Misterio · Unidad 162 de 196

Unidad 162 · 412 MISTERIO

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412 MISTERIO

der las bujías de los candelabros en la chimenea y dar cuerda á la lámpara en el despachito. La duquesa señaló á su marido un sitial; pero el duque, con alarde de intimidad, se sentó á su lado en el canapé, y con la precipitación característica de los poco duchos en materias de insinuación cariñosa, la tomó las manos y la tuteó desde el primer instante.

— Teresa — dijo, — recuerda la fecha que es mañana. ¡10 de junio!... ; Aniversario de nuestra boda!

— ¡Verdad! — repitió pensativa la duquesa. — ¡Cuánto tiempo ha x)asado!

— Para mí, como si liubiese sido ayer mismo. ¿Te acuerdas? En la capillita de Mittau... Mira, Teresa, tengo aprensión de (jue no has sido feliz conmigo. ¿Me engaño? Te veo siempre ta n ensimismada . . .

— He sido... feliz — contestó titubeando ella. — ^Ya sabes que en mi corazón no puede tener cabida la dicha bulliciosa.

—¿Por qué? — resiK)ndió él besando galantemente sus luengas y aristocráticas manos. — Los malos tiempos han pasado ya; ¡no volvamos atrás la vistii! Quien tanto ha sufrido tiene derecho, al contrario, á gozar de la existencia.

A la demostración del esposo, la tez de la duquesa se había coloreado instantáneamente, como si el reflejo de una hoguera la iluminase.

— ¡Gozar, vivir!— suspiró. — ¡Xo es ese mi destino; no es ese nuestro destino, Luis! Nos están reservadas aún pruebas y desventuras, lo presiento; ya sabes que esta mañana te lo dije: no hemos exi)iado lo bastante.

MISTERIO 413

— ¡Teresa mía, tú, tan buena cristiana, dudas de la misericordia de Dios! Con bien dolorosos martirios has aplacado su cólera. ;Xo es justo que respires? ¿No respiras, por ejemplo, ahora, que tienes á tu lado á tu esposo? ¿Es que las altas razones que dictaron nuestro enlace no iban de acuerdo con tu sentir? ¿Volverías á preferirme si fuese libre tu elección? ¿Puedo lisonjearme de que me quieres?

Ella palpitó al escuchar palabras tan desusadas, aunque sinceras. Era un espectáculo sublime; se diría que una montaña cubierta de nieve y repentinamente bañada, inundada de sol, se deshelaba, cubriéndose de murmuradores arroyuelos, de florescencias primaverales. La emoción transformaba otra vez á la austera duquesa en la joven cautiva (pie un tiempo cantó, en versos candorosos, los hecliizos de la sensibilidad, «cuyo dulce fuego calienta el alma» . Veinte años acababan de l)orrarse. La respiración agitada y los ojos humedecidos de Madama dieron la respuesta.

— ¡Luis! — murmuró con no])le sencillez.— ¡Xo he querido, despuós de mis desventurados padres, más que á ti en el mundo! ¡Si Dios me castiga es porque alimentó demasiado ese cariño, al fin puesto en una criatura!

— Prima, hermana, es])osa — contestó ól briosamente, — al amarnos cumplimos la voluntad de Dios. ¡Si algo puede desagradarle es vernos desviados; pero tú no ignoras que yo, aunque parezca tibio ó distraído, jamás soy desleal! ¿Tienes. Teresa, alguna queja de mí? ¿He incurrido nunca en indignas bajezas que te ofendiesen?