Misterio · Unidad 177 de 196

Unidad 177 · 44S MISTERIO

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— Tlaró de él cuanto me plazca. ;Me pertenece!

— ¿Me conoces ya? — tartamudeaba' 61, cubriendo de besos sus manos. — ;Ya no me niegas? ¡Si tú supieses el bien que me haces! Sólo jwr ti creo en mí mismo. ¿Has visto con qué firmeza te dije que era tu hermano? Pues sábelo: yo mismo lo dudaba. Sí, ¿te extraña? Lo dudaba, porque tantos dolores y tantas vicisitudes han debilitado mi cabeza. Tá, que después de salir de la prisión fuiste dichosa; encontraste pan y abrigo; á tu alrededor el respeto, el afecto, una familia, un hogar, mil testimonios de simpatía, y luego el trono; tú, que volviste íi tus palacios entre aclamaciones y fiestas, ¡no puedes ni adivinar las angustias que yo padecí! Mira, escritas las tengo para que tú las leas.

Y sacó del pecho el estuche oblongo, de cuero amarillo, presentándolo á la duquesa.

— Mi propósito era que te lo entregase el marqués de Brezé, á quien miro como á hijo; pero es mejor aún que lo recibas de mi mano... Y cuando conozcas mi ría crticis,,. no te sorprenderá que á veces la vida me haya parecido un sueño, ficción sin la menor realidad, algo que forjó la calentura de un maniático y que, como los espectros, se disipa con la luz del día... Sólo tú, sólo tú podrás quitarme esta intolerable aprensión, devolverme la fe en mí mismo... Y'a me has llamado Carlos Li(is\ el nombre de la niñez, porque los que me llaman Ltus no saben que yo fui Carlos Luis de pequeñito, y que Luis era nuestro hermano, aquel primer delfín que murió... ¡Ah, María Teresa! ¡Luz de mi alma! ¡Que Dios te bendiga!

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Renovóse el abrazo, la efusión vehemente y empezaron á pasar las cuentas del rosario de los recuerdos.

— ¿Te acuerdas — preguntaba él— de cuando vivíamos juntos en la prisión y sólo nos separaba un techo y no nos dejaban vernos nunca? Yo, de noche, prestaba oído por si sentía el ruido de tus pasos.

Venciéndose, aunque el llanto empañaba sus ojos también, la duquesa se encaró con su interlocutor. ¡Era preciso terminar aquella escena... y cumplir su juramento! ;Si se prolongaba algo más, el valor la faltaría!

— Carlos Luis — repitió, — ¡si es cierto <iue al desear esta entrevista te ha guiado el cariño á tu hermana... pruébamelo! Yo también tengo algo que pedirte.

— ¡Ojalá me pidieses la vida I

— ¡Tal vez cosa más difícil! Porque voy á rogarte... ¡escü- (íhame! que renuncies á lo que has soñado tanto tiempo y en medio de tanto imdecer. No te alarmes, atiéndeme... ¡calma! ílemos sido arrastrados por el torrente de una revolución. En sus olas ha rodado envuelto el trono, el altar, cuanto constituía nuestra significación en la Historia. Providenciales designios nos han restituido á nuestra casa y á nuestro puesto; retornaron los grandes días de la monarquía; los templos han vuelto á abrirse; la patria se ha reconciliado con sus reyes y con su Dios. Este no ha permitido que fueses tú el encargado de misión tan alta. Su voluntad la encomendó á nuestro tío, y con él á los príncipes que en la emigración lucharon y mantuvieron el sagrado fuego de la lealtad. Sus designios deben acatarse.