Misterio · Unidad 53 de 196
Unidad 53 · 134 MISTERIO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
134 MISTERIO
despierto y me entero de una iniquidad inmensa? Ea, Renato, calma y reflexión. Tienes en tu mano el medio de cerciorarte, de ver claro en este hondo misterio. ¿No eres depositario del cofre de los documentos? ¿No existen allí las pruebas fehacientes de lo que narra el manuscrito? Es preciso que la verdad ilumine tu conciencia; que no quede en ella ni una partícula de duda, ni siquiera sombra de recelo, cuando te consagres á la causa de este hombre... ¿Y Amelia?... Si es cierto todo lo que acabo de leer, ¿quién soy yo para Amelia? ¡Dios mío, luz y calma!...
Al pensar el concepto de «luz» dióse cuenta Renato de que en aquella habitación de un piso principal, con ventanas á una calle de Londres, en que la niebla espesaba sus grisáceos algodones húmedos, ya apenas se veía para la lectura. Y cuando iba á tirar del cordón de la campanilla y ordenar que trajesen una lámpara, el camarero, después de llamar discretamente á la puerta, se presentaba ya con el quinqué de cuerda, diciendo al colocarlo sobre el velador;
— Sir, otro gentlemán francés, que ha llegado hará hora y media, me manda preguntar si puede pasar á hacerle una visita.
Renato, que tenía abierto sobre el velador el cuaderno del manuscrito, instintivamente tendió la mano y lo escondió bajo el almohadón del sofá.
— ¿Un caballero francés? - dijo tratando do no aparecer alarmado.— ¿Y quién es y cómo sabe que me encuentro aquí?
Por toda respuesta el sierrart presentaba una tarjeta, donde se leía:
El Conde de Kellcr,
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Hizo el marqués uno de esos moTimientos inequÍTOcos que significan «no le conozco» , y después, calculando que la negativa inspiraría sospechas, encogiéndose de hombros, volvióse hacia el camarero y añadió:
—Que pase.
Al salir el criado apresuróse Renato á ocultar el manuscrito donde ahora tenía el cofrecillo — en su maleta, — y prevenido esperó. Las advertencias de Dorff se le presentaban en caracteres de fuego : « Has sido confiado , hazte receloso; has sido franco, disimula». Dos minutos después la puerta se abría y entraba un caballero elegantemente vestido, de frac de paño violeta con botones de oro y ajustados calzones de casimir gris. 1^8 mil vuelüís de la gran corbata de musolina le hacían enderezar la cabeza, y sobre su bien modelado muslo derecho jugueteaban, resplandecientes, la cadena y los dijes del sidUran, último precepto de la moda. Producía una impresión favorable y recordaba el tipo distinguido del gran Chateaubriand.
— He llegado esta mañana al hotel, que me ])arece bastante malo, dicho sea en confianza, caballero— declaró el conde inclinándose ante de Brezé, y no sé en qué pensaría mi amigo el capitán Mac Gregor para recomendarme este figón. Al quejarse del servicio mi ayuda de cámara, le respondieron (jue había aquí otro caballero francés y que se encontraba contento. El galopín me lo contó, y extrañándome yo del hecho pregunté y me dijeron su nombre de usted, bien conocido en todas partes. Añadieron que se encontraba usted enfermo ó herido, no sé cuál de las dos cosas, y me apresuré á venir á ofrecerme por