Misterio · Unidad 166 de 196
Unidad 166 · 420 MISTERIO
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que susurraban una promesa de nuevos días más luminosos, más íntimos que los pasados. La duquesa oía enajenada aquellas frases que fluían como río de dulzura de los labios del compañero que le habían dado la Iglesia y la familia. Creía soñar: su juventud ahogada, asfixiada, ahora hervía en las venas. Comprendía entonces que la glacial actitud en que insensiblemente habían ido colocándose ella y su esposo era el verdadero pesar que la minaba, era el dolor de cada minuto, era lo que antes de tiempo había encanecido sus cabellos y marchitado su tez blanca y suave. Cerró los ojos y se reclinó en el pecho varonil del duque. El se incorporó y la condujo, por el talle, á las habitaciones interiores. Ella se dejó llevar. Penetraron en el dormitorio de la duquesa y llegaron hasta la puertii del oratorio. El duque la abrió, y siempre guiando á su mujer hizo de suerte que se arrodillasen juntos en el mismo almohadón, y asiendo fuertemente la mano de la dama, pronunció con solemnidad:
— ¡Delante de Dios que nos escucha... Teresa, i'mica mujer ijue existe en el mundo para mí, y El sabe que no miento, prométeme que no perderás á la casa de Francia, que no regocijarás álos impíos, álos enemigos de nuestra causa santa!... ¡Que no serás culpable por impremeditación de que apari^zca revestido de la aureola real y ungido con la Ampolla el falsario, el incendiario, el degradado, el luterano!... Si es impostor, por impostor... y si por caso imposible no lo fuese, ¡porque debemos acatar los decretos de la Providencia, que no ha querido encomendarle la misión de encauzar las pasiones desbordadas j de reconstruir el derruido templo! ¡Promete! ¡Jura, Teresa!
La duquesa levantó los ojos. El Cristo de marñl se destacaba, con nitidez de líneas, sobre el negro paño de terciopelo, y su faz, llena de sublime melancolía , se inclinaba para insinuar: Padre mío, perdónales... Teresa tembló; el juramento se detuvo en sus labios.
— ¡Jura, Teresa mía, mi amor, mi esposa!— repitió el duque.
— ¡Juro... juro... Dios mío!— balbuceó ella cruzando las manos y deshaciéndose en lágrimas; llanto nervioso, mujeril.
El esposo, triunfante, la alzó del suelo, y unidos salieron del oratorio.
Eii la salita de una fonda (jiie lleva al frente de su fachada, en letras negras, el rótulo Hotel de Oiiean^^, encontramos reunidas á las cinco personas que el Poliphr'me trajo á Francia desde Inglaterra. ;Cuán variada una de ollas! Amelia no es ya aquella niña radiante de frescura y juventud que, bajo el disfraz de irlandesa, deslumhraba. Su rostro está desencajado, lánguidos sus ojos como lirios marchitos: viste de luto riguroso de pies á ciiboza: el luto de su marido, Juan Yilain, que encontró la muerte precipitándose desde lo alto del torreón de Picmort al foso. Este suceso había producido en Amelia impresión profundísima, y más de una vez Kenato de Brezé, que no i)odía soportar verla así, murmuró á su oído quejándose:
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— ¿Cuándo te veré de color, Amelia? ¡Envidio al muerto! Des- •le allá me roba algo de ti.
— Era un corazón, era todo un hombre Juan Vilain — solía responder la niña, incapaz de disimular sus sentimientos. — ;,Qué menos he de hacer que f?uardar su luto? Me considero su viuda... ¡No lo extrañes, Renato!
Y Renato resignábase, pero celos de ultratumba le mordían el alma.
Sobre la fisonomía do Dorff, en cambio, advertíase una trans* formación opuesta á la de Amelia. Diríase que le habían quitado de encima veinte años, con todo su lastre de penas y decepciones.
La alegría borraba las huellas de tanto sufrimiento, el regocijo abrillantaba los ojos y fijaba en los labios gozosa sonrisa.
— Amigos míos, mis fieles protectores— decía, — me arrepiento »le haber dudado, no de la justicia divina, pero sí de la bondad humana. ¡Tarde ó temprano, el corazón se inclina al bien como el cuerpo se inclina á la tierra! ¡Hoy es el día más venturoso de mi pobre vida! Voy á recibir el consuelo supremo. Y bien lo necesitaba, porque al llegar á París todas mis heridas se abrieron, i Volver aquí después de tantos años y con antecedentes tales! He i lo á ver la prisión de mis padres... Sí, me he atrevido. Yo soy el hombre de los recuerdos; respiro en ellos como en mi elemento natural. ¡Ya derribaron la torre! ¡Que afán de borrar mi historia! En la parte que resta se ha establecido un convento... del cual me han negado la entrada. He rondado los palacios, y hasta he tenido el valor de pisarla sangrienta plaza en que mi madre. . .
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Amelia so levantó y ciñó sus brazos al cuello de Dorff.
— En fin, ¿qué importa ya? — contestó él volviendo á mostrarse radiante de júbilo.— Mi destino ha cambiado. A pesar de todas las angustias de nuestro viaje, y sobre todo de tus sufrimientos, hija mía, ¡bendita la hora en que me vine de Londres! ¡Bendita mi inspiración de salvar á aquel malvado! Arriba me lo han tenido en cuenta. ¡Bendita mi idea de dirigirme á la fínica i)ersona cuyo pecho debe latir á mi nombre!
Y Dorff. cruzando fervorosamente las manos, se recogió como si rezase.
— Es mi deber -añadió— que conozcáis primero que nadie mi dicha, y por eso os he convocado, amigos. Para vosotros no hay secretos. Habéis jugado por mí vida y honra, y todavía la arriesgáis, aunque creo, en vista de lo que sucede, que ya tampoco vosotros tenéis nada que temer. El sol luce en el cíelo, la niebla se disipa; el mal sueño, la horrenda pesadilla se desvanece. ¡Soy dichoso! ¡Oh, qué palabra tan extraña en mí! ¡Soy dichoso I
Uno de los carbonarios, Luis Pedro, que escucíhaba atentamente, fijó en el proscrito una mirada de esas que calan hondo y encierran un mundo de pensamientos.
— Esperamos, monseñor, saber en qué consiste esa dicha...
— ¡Escuchad, escuchad!... Esta mañana, á cosa de las once, vino á preguntar por mí un caballero muy añiblo y distinguido, que tenía encargo de verme y de responder verbal mente á la carta que yo dirigí, ;á quién diréis?
Concentrando su alma en unas palabras, Dorff añadió:
— ¡A mi hermana! ¿Oís bien? ;A mi hermana! ¡A ella/