Misterio · Unidad 142 de 196
Unidad 142 · MISTERIO 861
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MISTERIO 861
tarla en sus brazos, y tenía que clavarse las uñas en el. pechó para no ceder k la tentación. En voz honda preguntó á Renato:
— ^¿Esta mujer era la que mi señor quería?
- ¡Era mi prometida, mi novia! —contestó de Brezé con infinito dolor. —¡La desventura de toda mi vida es obra tuya, Juan Vüain!
El siervo no contestó. Su entrecejo fruncido, su boca contraída, sus apretados dientes, eran la manifestación de la resistencia á dejarse robar aquel bien que le pertenecía de derecho. Sufría, pero no cedía. ¿Qué significaba lo pasado? Al presente Amelia era suya... ¡sólo suya! ¡El, Juan Vilain, propiedad del marqués de Brezé; pero Amelia, tesoro de Juan Vilain!... ]La muerte tan solo podía apartarla de él!
Renato se acercó al aldeano y le asió de la muñeca, apretándosela con los dedos como tenazas que se imprimían en la carne y hacían crujir los huesos. El bretón permaneció impasible.
— ¿Lo oyes? —articuló Renato. — ¡ La desgracia de mi vida, mi condenación... á ti la deberé! ¡Pero tú— añadió con vehemente acento, — tú tampoco te salvarás, Juan Vilain, tú darás cuenta estrecha del mayor delito! ¿Conque no quieres dejar á Amelia, tunante? ¿Te resistes á devolverme lo mío, tú, tú? Pues óyelo. ¿Sabes quién es la mujer que consideras esposa? ¿Sabes qué es sagrada, inaccesible para ti, pobre pechero, átomo de polvo de la tierra? ¡Apréndelo! Esta mujer es de la raza de nues*- troa reyes... ¿lo oyes bien? ¡de nuestros reyes!
La fisonomía de Juan Vilain se descompuso de admiración j
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terror. Fijó en Amelia una mirada atónita, supersticiosa. Todo aquello sobrepujaba á su comprensión.
— La sangre del rey martirizado i)or los revolucionarios y los impíos corre i)or sus venas— continuó Renato.— Del rey por el cual tu padre empuñó las armas y luchó cuerpo á cuerpo tantas veces, y anduvo oculto en los bosques y en los matorrales, y despuós, un día... ¿te acuerdas, Juan Yilain? le fusilaron contra un seto, y allí permaneció su cad<áver siete días insepulto... ¡Ahí ;Si tu i)adre resucitase y viese á su hijo profanando á la hija de sus reyes! ¡Ese es el crimen á que te prestaste, Juan Yilain I
— ;Es verdad eso? — preguntó á Amelia el bretón, cuya cara daba espanto.
— Verdad es, Juan Yilain, por mi alma te lo juro respondió con acento de bondad y compasión Amelia.
— Y por su honor do caballero te lo asegura el marqués de Brezé— añadió sañudamente Renato.— ¡(roza el fnito de la iniquidad de que te hicieron oómplice! Ahí te dejo á tu esposa. ¡Adiós! ¡Ya no tienes amo! ¡El marqués de Brezé se irá lejo^, muy lejos... para siempre!
— ¡No!— gritó Yilain. — ¡Antes yo, antes!
Al hablar así se persignó y besó las reliquias y amuletos que al cuello llevaba colgados. Después se acercó á Amelia, y con irresistible imimlso la besó también en la frente; sus labios quemaban; Amelia dio un chillido de terror y de repulsión.
El aldeano salió de la estancia. Sus pasos fuertes resonaron un momento on la antecámara; luego se pudo oir que crujían