Misterio · Unidad 52 de 196
Unidad 52 · MISTERIO 131
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MISTERIO 131
clavijaban, nuestros cuerpos se acercaban, mi frente se reclinaba sobre su corazón palpitante.
Al volTer á la quinta, María se quejó de frío; al día siguiente no pudo salir de su habitación, escalofriada, trémula. La marisma había hecho su oficio; la calentura palúdica abrasaba y secaba sus venas ya. Mi sino la había herido decidiendo de su suerte. Aquella muerte que yo había buscado llegaba para María. Yi sus claras pupilas enturbiarse, sus ojos rodearse de cárdeno livor; vi enflaquecerse sus lindas manos, secarse la primavera de sus mejillas, decaer sus fuerzas hasta el punto de que la era imposible dar un paso sin apoyarse en mí, j prooto ni aun apoyada lo consiguió; pasaba los días al lado de la ventana que caía al jardín, extendida en un canapé, con su diestra febril entre las mías. Después tuvo que renunciar á levantarse, y reclinada en almohadas, que yo colocaba estudiando el modo de proporcionarla algún alivio, pasaba las horas del día tiritando del frío peculiar de la malaria. Casi ni ánimos para incorporarse la quedaban cuando llegó Montmorín — sabedor de la enfermedad de María, ansiaba verla antes de que se cumpliese el fatal plazo. — Era la víspera del día de Nuestra Señora; las campanas del Convento de Capuchinos, á poca distancia de nuestra quinta, balanceaban en el aire sus lentos sones. Montmorín entró, y arrodillándose al pie del lecho besó la mano ardorosa que amarilleaba sobre la blancura de la sábana. La enferma abrió los ojos, y viendo al que antes fué su prometido, una expresión de dolor se retrató en sus facciones demacradas; retiró la mano, cruzó ambas y con voz desgarradora exclamó:
— Álzate, Eugenio, hermano de mi alma... y perdóname. No quiero morir sin tu perdón.
Montmorín, por toda respuesta, se volvió hacia mí, y tomando también mi mano, selló en ella otro beso largo y respetuoso. Yo me arrojé á sus brazos, y permanecimos así buen espacio de tiempo confundiendo nuestros sollozos.
— Eugenio — repitió María apenas nos separamos, — muero contenta. ¡Yivir era más difícil!... Pero acuérdate siempre, hermano mío, de lo que te encargo. Yela por él, líbrale de todo peligro, hazle triunfar de sus enemigos... ¿Me lo prometes?
Entre lágrimas y ternezas Montmorín juró lo que deseaba la moribunda, y á su cabecera pasamos la tarde y la noche. A la mañana, cuando los pájaros del jardín gorjeaban el amanecer, llamamos á María, pero no respondió: había expirado» .
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Aquí llegaba de su lectura Renato cuando se detuvo sofocado por la emoción que en él producía. Era tan extraordinaria la revelación, que sin poderlo evitar la duda se alzaba en su alma, alternando con ráfagas de convencimiento repentino, que procedían más que de la lectura, de los recuerdos del atentado y de la impresión que la presencia de Dorff había causado en su espíritu.
— ¿Soy juguete del frenesí de un loco? — preguntábase con ansiedad el joven marqués. — ¿Leo un relato novelesco ó una sincera y noble confesión autobiográfica? ¿Sueño aún las febriles representaciones que sugiere la pérdida de sangre ó estoy