Misterio · Unidad 144 de 196

Unidad 144 · MISTERIO 1)69

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MISTERIO 1)69

Hermoso ha sido aquel rostro en la adolescencia, pero ya casi borró las huellas de los encantos el padecer.

Los cabellos, nn tiempo rubio mate — el color de la familia — y tan copiosos, que se creía que Mada/ma gastaba peluca, son ahora de un tono cenizoso, como entelarañado; la tez es amarillenta, y algunos pliegues ajan su seda fina; los ojos aparecen resecos, abrasados por llanto que no corre. Los labios los forma un trazo estrecho, amoratado: son labios que no besan ni ríen. Las manos, entrecruzadas por la actitud de la oración, algo demacradas, tienen la macilenta blancura de la cera. No es la edad la que causó tal estrago: deben de ser las melancolías y los pensamientos amargos como absintio que cobija la pálida frente.

Aun podría revestirse aquel semblante de peculiar belleza si irradiase en él la aceptación de la voluntad divina, esa conñanza sublime con que los justos se dirigen al Salvador, Lejos de eso, lo que la fisonomía revela es un género de angustia especial, en que parece delatarse el torcedor de la conciencia, el remordimiento. La duda más cruel, la incertidumbre más penosa, descomponían las facciones de la dama arrodiUada: se leía en ellas el terror de la fe, sin ninguno de sus celestiales consuelos. Los dedos de cada mano se hincaban en la otra; en los labios bullían entrecortadas palabras congojosas, insumisas... La admirable efigie del Cristo, sobre su negro fondo, creeríase que iba á alzar la caída cabeza, y la luz fugitiva y dudosa de la lámpara, al quebrarse en la escultura, contribuía á este

efecto imponente.

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Al fin, exhalando hondo suspiro, la dama se levantó; deecruzó las manos y se pasó la derecha por la frente, como el que quiere desechar con un ademán molestos pensamientos. Acercóse después á la lámpara, y desabrochando dos corchetes de su corpino extrajo del seno un papel enrollado, una carta sin sobre. Miró alrededor, como para cerciorarse de que estaba sola, y desenrollando la carta, empezó á releer sus cláusulas elegiacas, empapadas en llanto de ternura y de humildad.

«Hermana muy amada mía: Perdóname si, dejando á un lado toda cortesana etiqueta, el cariño de un hermano que no te lia olvidado jamás dicta estas líneas, porque, sábelo: existo, soy yo, soy tu verdadero hermano...»

Aquí llegaba la dama de su lectura, cuando á la puerta del oratorio resonaron dos tímidos golpecitos, y una voz resx)etuo8a murmuró:

— Señora...

La duquesa se apresuró á volver á deslizar el papel entre los dos corchetes, que abrochó con mano insegura; dominó por un esfuerzo de la voluntad su turbación, y adaptó á su faz la máscara impenetrable que la cubría de ordinario.

Después, con lentitud, abrió la puerta y se presentó, manifestando fría extrañeza, ante la camarera, que empezaba á disculparse. ; Era tan grave el continente de jla duquesa y tan atrevida la acción de interrumpir el recogimiento de sus rezosl...

— Su... Su Alteza Real el señor duque lia deseado ver con urgencia á Vuestra Alteza Beal... y me ha ordenado que...