Misterio · Unidad 180 de 196

Unidad 180 · MISTERIO 455

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nada con las carabinas. Y si no se resiste, no le hagáis daño. Deslízate, búscales y reconcentraos aquí. ¡Ya se acerca!

—Entendido — dijo La Grive.

Los dos esbirros, disfrazados de guardias, se separaron. Yolpetti esperó detrás de la puertecilla, para cerrarla cuando avsoinase Dorff. No tardó éste en aparecer, caminando absorto en las impresiones lacerantes y dulces de su diálogo con la duquesa. Salvó la puertecilla, y ni siquiera miró al guardia «pie se la franqueaba solícito. Aunque le mirase no le reconocería con tal disfraz, bajo las barbas y el moreno color de Alberto Serra. Alrededor del hombre, que ni pensaba, á pesar <ie su triste experiencia, en las traiciones, las celadas y las maldades, iban á confluir en aquel momento los enemigos y los protectores; Yolpetti estaba allí, pero no andaban lejos Brezé y los Caballeros de la Liberi/id, . .

El movimiento del grupo de polizontes disfrazados de guardias del parque se verificaba de manera que envolviesen á Dorff, y los defensores — que ya habían advertido la maniobra de sus enemigos, teniendo sobre ellos la ventaja incalculable de no ser sospechada su presencia — resolviéronse á atacarles por la espalda.

La pequeña fuerza que componían Brezé y los dos carbonarios se ocultaba detrás de una espesa cortina de árboles, en un altozano, desde el cual se dominaba el sendero.

En un pormenor habían coincidido con los esbirros: también ellos estaban resueltos á no emplear armas de fuego sino en caso de extrema, de última necesidad. Comprendían el peligro

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de atraer gente; ni unos ni otros querían ser sorprendidos en su faena. Aunque el lugar era del todo solitario y adecuado á lo que se preparaba, ¡quién sabe lo que puede ocurrir! Pasos más recatados nunca hollaron aquel césped... Parecía que llevaban los zapatos suelas de fieltro.

Iba el mecánico, al salvar la puerta, tan abismado, que, como hemos dicho, ni observó quién se la franqueaba. Parecíale un sueño cuanto acababa de sucederle. La voz de su hermana le zumbaba en los oídos; sus rápidas y como forzadas caricias las volvía á saborear con ardiente gozo. La duda rara, la incertidumbre acerca de su propio ser, padecida tan á menudo, ya no le mortificaba: ya se reconocía, tranquilo y firme. Desposeído... ¡bien! Impostor ó maniático... ¡nunca! Y avanzaba con ese andar de autómata que revela las preocupaciones intensísimas, con la vista fija en el suelo y con una especie de oscilación de la cabeza propia de la edad avanzada, pero en aquel caso debido á un pueril transporte de felicidad. Salió, cruzó la puerta del parque y adelantó por el sendero, sin darse cuenta de lo que hacía, pues ni aun sospechaba el camino que iba a emprender. Acordóse de Amelia; le era penoso tener que confesar á la niña el compromiso adquirido, la renuncia á todos sus derechos. Y cuando llegó cerca de un bosquecillo (¿ue á aquella hora, puesto el sol, formaba un rincón de sombra densa, de improviso dos manos prontas y expertas le echaron por detrás un pañuelo que le tapó la boca, mientras otras dos le sujetaban los brazos y se los fijaban á lo largo del cuerpo con fuerza incontrastable. Dorff no pudo ni gritar ni resis-