Misterio · Unidad 131 de 196
Unidad 131 · MISTERIO 837
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MISTERIO 837
tú come bien... come de tocio... Desde aquí te hablo, mi vida, y te acompaño; tú me oyes; es igual que si estuviese contigo.
— jPero, mamá Meli, si no me han traído nada!— cx)ntestü Baby.— ;Ni leche ni susúl Dame tú de comer, anda... ¡Tengo hambre!
El frío del espanto corrió por las venas de Amelia. ¿Estaba delirando? ¿Eran capaces de eso? ¿Cabía en lo humano tal crueldad? ¿Se i)odía hacer uso de armas tales? No; ¡imposible! ¡Desvarío, fiebre! Se trataba de un olvido; no se deja á una criatura, por deliberado propósito, sin comer. ¡Era distracción, era casualidad, cosa de gente que no ama á un niño y le encierra y no piensa más en él; pero no intento, no propósito! Y al hacerse estas reflexiones, Amelia tiritaba de congoja. ¡Un día entero así! ¡Un día entero sin alimentarse Baby, cuyo quejoso y dolorido llanto oía pasar por las insensibles hojas de madera! La hija de Dorff se paseaba como enjaulada leona; hería el suelo con el pie; reprimía explosiones de frenesí vano; volvía á sacudir la puerta, aun convencida de que sus fuerzas no alcanzaban para estremecer sus goznes. Lo había olvidado todo, excepto al niño, que pedía de comer. Hubo instantes en que sintió que sus sienes estallaban; un vértigo confundía sus impresiones ; jwr momentos se creía ya loca. ¡Matar de hambre á un niño! De improviso acordóse del encierro de su padre, de los crímenes de la historia... ¡Todo cabe! ¡La maldad es infinita! ¡El mayor monstruo, la Humanidad!
El día transcurrió así; amargo, interminable, de esos que hacen salir canas. A la caída de la tarde, otra vez allí el sor-
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vidor, con la bandeja donde humeaba el caldo y amarilleaba un pastel frío. Amelia se arrojó á aquel irritante mudo, y sin dejarle soltar lo que traía le increpó.
— ¡Tienen sin comer al niño! ¡Que den de comer al niño que han encerradol ¡El pobrecito llora! ¡Si son personas y no tigres, que le lleven su comidita! ¡El no tiene culi)a de nada! ¡Que me maten de hambre á mí!
Y el servidor, por única respuesta, se encogió de hombros; volvió á apoyar el dedo en los labios y se retiró, dejando en una mesa de mosaico la apetitosa cena.
Las horas de la noche se desvanecieron como negros copos de humo. La queja del niño seguía escuchándose algo debilitada. Amelia, arrodillada delante de la puerta , ni se atrevía (i respirar. El monótono «tengo mucha hambre»... de Baby se volvía á oir de tiempo en tiempo; pero á veces reinaba un silencio fatídico: sin duda el cansancio y la falta de fuerzas le aletargaban. Ráfagas de insensato furor pasaban por el cerebro de Amelia. Cuando blanqueó los vidrios la claridad del amanecer, la hija de Dorff se asomó, y á voces pidió socorro. «¡Juan Yilain! repetía, ¡Juan Vilain! ¿Es así como me ayudas? Infame, ¿así cumples las órdenes de tu señor?...» No contestaba á sus gritos sino el silencio vasto, solemne, religioso, de la indiferente Naturaleza. «¡Renato, Renato! ¡Luis Pedro! ¡Amigos míos!... ¡Piedad!» Llamó hasta al i>erro: «¡Silvano, aquí!» Y ni del hondo foso que rodeaba el castillo, ni allá abajo, del valle, ni de las reconditeces del bosque, salía un eco de vida humana. Picmort, el muerto gigante, no respondía.