Misterio · Unidad 138 de 196
Unidad 138 · MISTERIO B5B
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
MISTERIO B5B
El que acababa de entrar avanzó, se encaró con Juan j preguntó en voz terrible:
— ¿Qué es esto? ¿Qué sucede aquí, en mi casa?
— ¡Eenato de mi vida! — gritó Amelia precipitándose hacia el recién venido.
Y como si no estuviese nadie delante, los dos enamorados se estrecharon pecho á pecho, sin cuidarse de Juan Yilain , cuyos ojos fulguraban de un modo que causaba espanto, pero cuyo cuerpo permanecía inmovilizado por la veneración á su señor.
— i Ven aquí I — le gritó Renato. —¡A ver! ¡Juan, criado mío! Dame cuenta de lo que te confié. ¿Estoy ó no estoy en mi castillo señorial? ¿Qué ha pasado en él? ¿Cómo me respondes, siervo infiel, del tesoro que encargué á tu custodia? ¿Cómo has cumplido mis instrucciones?
El mocetón se tambaleó y se prosternó ante el grupo que formaban Renato de Giac y Amelia.
--jSeñor! ¡Amo mío! — balbuceó — Yo... La señora duquesa... La madre de mi amo... Las órdenes que me trajo, en nombre del señor. . .
— ^¿Ordenes? ¿No las tenías de no dejar entrar aquí á nadie sin el santo y seña? ¿Te ha dado mi madre el santo y seña, imbécil? ¡ Qué digo imbécil ! ¡ Malvado debo decir, porque te encuentro tratando de abusar de esta mujer, que debía serte tan sagrada como la Yirgen!
— Señor... Era la duquesa, era la esposa de mi último amo,
cuyas cenizas descansan en la capilla... — tartamudeó Yilain.
—¿Debí rechazarla? ¿Debí cerrar la puerta?
354 MISTERIO
— ¡Naturalmente... bnito!— rugió Eetiato de Oiac. perdiendo el freno de la educación y sintiendo espasmos de fiera. — ¡A mí, á mí solamente debes obediencia, hasta morir si es preciso!
Y avanzó, cerrando los puños, dispuesto á descargarlos sobre la cabeza del siervo, que esperó resignado el golpe.
Instantáneamente, con ol impulso generoso de su recto carácter, Amelia se interpuso.
-jRenato, no seas injusto! ¡No te rebajes, no te faltes á ti mismo! Juan Vilain no tiene culpa. Ha respetado á tu madre, y al resjíetarla te respetaba á ti. Al darle instrucciones, no previste ese caso ni podía prevei-se. ¿Cómo imaginar que tu madre viniese aquí á ejercitar venganzas? La fatalidad la trajo; la fatalidad, y -no Juan Vilain, que es honrado, originó esta desventura. ;La tínica persona á quien Vilain no podía pensar que cui)iese cerrar la puerta de Picmort es la que ha penetrado en el castillo á destrozarme el alma!
Al eco de aquella amada voz persuasiva reprimióse el marqués de Brezé. La in certidumbre, la zozobra se reflejaban en su actitud. Una duda extraña, algo que le parecía monstruoso, germinaba en su mente.
— Bien, Amelia — murmuró con ronco acento,— dejemos en paz á Vilain: pero, ¿(pié ha sucedido aquí? repito la pregunta.' ¿A (jué vino á este castillo mi madre, cometiendo la bajeza dementir, de fingirse mi mensajera? No habrá venido, de seguro, á perder tres días de su vida frivola en contemplar el paisaje, la belleza de esas gándaras desiertíis y de esos retamares en flor.- Ciuindo yo— 4iie ya voy siendo espía de oficio — suj»o en París