Misterio · Unidad 178 de 196

Unidad 178 · 450 MISTERIO

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450 MISTERIO

Quizás te eligió Dios para inocente víctima; necesitó de tu sacrificio y sigue necesitándolo. ¿Qué i^retendes hoy? ¿A qué aspiras? ¿Tratas de dar armas y alientos á los que derramaron la sangi-e de nuestro padre? ¿Vienes, Carlos Luis, á regocijar al infierno?

El no contestó. La miraba con ojos de extravío.

— Tu deber, Carlos Luis, es retirarte otra vez á la i)enuinbra, á la paz, á la quietud. Cualesquiera que sean tus derechos, tu deber es sacrificarlos... ;Te lo «aseguro!

— ¿Y mis hijos? — gimió el infeliz. — Porque tengo hijos, Teresa... hijos varones, que el cielo os ha negado, no sólo á ti, sino á Fernando también. ¡Vosotros no podéis presentar un heredero! ¡Yo sí! ¡Al confundir mi sangre con la del pueblo, larga prole ha bendecido mi tálamo!

La duquesa, en medio de su turbación, sintió cólera profunda, como siempre que se aludía á su esterilidad.

—El heredero que tú presentases— dijo duramente — sería ol hijo de una mujer de baja extracción, fruto de un matrimonio que no sancionó la Iglesia cíitólica. ¡Esa es tu parentela, esa tu estirpe! ¡Y" aun has podido alimentar sueños ambiciosos! Mira al Corso; quiso improvisar dinastía... y lo único que de esa mascarada sobrevive es la hija de un verdadero rey, á la cual arrebató en sus garras; al amparo de ese trono se acogió el hijo del aventurero. Si te creías rey, ¿por qué no venciste tus pasiones? ¿Por qué te enlazaste con una i)lebeya? ¿Y" aun te quejas de tu suerte? En cuanto al corazón, fuiste libre y dichoso. Yo me casé con mi primo porque así convenía. Fernando tuvo que sepa-

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rarse de su preferida Amy Brown, unirse tí Carolina y abandonar á los hijos, varón uno de ellos, de ese primer... amor... ó como se le llame. ¿Estás tú dispuesto á lo mismo? ¿Verdad que no? ¡Créelo, Carlos Luis! Ija vida no es como queremos que sea, es como la voluntad divina nos la hace. A ti le plugo apartarte del trono... Kosígnate. ¡Resignarse es la ley! No hagas daño al sacrosanto Princi[)io i)or el cual sucumbió nuestro padre. ¡Desde la tumba él te lo ordena! ¡Si eres su hijo... en tu obediencia lo conoceré!

La du([uesa hablaba con verdadera convicción, y su elocuencia tenía á Dorff subyugado.

— Dios era Dios y se dignó ser hombre y morir como hombre en el suplicio de los malhechores — añadió ella. — Vive y muere tú como hombre del pueblo... ¿Lo harás?

Y él, en un arrebato de abnegación desatada, respondió besándola en las mejillas:

— IjO haré.

Como para confirmar el compromiso, deslizó la mano bajo sus ropas y sacó un cofrecillo cuadrado, i)equeño, (¿ue i)rcsentó á la duquesa,

— Aquí están— declaró con solemnidad elegiaca, grandiosa — los papeles que demuestran y fundan mis pretensiones. Son de tal naturaleza, especialmente el atestado que firman la criolla, el infeliz Pichegrú, Charette y Hoche, que con ellos en la mano nadie podría negarme un instante el puesto que me corresponde por derecho propio. ¡Ahí está mi fuerza, mi personalidad! Al despojarme de estos testimonios vuelvo á ser para siempre