Misterio · Unidad 181 de 196

Unidad 181 · MISTERIO 457

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MISTERIO 457

tirse. Segura la presa, Yolpetti, en un abrir y cerrar de ojos, registró al mecánico, tropezó con el cofrecillo y se apoderó de él con risa de triunfo. Al tenerlo ya en su poder, el esbirro hizo una señal; ningún objeto tenía el violentar á Dorff. Por exceso de precaución creyó que tan sólo convenía reducirle algún tiempo á no gritar ni moverse, y una seña de Volpetti bastó para que le atasen bien las manos y le aplicasen á la boca, en vez del pañuelo, una mordaza.

Todo esto se había realizado con suma celeridad, sin luelia, sin brega. Por pronto que quisieron acudir los defensores de Dorff, estaba éste reducido á la inmovilidad y reclinado en el vallado que servía de lindero á la floresta, cuando el grupo de Brezé y los carbonarios cayó sobre los esbirros.

Tres nada más eran, pero valían ix)r un ejército, según su denuedo y la furia que les poseía. La indignación ante tan cobarde emboscada centuplicaba sus bríos.

Giacinto y el marqués de Brezé, que eran los fuertes, los musculosos, esgrimían bastones de emplomado puño, y favorecidos por la sorpresa de los esbirros, de los dos primeros molinetes aturdieron á uno, Lestrade, y derrengaron al otro. La Grive. Desembarazados así momentáneamente de la mitad de sus enemigos, Renato pudo ocuparse de Sec, que había desenvainado su cuchillo de monte, y Giacinto, atraído por el odio, como á otros les atrae el amor, se dirigió contra Volpetti, que ya le hacía cara.

El esbirro conservaba aún el cofrecillo en la mano; no quería soltarlo por nada del mundo, y le estorbaba para manejar el

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eiuíhillo (le monte, arma terrible, pero que exige desembarazo y agilidad. Pudo, pues, el siciliano, que no tenía tiempo de emplear sino el bastón emplomado, pues el cuchillo lo llevaba envainado en la cintura, asestarle un golpe que alcanzó al esbirro en la clavícula, con vigor violento. La fuerza del dolor le obligó á sus])ender toda acción agresiva: sus ojos se nublaron; ante ellos danzaron círculos rojos y lucecitas chispeantes. Soltó el cofrecillo, que rodó á tierra, pero conservó empuñado el cuchillo de monte. Y recobrando instantáneamente el sentido, aprovechándose de que Giacinto acababa de bajarse para recoger el precioso cofre, el esbirro le descargó tal cuchillada que, á no haberse el siciliano, instintivamente, desviado el golpe, le rebana el cuello por detrás, con tajo de muerte. El movimiento de (jiacinto tuvo la instantaneidad fulmínea de los que realizan las fieras para defenderse en mortal combate. Fué una especie de salto de tigre. El aborrecimiento, la rabia, duplicaban en aquel momento el arrojo natural del siciliano, las energías de su cueriK) joven, bien formado y robusto. Por ley psicológica, la memoria del daño que Yolpetti había causado á su familia reemplazó á la idea de lo que importaba á la causa de Dorff. Para ser útil á éste convenía apoderarse del cofrecillo y poner inmediatamente pies en polvorosa, desaparecer sin mirar atrás, salvar lo primero los papeles inestimables, capaces de cambiar el curso de la Historia. Pero Giacinto era hombre, tenía carne y sangre, y aquel esbirro, con quien se encontraba empeñado en personal lucha, había sido causa de que sn hermano se balancease en la horca.