Misterio · Unidad 50 de 196

Unidad 50 · UISTERIO 127

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suerte. Los que me hablaban evitaban con sumo cuidado pronunciar su nombre, Y mi imaginación se la representaba prisionera aún, demacrada, triste, soñando conmigo, rezando, do; mil maneras — menos la verdadera, la espantosa.^— ¡Nunca la, imagen inconcebible de su cabeza cortada y su sangre vertida había cruzado por mi mente! Esperé con loca ansiedad la respuesta de María; si nuestra madre continuaba, prisionera, ultrajada, sola, era mi deber correr á su lado, arrostrar todos los peligros, i)elear hasta salvarla. Esta forma tomaba el primer hervor de la virilidad en mis venas, mi transformación de niño en adolescente. Pero María callaba, bajaba los ojos, de los cuales fluían lentas lágrimas, y su cuerpo, preso en mis brazos, se estremecía cron temblor de angustia, mientras sus manos hacían violentas señales negativas. Insistí y la estreché sin darme cuenta de mis actos. — «;Mi madre I... ¿dónde se encuentra mi madre?»— Y entonces la joven, acariciándome, tnustornada de dolor, balbuceó un «¡ha muerto!» que aun resuena en mi corazón. «¡Madre! ¡madre!» — grité -y caí al suelo presa de un síncope. Al recobrar el sentido María estaba á mi cabecera llorando. — «Quiero morir también»— la dije. — «(Quiero reunirme con mamá. Pero no cjuiero sei)ararme de ti. Muramos juntos. María, mi vida no ha de ser más (lue hu'ga cadena do amarguras. Me lo ha dicho una voz mientras estaba aparentemente desmayado. No me abandones. Después de mi madre no he encontrado á nadie á quien quiera como á tí. Vamonos abrazados al cielo: allí la encontraremos y seremos felices». — Ante mis insensatos ruegos, la joven María, que debía de adivinar toda mi pertur-

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bación, no hacía más que suspirar y estrechar ini mano helada, quo calentaba con su aliento. Al verla allí, cuidándome y consolándome con el mejor consuelo, que es la participación del dolor, llegue hasta experimentar repentinos accesos de gozo y á desear que se prolongase el estado de postración enfermiza en que caí. Con efecto, apenas principié á recobrar alguna tranquilidad, y, aunque muy abatido, á levantarme y pasearme como antes acostumbraba, noté que María, con diferentes protextos, me evitaba, se alejaba cuanto podía de mí. Ya no recorríamos juntos los bosquecillos embalsamados de nuestra quinta; ya no nos parábamos asidos del brazo á ver cómo las palomas metían su pico de rosa y su tornasolado cuello cambiante en el pilón de mármol que coronaba la antigua estatua de la ninfa. Y yo, en cambio, advertía un deseo infinito de acercarme á mi amiga, una necesidad creciente de recosüir mi cabeza en su seno; á todas lioras la buscíiba, la llamaba; la veía pensativa, seria, como si oxporimontaso una especio de cortedad injustificada, un recelo siu motivo, y al mismo tiempo, cuando no la miraba, sentía sus ojos fijos en mi; mil veces la sorprendí contemplándome con una especie de adoración, y al percibir que yo lo había notado sus mejillas suaves so enrojecían como la nieve al resbalar sobre ella la aurora.

Acompañó á estos foiuMnonos una recrudescencia de intimidad con M-rntuiorín; los novios, que antes no lo parecían, pasábanse ahora las tardes juntos hablandi debajo del emparrado qno cubría una do las fachadas «leí vUllno. No obstante, María disimulaba mal una tristeza continua, y Montmorín, que los pri-