Misterio · Unidad 132 de 196
Unidad 132 · MISTERIO 339
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MISTERIO 339
Fascinada por el misino horror, volvió á pegarse á la puerta detrás de la cual gemía Baby Dick. «Una criatura, pensó, resiste muy poco tiempo la privación de comida. . . Va k morir. . . Se extinguirá como una velita que se consume...» En efecto, el acento del niño, quebrantado y enflaquecido, delataba la falta de fuerzas; ya casi ni i)odía gemir.
— ¡Misericordia!— pensó Amelia. — ¡Qué hice yo para tal castigol ¡Qué me importíi el niño, vive Dios! ¿Soy quizá su madre? ¡Ya le salvé la vida una vez... ahora que le salve la Virgen María! ¿He de renunciar para siempre á mi Renato?... ¡No, no! ¡Perezca el mundo entero; no se reirán de mí estos bandidos! ¡Quieren explotar mi corazón, quieren vencerme i)or la piedad! ¡Pues no será! ¡Me vuelvo de piedra!... Tal vez tenía razón mi padre... ¡Dios está contra nosotros! Hemos derramado sangre... ¡Ah! ¡Xuestra falta fué no verter la que debía ser vertida! ¡Padre mío! ¡Débil fuiste... y me mataste á mí! ¡Y ahora tengo que ser débil como tú! Ahí va mi alma, ahí va mi cuerpo... ¡Que los pisoteen!
Amelia rompió en desesperados sollozos. Un lamento del niño, una quejita tenue, cruzó la madera. Baby repetía: «^¡Mamá!» Amelia se incorporó con automático movimiento. Acercóse á la puerta y llamó tiernamente á Baby.
— Paciencia, mi cielo —le dijo. — Dentro de poco te darán de comer y vendrás junto á mí. ¡Paciencia!
Como se anda en sueños, así anduvo Amelia toda la mañana, lavándose, atusándose, arreglándose. De cuando en cuando se reía sola, do un modo estridente, rechinando la dentadura.
Otras veces un diluvio de lágrimas bañaba sus mejillas, trías y consumidas como marchitas rosas blancas.
Cuando á las doce en punto entró el criado mudo con la bandeja y los manjares, Amelia le ordenó:
- Diga usted á la señora duquesa de Roussillón que ahora mismo abra esa puerta y me reúna con el niño, y que haré su voluntad.
Sobre una hora después, habiendo Amelia cubierto de caricias y dado á beber leche y caldo á la criatura, casi exánime, á quien amaba con mayores extremos desde que había consentido por ella en sacrificar cosas más importantes que la vida, se abrieron de par en par las puertas de la estancia y entró la duquesa de Roussillón triunfante.
Los dos criados de librea, que como siempre la escoltaban, traían en azafates ropa y joyas, las galas de la boda, la cofia do encajes, el aderezo de filigrana de oro. Amelia ni leyantó los ojos. Dos muchachas, las mozas de labor, que nunca habían