Misterio · Unidad 145 de 196
Unidad 145 · MISTERIO 37 1
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MISTERIO 37 1
La duquesa no movió un músculo del rostro: inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y con andar de autómata salió al encuentro de su marido, que la esperaba de pie en el despacho, llamado así porque contenía un escritorio y estanterías con libros de devoción en su mayor parte, pero entre los cuales ñguraban los clásicos franceses.
Al ver entrar á su esposa, el duque hizo un saludo reverente, propio de alguna ceremonia ofícial; al sentarse la dama, todavía se inclinaba el consorte, alto, de gentil y marcial apostura. Ella le dirigió una interrogación muda. Se comprendía inmediatamente la falta de expansión entre los esposos.
— Señora-— dijo él, empleando el ceremonioso t^os acostumbrado en su país entre gentes de su esfera, aunque las uniese el lazo más íntimo, — vengo á molestaros y lo siento mucho... Pero es indispensable... Vengo á hablar de política... al menos, de cosas que guardan con la política estrecha relación... Hace tiempo que rehuimos esta conversación, señora... porque no solemos andar acordes; vos me encontráis un poquillo... ¿cómo diré? iliberal! yo á vos un tanto... rehacía, enemiga de concesiones y cerrada á las inevitables exigencias del siglo. . . Yo me inclino á pensar como el rey y como Fernando; vos como nuestro buen padre... Pero, señora, pensemos como pensemos, queremos lo mismo. En el fondo existe armonía; suponer otra cosa me seria penoso. . .
— La concordia es efectiva — respondió al fin la duquesa. — Tampoco yo podría sobrellevar la pesadumbre de un desacuerdo completo en materia tal. Para nosotros y para toda nuestra
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familia no hay ni puede haber más política que la restauración del bien, la pelea contra el dragón del inñerno. la impiedad y la soberbia revolucionaria. Vos peleáis con armas ocultas; yo soy menos hábil, lucho de frente... ó por mejor decir no lucho: ¡resisto! Resisto cruzada de brazos, de frente, y no retrocedería aunque viese avanzar sobre mí todo el poder del abismo.
" — ^No en balde— advirtió con alarde cortés el esposo — dijo el Corso que erais el único hombre de la familia.
— Monseñor — protestó la duquesa,— no repitáis semejante absurdo. El Corso mentía: la verdad hubiese abrasado sus labios. Aquí no hay. príncipe que no sea un hombre, un -paladín digno de BU raza. Bien lo ha probado á expensas suyas aquel luciferino usurpador. Ni vos ni nuestro hermano Fernando ;á pesar de sus debilidades! habéis desmentido la sangre que corre por vuestras venas. Yo no soy más que una i)obre mujer* cuyo único consuelo, en horas terribles, fué la religión, y á quien la religión enseñó á sufrir resignadamente, pero á no ceder, cuando el deber habla, aunque se arrostre el martirio. Mucho padecí... y no me engañan mis presentimientos: he de padecer mucho más — añadió alzando los ojos al cielo y con imperceptible temblor de su cuerpo todo, enfundado en la seda violeta del traje de medio luto, bordado de negro canutillo.
El duque puso nublado gesto. El carácter tétrico de su esposa actuaba sobre él, cortando toda alegría, desde los primeros días de su boda de conveniencia, realizada con fines políticos y por obedecer á la última voluntad de los padres de Madama. Un poco de calor, un poco de ternura humana, hubiesen fundido