Misterio · Unidad 135 de 196
Unidad 135 · 846 MISTERIO
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846 MISTERIO
adivinar tus deseos y darte la esposa que anhelabas. Es de tu clase: su padre y su- madre, pobres artesanos: él, oficial mecánico; ella, costurerita. Haz feliz á tu compañera y Dios os conceda larga prole. A tu custodia sigue confiado el castillo de Picraort, propiedad de mi hijo, el alto y poderoso marqués de Brezé. con cuya autoridad me encuentro momentáneamente revestida y á quien rogaré que jamás os quite el cargo que aquí ejercéis. Y si tal sucediese, ya sabéis que la granja de Plouaret es vuestra.
Amelia escuchaba y (!reía soñar; tanto dolo, tanta falsía hipócrita, la aturdían. Dos veces la protesta indignada asomó á sus labios y otras tantas la reprimió el exceso mismo del desprecio. Envolvió á la duquesa en una ojeada regia, de esas <[U0 aniquilan, y sin mirar á nadie ni despedirse de nadie, ni besar á sus compañeras, según la costumbre bretona, volvió la espalda y se dirigió al célebre tocador de la marquesa.
Poco tardó la silla de posta de la madre de Renato en detenerse, enganchada para el viaje, ante la puerta de honor del castillo, y la duquesa, siempre acompañada de su capellán y de sus dos inseparables criados de librea, subió al coche, rodeada de todas las maletas, sacos y cajas que este género de elegantes viajeras suele carretar. Juan Vilain ayudó á cargar la impedimenta y despidió á su ama con la reverencia más profunda. Amelia se había encerrado en su aposento, y estrechando al niño daba rienda suelta al dolor y á la amargura. Ahora comprendía la situación. ¿Era aquello posible? ¿Mujer ella de Juan Vilain? ¿Casada, obligada á (luerer á su marido, á vivir con él?
MISTERIO 347
¡Absurdo! El cielo no podía permitir iniquidad tamaña. ¡No! Primero por la ventana al foso.
Baby Dick, viéndola triste, la hartaba de besos y de mimosos halagos, que consolaban á Amelia; porque el haberse sacrificado tanto al desvalido ser había puesto el sello definitivo á su ter. nura, que creía imposible fuese sobrepujada por el amor de verdadera madre. La tarde caía, envolviendo en sus crespones la estancia, derramando la ceniza gris del crepúsculo. La hija de Dorff se determinó á acostar á la criatura, no sin hacerla antes rezar y trazando sobre su frente la señal de la cruz, y no sin haber antes procurado atrancar bien las puertas y colocar delante de ellas muebles á manera de barricada. Cuando la sábana cubrió á medias el rostro del niño, Amelia percibió un ruido insignificante, pero continuado, que la sobresaltó en gran manera. Procedía de uno de los recuadros con pinturas mitológicas, con marco de guirnaldas de dorada talla, que decoraban el tocador; se diría que un ratón arañaba en él. Aumento el chirrido, cesó luego, y de súbito, lentamente, el recuadro giró, descubriendo una puertecilla disimulada entre las molduras, y Amelia, aterrada, vio ante sí á Juan Yilain, vestido aún con su traje de fiesta y prendido su nupcial ramo de flores al lado izquierdo.
Realmente, para quien no le mirase como le miraba Amelia, era Juan A^ilain un apuesto mozo, el más gallardo de los gara de muchas feligresías á la redonda, y la expresión de éxtasis y enajenamiento de su morena cara le hermoseaba de veras. Pero la hija de Dorff le arrojó una mirada impregnada de tal desdén