Misterio · Unidad 193 de 196

Unidad 193 · 488 MISTERIO

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488 MISTERIO

culaba con afán pueril. c< Y tiene que ser hoy. Si mañana vuelvo á Versalles, obligado por la neoesidad, porque allí teuíro mi modo de vivir, ¿cuándo se presentará la ocasión nuevamenteV

Iba y venía del jardín al teatro y del teatro al jardín, acechando. Las horas de la noche transcurrían: el jardín se despoblaba; vaciábanse las fondas y los lx)degones; el gran reloj dio. después de las once, la media, y Luis Pedro observó que llegaban y se apostaban ante la puertecilla los coches de la casa real. Entonces, por la solitaria calle de Louvois. enhebróse el carbonario hasta deslizarse entre el bureo del gruiK) de lacayos. Su mísera facha, su traza humilde, le hacían pasar inadvertido. Tomaríanle por un pobre cochero simón, ó más bien por uno de esos ayudantes ocasionales que los simones dedican á cuidar del caballo cuando quieren entretenerse en la taberna. El sitio era sombrío; Tjuís Pedro se inmovilizó, se i>egó á la i)ared.

No fué larga la espera. Justamente el prínci])e Fernando bajaba acompañando á su esi)0sa, que, fatigada de un baile á que había asistido la noche anterior, lastimada por el goli^ de la l>uerta de un i)alco, deseaba retirarse. El pensaba quedarse un rato aún, sabe Dios con qué fines calaverescos, y para no causar celosas inquietudes, al asomarse á la ¡merta y ayudarla á subir al estribo, díjola sonriendo: «Nos veremos pronto». Era, sin poderlo remediar, ardorosa, a[)asionada y suspicaz la italiana; era él, involuntariamente asimismo, galante, perdido y rendido al encontrarse con una mujer hermosa, sin dejar i)or eso de querer y cortejar á la suya más como enamorado que como

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legítimo dueño, por lo ciml ella, á su vez, le amaba mucho. Con el dedo le había amenazado al salir del i)aloo, entre burlas y veras, diciéndole al oído, de modo que nadie se enterase: «Me voy i)orque tengo miedo si trasnocho de hacer daño á nuestro chiquitín... á nuestro secreto,,, al varón que llevo en las entrañas... A no ser por eso, no me iría. No to se ocurra quedarte hasta el amanecer» . El la tranquilizó solícito, tierno, con insinuante presión, ejercida sobre el redondo brazo desnudo que en el suyo descansaba, y al despedirse la dirigió la frase de conyuga] cariño que ha recogido la Historia...

Ágil á pesar del embarazo por nadie advertido aún, la dama subió al coche; los lacayos alzaron el estribo. Inclinóse ella á la portezuela, para ver todavía al esposo, que volvía al interior del teatro y que en aquel punto se encontraba todavía en la acera de la calle de Rameau, bajo la marquesina pintada imitando tela... Luis Pedro acababa de insinuarse entre el remolino de lacayos, centinelas y cortesanos que bullía en el vestíbulo. El mismo no se explicaba— cuando después, en la yerta soledad del calabozo, antesala del cadalso, revi rió los trágicos momentos de la breve aventura, volvió á cometer el crimen mil veces por medio del pensamiento, — él mismo no se exx)lieaba, repito, la repentina decisión y la destreza admirable que desplegó para realizar lo que media hora antes le parecía imposible dé intentar siquiera. En efecto, al contrario de lo que suele suceder, que la fantasía todo lo facilita y la realidad presenta de bulto los imprevistos obstáculos, Luis Pedro, mientras paseaba eu el jardín del Palacio Real, ni aun concebía cómo transformar