Misterio · Unidad 141 de 196

Unidad 141 · MISTKKIO 851)

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MISTKKIO 851)

complot tan pérfido? ;Renato! ¡De malas entrañas has nacido!... ¡Entrañas de hiena!

— Amelia — gimió el marqués, — no intento defender á mi madre... Ha sido criminal... ¡Pero de seguro que las ideas sata, nicas í[ue realizó no proceden de ella; no han podido germinar en su cerebro, donde sólo la vanidad hace estragos! Esa trama es policíaca, tiene el sello peculiar de cuantas nos envuelvanMi madre obedece á un poder superior, cuyos actos no exami na. ¡Amelia! Nuestros í)adre8 son los que nos matan. El tuyo ha dado libertad al esbirro. La mía te ha entregado á otro hombre... ¡A otro hombre! ¡Si esto es un delirio de la calentura! ¡Tú eres mía... lo demás no existe!

Diciendo así, Renato se había acercado á Amelia y estrechaba sus manos, y hacía extremos a que apasionadamente correspondía la hija de Dorff. Habían olvidado la presencia de Juan Vilain, y éste, inmóvil y derecho como las piedras druídicas, se mantenía allí mirando su afrenta. Al fin recordó Renato aquella presencia importuna, y extendiendo la mano ordenó:

-Yete.

— ¿Que me vayaV —contestó Yilain saliendo de su estupor y desatándose como un torrente. No puede ser. Si me voy, se vendrá mi mujer conmigo!

— ¡Tu m\ijer! —repitió Renato con risa burlona. — Esta no es tu mujer, necio.

— ¿Que no es mi mujer? Lo es, señor... lo es. Nos ha unido el sacerdote.

360 MISTERIO

— Por un engaño, por una maldad.

— Por lo que sea. Ella ha pronunciado el sí: el capeUán noa ha bendecido... Marido y mujer somos ante Dios, como es mi amo el marqués de Brezé.

Renato volvió á avanzar amenazante sobre el aldeano, amagándole con los puños en ristre.

Vilain bajó la cabeza; la idea de resistir á su amo no cruzaba por su mente, pero tampoco la de conceder que no fuese Amelia su esposa. ¡Lo era! £1 mundo podía desquiciarse, la bóveda del cielo desplomarse... Aquella sería siempre su mujer. Él pertenecía á Hrezé, pero Amelia le pertenecía á él, á Vilain.

Renato, al ver que Vilain no se defendía, se contuvo. Antes ya Amelia se había precipitado, interponiéndose entre su marido y su amante , pero colocándose resueltamente al lado de Vilain.

— [También en esto tiene razón! — suplicó. — Renato, este hombre efectivamente es ya mi esposo.. . La felicidad ha muerto, el amor también. Como tú he pensado en el primer instante romper de cualquier modo este yugo, pero ¡no podemos, Renato! Lo impuso Dios... ¡Conformidad á los decretos de su voluntad santa! ¡Paciencia! ¡Es la expiación!

Amargas lágrimas fluían, cuando así se expresaba, por las mejillas, ya enflaquecidas, de Amelia. Juan Vilain la devoraba con la vista, y un entusiasmo casi salvaje encendía sus ojos, agitaba sus nervios, hacía saltar alocadamente su corazón joven, regado por fresca sangre. Tan pronto se le ocurría arrodillarse ante ella como sentía impulsos frenéticos de arreba-