Misterio · Unidad 134 de 196
Unidad 134 · H44 MISTERIO
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aproximarse á ellas, porque una superstición las hace creer q\ie la más próxima se casará antes de un año. . .
Amelia, callada, yerta, con paso de estatua que camina, se adelantó hacia el altar. Punzante recuerdo desgarraba su alma en aquel instante crítico. De la capilla de Picmort habían tratado mil veces Renato y ella en sus coloquios. «'Allí, decíale Brezé, están las sepulturas de mis antepasados, las cenizas de mi padre; allí recibí el agua bautismal, y allí ha de caer sobre nosotros la bendición del cielo, sancionando nuestro amor.» ¡Cuántas Teces en sus sueños, y aun muchos días de su reclusión en Picmort, se había ella representado la ceremonia nupcial en la capilla que se complacía en cuidar y adornar por sus manos! ¡Qué efecto grandioso la producía, con su hilera de arcos sepulcrales á derecha é izquierda; con las sepulturas sobre cuyas losas dormían, rígidas, las estatuas yacentes de los paladines del tiempo de las Cruzadas, ó se arrodillaban, cruzadas las manos, erguida por la golilla la noble cabeza, los caballeros de la época de la Liga; con su severo altar, sobre el cual campeaba un crucifijo de talla soberbio; con sus dos ojivas prolongadas, de vidriería de colores, que derramaban irisada luz!... Y era la misma capilla donde debía unirse á Renato de Giac, y á su lado, en vez del elegido, veía á aquel aldeano, á aquel siervo de la casa de Brezé, humillante sustitución que la mortificaba como si la hubiesen abofeteado, no en la cara, en el espíritu.
— No hay remedio... Moriré después — pensaba Amelia— si es necesario, pero ahora tengo que cumplir mi compromiso... He ofrecido esto por la vida de la criatura...
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Cuando subió las gradas del presbiterio y comprendió que ningún milagro, ningCín azar providencial, evitarían aquel sonrojo, estuvo á punto de gritar: «Socorro, me violentan; no quiero, no quiero casarme». Alzó la vista hacia el crucifijo, como implorando la intervención del cielo; pero la martirizada imagen pareció contestar: «Sufre, ahora es tuya la expiación» . Se arrodillaron los novios. El capellán empezó á celebrar el rito; formuló las preguntas, á las cuales Juan Yilain contestó con ahinco, Amelia con voz desfallecida... Y cuando se enderezó, bañada en sudor frío, próxima á desmayarse... era esposa de Juan Yilain.
Regresó al salón la comitiva. La duquesa, madrina de aquel singular enlace, se acercó á Amelia, intentando hacerla una demostración afectuosa y prenderla en el pecho una joya de diamantes que acababa de (quitarse del suyo. La joven se echó atrás como el que ve salir de entre la hierba venenoso reptil, rehusando el beso de Judas que la dama quería imprimir en su frente. Esta, imperturbable, sonrió de un modo que insultaba por lo equívoco de la simpatía y por el alarde del triunfo. ¡Ya existía insuperable, eterno obstáculo entre su hijo y Amelia! ¡Ya estaba unida Amelia á un hombre del pueblo, oscuro y humilde, y tenía un rasgo más de inverosimilitud la novela del pretendiente Dorff! Y el criado de librea, que asistía al acto, sonreía también de un modo imperceptible, con solapado regocijo de victoria diabólica. La dama, dirigiéndose á Juan Yilain, pronunció una especie de arenga:
—Ahijado mío: eres un servidor leal, y me ha complacido