Misterio · Unidad 49 de 196
Unidad 49 · MISTERIO 125
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MISTERIO 125
etapa de mi existir, la más íntima y deliciosa, se desarrolla á la perfumada sombra de los árboles de aqnel jardín. Yo me acercaba á la pubertad; mis bucles rubios habían crecido, mis mejillas se sonroseaban, sangre nueva bullía en mis venas. Residía en la quinta, con nosotros, una criatura encantadora, cuatro ó cinco años mayor que yo; María, hija del marqués de Bray y novia de Montmorín. Aunque estaba allí su novio, María me dedicaba sus más tiernos cuidados, y puedo decirse que no se apartaba de mí; compañera de mis juegos y esclava de mis caprichos, por mí lo abandonaba todo. Su mano fina peinaba y lustraba mis rizos, abrochaba mi cuello de blanca tela, se apoyaba en mi hombro al pasear entre los viñedos y ofrecerme la fruta madura que tentaba mi precoz golosina. Montmorín, al verme con María, so retiraba, tomaba su escopeta y salía de caza, volviendo con algfm ave fría de las lagunas, que figuraba después en la cena. Desde hacía tanto tiempo, era el de María el único rostro de mujer linda y dulce en que mis ojos se posaban. Mi niñez había sido tan arrullada y meciila por voces y brazos femeninos, y se había deslizado de tal suerte entre mimos y adoraciones de damas, que el ideal de la folicidad para mí era la compañía de la mujer aristocrática, suave, exquisita, como María de Bray. En ella creía volver á gozar el tibio agasajo, la blandura de nido de nuestra madre, do nuestra buena tía... ¡el tnyo también, el tuyo! ¡nuestras venturosas chanzas, nuestros ^mantos juegos! El seno de Marín, donde recostaba uii frente, me prestaba calor delicioso que dilataba mi espíritu. Tivir así, cerca de María, ¿qué dicha mayor?
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Una de las tardes en que nos entreteníamos en el jardín, trayéndola yo violetas con las cuales formaba un ramo, acudió á mi mente un recuerdo lleno de nostalgia: el de una escena parecida entre nuestra madre y yo, en el retiro idílico de aquella granja donde, libre de la etiqueta, se complacía en triscar y correr por el césped, vestida con ligero traje de indiana y pamela de paja de flotantes cintas. También allí era mi oficio descubrir y juntar las moradas flores húmedas de rocío; tú me ayudabas, y cosechábamos centenares. Nuestra madre, sembrada la falda de violetas, parecía un cielo con su sombrero pajizo, sus cabellos sueltos en tirabuzones sin empolvar y su gracioso fichú de muselina que descubría la garganta. En momentos así perdía su continente de soberana altivez y se convertía en una niña risueña, traviesa, loca. A cada puñado do violetas que llevábamos nos amenazaba, nos arrojaba al rostro unas cuantas flores, nos besaba idolátricamente. Y como María, por casualidad, también me tirase á la cara una violeta, el recuerdo fué tan vivo que creí tener á nuestra madre delante y me arrojé en brazos de la prometida de Montmorín. Nuestras respiraciones se mezclaron, nuestros labios se tropezaron sin querer. El sentimiento se despertó en mí con tal vehemencia, que instantáneamente dejé de ser niño, y estrechando violentamente á María, como estrecha un hombre á su amada, preguntó:
— María, ¿qué ha sido de mi madre? ¿Dónde está mi madre? Quiero saberlo. ; Obedece! ¡Dímelol
En efecto, desde el acerbo día en que me habían separado de ella, ni volví á verla ni tuve la menor noticia acerca de su