Misterio · Unidad 194 de 196
Unidad 194 · 490 ' MISTERIO
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en hecho lo que tenía determinado en lo más hondo de su conciencia, y creía su empresa algo quimérica, algo irrealizable, y ahora, en el momento supremo, diríase que invisible mano le guiaba y suprimía cuanto estorbarle pudiese. Iba recto, como la bala, cortando sin esfuerzo el aire, va al corazón. Aquel liombre joven, poderoso, fuerte, rodeado de cortesanos y de amigos, á quien los centinelas, colocados 'á ambos lados de la puerta, presentaban las armas; aquel hombre cuya robustez se jidivinaba bajo la elegante vestimenta, hecho á la vida militar, cíapaz con un capirotazo de tumbar por tierra al enemigo ra- •[uítico y endeble que le acechaba, sentía Luis Pedro que era físicamente .sw/o, que la suerte se lo entregaba en las manos, (iomo una presa descuidada, inerme. Ya no subyugaba á Luis Pedro la impresión de su pequenez, ya no se creía átomo en el mundo: dentro de él se desarrollaba una especie de embriaguez lúcida, un rapto de orgullo de esos que transportan. «Llegó el instante. El oscuro, el mísero, el plebeyo, el obrero guarnicionero va á escribir su página de historia. Mi vida, hasta hoy, nada significaba. Era una narración insulsa, un cuento sin sentido, contado por un idiota. Yoy á darle su verdadero valor; voy á desahogar lo que dormitaba y latía en mí. Hatisfacerso destruyendo á un esbirro, jqué miseria! Eso era bueno para Cfiacinto, naturaleza inferior, vulgar» . Y los ojos altaneros y doloridos de Amelia, su boca plegada por amargo desdén, su rubio y terrible ceño de arcángel exterminador, acudieron á la memoria del carbonario. Era la cantidad de sugestión femenil, que hay cu toda tragedia. «Las almas superiores son solitarias:
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quieren lo que quieren y no perdonan. Del perdón de un débil lian venido las desdichas» . Creía Luis Pedro ipie le iluminaba el fulgor de las brillantes pupilas de la hija del mecánico, cuando, sin ocultarse, sin tomar precaución alguna, como camina el sonámbulo en medio de los mayores peligros y al borde do los precijúcios 6 por la cresta de las nubes, se dirigió á encontrar al prínci[)e. Píisole en el hombro la mano izquierda, y con la derecha, que ya llevaba empalmado el puñalito, des- (íargó el golpe, maravillosamente certero, vivo y rápido. Fernando no sintió nada, ni aun el frío del hierro; se figuró que le empujaban, y que iba á dar. i)or efecto del empujón, contra uno de sus cortesanos. Ninguno entro los acompañantes de Fernando se había hecho cargo de la verdad. El criminal, todavía sostenido por la fiebre semiheroica y la visionaria lucidez que le dictaban en aquel instante lo más acertado, sin que la reflexión interviniese, había desaparecido; al llegar á la esquina de la calle de Richelieu, con serenidad absoluta refrenó el paso y so dirigió lentamente á perderse en la sombra de las arcadas hoy derruidas y cuyos arranques se ven aun, frente al amplio edificio de la Biblioteca. Un minuto más y estaba en salvo, fuera del alcance de los que hubiesen podido perseguirle. Nadie lo había visto; nadie le conocía de los que en el vestíbulo del teatro casualmente le hubiesen visto antes. Estaban su suerte y su vida en el filo del cuchillo. Kes])iraba á dos pasos de allí, ejerciendo en un cafó el oficio de servir á los parroquianos, otro hombre cuya existencia, hasta entonces, no había ofrecido sino vulgarísimos incidentes. Quiso la suerte que en aquel