Misterio · Unidad 161 de 196

Unidad 161 · 4U8 MISTERIO

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— ;No tengas celos!... — dijo el rey con fina burla.

— Tengo tristeza... — repuso sinceramente el duque. — Port^ue la duquesa sufre y me ha hecho sufrir. Tres noches hace que no duerme, tres días que apenas come... y sus rodillas están doloridas, pues se pasa horas y horas en oración...

■^Todo eso es culpa tuya — declaró el rey.

— ¿Mía, señor?

— ¡Pues claro, Luisillo! Cuando una mujer... como la tuya, lina mujer ¡que moriría de asco si pensase en otro que en su marido! se pone así, es que el marido peca de frío y de negligente. Mira, ha llegado la hora de que te lo diga: has procedido siempre con tu esposa como un inocentón. No has sabido apoderarte de su alma. ¡Has tomado ante ella la actitud de la timidez y de una veneración buena para las santas de palo!...

— Señor, es mi carácter, ya lo sabe Vuestra Majestad — contestó con matiz melancólico el duque. — Mejor me entiendo al frente do un cuerpo de ejército que ante las damas.

— No. ¡qué diablos!— respondió el rey. — Es la maldita generación tuya, que se diría que nació ya cansada y vieja, sin entusiasmos ante lo más hermoso que existe en el mundo, que es la mujer. íiEira, jmr eso me es simpático tu hermano Fernando: tiene el corazón en su sitio y la sangre le circula. Parece un retrato vivo de lo que fué antaño Enrique lY, el del blanco plumero. ¡Siento debilidad por él! ¡Cuando pienso que los ñoños do los ultras so alarman de su historia con la inglesita! ¡Pues qué, si nos faltase la ilusión, seríamos un pedazo de yeso, cal apagada! ¡Yo he conservado siempre el corazón en su sitio, á

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pesar de que toda la vida he sido un pobre enfermo, un inválidol... ¡No se me podrá acusar de haberme entregado á los goces de la materia... pero la ilusión, Luis! ;Si hasta á la divinidad nos acercamos por medio de esa exaltación deliciosa que la presencia de la mujer suscita! ¿No sabes tú que la condesa es la medianera de la fe para mí? Y ya ves, aquí no hay sospecha de nada grosero... Un anciano enfermo... ¡Sólo ilusión!

El duque escuchaba con el rostro contraído, el ceño fruncido y la cara pálida. Se veía luchar en él la consideración que profesaba á su tío y rey con la repugnancia á las teorías que exponía éste.

— En fin, Luis— dijo el monarca, advirtiendo el efecto de sus palabras, — ¿qué puedo decirte? Yo estoy con mis doloridos pies ya en el sepulcro; no creas que ignoro la gravedad de mi mal. He hecho lo posible por defender las instituciones que á mi cargo tengo; he vencido y subyugado hasta mis propias convicciones, mi razón, mi escepticismo... todo, para ser fiel al depósito que me está confiado. Con la mano derecha he contenido la revolución; con la izquierda, los excesos de una reacción imbécil y Siinguinaria, que nos perdería... Lecazes me ha ayudado y sigue ayudándome... Pero Luis... si tú desmayas, tú, el hijo mayor de mi hermano y heredero... ¡no lucho más! Suceda lo que quiera; húndase definitivamente la monarquía... ¡En vano te liabrás batido como un héroe en el paso de Ivon, en Kavenheim y después al lado del infeliz Eugenio... del fusilado de Yincennes! ¡Bah! ¡Las i)eores batallas son éstas, hijo amado mío!

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EÍ (luquo so conmovió, (.'liando el roy deponía el tono de bni'la y sensnalisino sabía desplegar majestad verdadera. Subyugado, arrodillóse al pie del sillón del enfermo.

— ;i)n6 i)uedo hacer, señor, por la monarquía, pov Dios, por mi patria? ¡Haré cuanto se me pida, aunque sea morir!

— ¡Oh! ¡Mucho menos 1 — respondió cariñosamente el rey. — I^Iuclio menos; lo que debe hacer un buen y le-al esposo: galantear á su esposa, mostrarse rendido, apasionado...

— ;Y el o] ) jeto, señor?

— ¡El objeto... Lecazes te enterará! ¡Porque yo me siento estropeadísimo con tanta charla... y quiero cuidarme un poco!... ¡Mañan.i es miércoles... la condesa de Cayla vendrá á traerme una limosna de alegría! ;(^bie no me encuentre muy abatido!

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Arguella misma tarde, á la hora en ([ue empozaban á eneonderse las lámparas on todos los ai)Oseiitos de palacio, vieron, no sin algún asombro, las camareras de Su Alteza la duquesa, hija política del heinnano del rey, que al volver del comedor, donde ha])ía cenado reunida la familia real, el duque y la duquesa se retiraban juntos, en vez de recogerse él, según costumbre, á su cámara, en que reunía una pequeña tertulia de antiguos amigos y compañeros de emigración, de oficiales del ejército de los príncipes, y ella al oratorio, á la plegaria prolongada, última. Viendo venir tan allegados á los augustos esposos retiráronse discretamente las servidores, no sin encen-