Misterio · Unidad 167 de 196

Unidad 167 · MISTEUIO 425

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MISTEUIO 425

Bubo un instante de silencio: nadie resollaba... hasta ([ue la voz de Amelia se elevó... algo estridente:

— Segñn eso, ¿la señora duquesa no sabe escribir?

— Hija mía — dijo tristemente üorff, — ¿qu6 más puede hacer ella? Me envía á decir que consiente en verme...

— ¿En remos? — insistió Amelia.

— No, en verme á mí solo... ¡Hazte cargo, haceos cargo todos! ¡A ti no te conoce, de ti nada sabe; eres, en ciei-to modo, para ella una extraña... mientras que yo soy el compañero de su niñez, el que con ella sufrió y lloró en el duro cautiverio, so- 2)ortando los ultrajes! Consiente en verme... ¿Te parece pocoV ¡Yo no pido más! ¡Como que apenas me haya visto me reconocerá y me abrazará! ¡Ah, ese abrazo!

— ¿Y dónde te cita? ¿En i)alacio? — 'So... en palacio no...

— Vamos, se trata de algo clandestino...

— ¡Dios mío! — gimió üorff. — ¡Cómo me estáis envenenando este primer sorbo de agua pura! ;No podéis leer en mi atormentado espíritu! Yo no aspiro á reivindicar mi puesto. La ambición, ¡qué necedad! Yo quiero tan sólo que se me abran unos brazos donde dormí de pequeñito. ¿Qué importíi reinar? Esa ilusión no me ciega... Yo quiero, sobre todo, recobrar mi nombre; quiero que, al calor de los besos do mi hermana, desaparezcan los espectros que llevo aquí, bajo la frente... ¿Soy un mísero loco? ¿He soñado todo cuanto pienso queme ha sucedido? Ella, ella me lo dirá.

— Pero, padre— objetó Amelia, — ¿cómo es posible que te aco-

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ínetan tales duclasV ¿No tienes en tu ¡jotler las i)ruebas, los papeles*? ¿No eres el primero á evocar memorias, á multiplicar testimonios, á enlazar hechos? ¿Note han reconocido ya, llorando, los fieles servidores, esa madama Rambaud que meció tu cuna? ¿No fuiste tú mismo quien recordó á esta señora que el traje de terciopelo azul que estrenaste en Yersalles te venía estrecho en las mangas y por eso te lo quitaste en seguida? ¿Y al oírlo, no exclamó ella sollozando y arrodillándose: «;Aquí está mi príncii)e, aquí está mi rey!»?

— Pues con todo eso, Amelia — balbuceó Dorff, — yo, yo, yo mismo no tengo fe. Mi historia me parece demasiado novelesca para caber en los dominios de la realidad. ¡Puedo sor un pobre iluso, un insensato más entre esa cohorte de falsos delfines que por doquiera pululan en Francia! Hay los l)a peles, sí... pero ¡nieden haberlos depositado en mis manos con un fin que no se me alcanza; al propio Montmorín, aquel liéroe de la lealtad, pudieron engañarlo. Los papeles auténticos .. ¡y yo, un miserable!... Es la terrible idea fija que, no siempre, i)epo por momentos, cuando menps lo quisiera, vuelve á mí.

Amelia cruzó con Luis Pedro y con Renato de Brezé una mirada de indefinible inquietud.

— Lo único que me curará, con la medicina de la certidumbre— continuó Dorff, ^-es ella, es su presencia, de la cual tengo s»>fl toda la vida; porque ella es lo que resta de mi verdadero j)asado, de la primera parto de mi existencia, en abierta contradicción con la segunda. Que la oiga yo gritar una sola vez: