de los recuadros del biombo los fantásticos dragones, las pálidas damiselas de oblicuos ojos y los mandarines de colgantes bigotes. Cuando desaparecían aquellos mamarrachos asiáticos, eran las diosas y ninfas género Watteau las que, animándose y descendiendo de los tableros, danzaban sobre el fresco césped riendo, haciendo crujir sus chapines de niso, de taconcito rojo, y enseñando blancos senos y tobillos elegantes. Aquella risa, en el cerebro de Amelia, sonaba con estallido irónico. Las ninfas se desvanecían, esfumándose en el aire cristalino, y en un fondo de selva, ruda y añosa, se destacaba la figura de Juan Vilain, con su pintoresco traje, su tostado rostro y sus largas melenas de un rubio de miel. El aldeano sujetaba con nervudos brazos á una de aquellas ninfas, que era Amelia en persona; ella rechazaba indignada la violencia del jayán, y él la ceñía el cuello con sus duras manos y la ahogiiba lentamente hasta soltarla muerta... Para cerciorarse de que todo aquello era un desvarío de la mente, Amelia abrió los ojos. Un reloj de esmalte y bronce dorado tocó la media noche con sonido argentino.
Hizo la joven un esfuerzo para dormir: dio media vuelta y se tapó la cara con la almohada. Parecíale escuchar en el siempre silencioso castillo cierto movimiento inexplicable. Hubiese jurado que por la antesala andaba gente, que se notaba algo desusado, rumores de vida. Una loca esperanza la conmovió. ¿Si era que había triunfado su padre y que venían á noticiár-
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selo? ¿si estaba allí su Kenato portador de felices nuevas? Incorporóse de codos sobre el almohadón, palpitante... Ya no podía dudar: andaban en antesalas, antecámara y gabinete; cruzaba por la rendija de la puerta el reflejo de las luces. Aquella puerta y las demás las había cerrado con llave Amelia; pero fuerza brutal la empujó, saltó la cerradura y la hija de Dorff yió penetrar en su habitación, á paso rápido, á una dama vestida de viaje. Detrás de ella, dos criados, con libreas de los colores de Brezé, sostenían candeleros con encendidas bujías de cera.
Amelia enmudeció de asombro. Sentada en la cama, dilatadas las pupilas, miraba á la dama fijamente. La dama, á su vez, clavaba en Amelia una ojeada hostil, fría, terrible. Ambas se habían reconocido. Amelia recordaba aquella arrogante hermosura, ya algo marchita; la cara, de extraordinaria semejanza con las queridas facciones de Renato, y de expresión tan diferente. Y la dama, en el rostro de Amelia, sofocado antes por el calor del lecho, ahora pálido, cercado por los rizos rubios en desorden, veía una vez más, como había visto en el molino de Adhemar, el fiel trasunto de aquella histórica faz que en miniaturas, pasteles, cuadros al óleo, grabados, litografías, cajas de rapé, estaba donde quiera, en manos de todos, asunto de com pasión general, objeto de adoración para muchos. El parecido, en aquel momento, era tan patente, que la duquesa de Roussillón se detuvo, dominada por involuntario respeto. Después, recobrando la sangre fría:
— ¡Levántese usted! — ordenó imperiosamente á la joven.