Misterio · Unidad 139 de 196
Unidad 139 · MISTERIO 355
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MISTERIO 355
que ella había salido camino de Bretaña, me precipitó, porque los presentimientos decíanme que era en Picmort donde abatiría el vuelo, para clavarte sus garras . para consumar su obra inicua. Me he cruzado con ella en la carretera; he podido pasar sin qíie me viese; he entrado por el camino secreto, del cuál tengo doble llave; he utilizado esa entrada, la del marqués celoso, porque algo me aconsejaba sorprenderte... ¿Qué ha pasado? ¡Venga la verdad!
Amelia, abnimada, guardaba silencio. Sólo entonces se daba cuenta de su situación, de la confesión tremenda que era preciso hacer á Renato... Su valor reconocido desfallecía.
—Renato... - balbuceó. — ¡No me acuses: perdóname I ¿Por qué no viniste antes? ¿Por qué me has dejado sola aquí, indefensa, á merced de una asechanza? ¿Por qué has desamparado á tu Amelia?
— ¿Sola? ¿Indefensa? ¿Pues... y ése? — gritó señalando á Vilain. — Orden tenía de morir por ti. Ea... pronto... Sepa yo lo que pasa. ¡Responda cada cual de sus hechos!
Amelia se cubrió la cara con las manos, y arrimándose á la pared rompió á llorar amargamente. Avanzó Renato; cogió á Juan Vilain por el cuello, y, sacudiéndolo con violencia. re¡>itió su interrogación:
— ¿Qué ha sucedido, traidor? Contesta ó te ahogo.
Pálido y con los ojos extraviados, Juan Vilain, mediante un ligero esfuerzo que probaba su vigor muscular, muy superior al de Renato, se desasió. Cruzó los brazos sobre el pecho, y dijo con calma :
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— Pues ha sucedido, señor y amo mío, que la señora duquesa se ha presentado aquí, en su silla de posta, acompañada de dos criados y un capellán; que yo, al verla, he abierto de par en par la puerta de honor, por donde, desde tiempo inmemorial, entran los señores de Picmort; que la he besado la mano en señal de vasallaje; que ha estado tres días mandando y siendo obedecida, y que al tercero ha dispuesto que yo me casase con esta mujer...
Renato saltó; un rugido se exhaló de su garganta.
— ¿Y... lo hiciste? — preguntó fijando en Yilain una mirada (le asesino.
—Sí, señor... lo hice.
—¿Cuándo? ¿Cuándo?
— Hoy, á las cuatro de la tarde, nos ha desposado el capellán en la capilla de Picmort.
— ¡ Maldito seas , maldito ! — gritó Renato. — Pero tú, Amelia... tú... ¿qué es esto? ¿has pronunciado el sí? ¿has consentido?
— He pronunciado el sí, he consentido — gimió Amelia á su vez.
— ¡Magnífico! ¡Soberbio! — Y Renato soltó una carcajada de furioso. — Explícate ahora, ya te mataré después — repitió con helada tranquilidad repentina. — ¿Es que este hombre... te inspiraba amor?
— ¡ Renato ! . . . — imploró la hija de Dorff medio arrodillada ante su amigo. — No me atormentes más; ¡compasión! Consentí porque... óyelo bien, ¡me repugna referirlo! ¡pero es necesario!