Misterio · Unidad 66 de 196
Unidad 66 · 1G8 HISTERIO
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á su palacio y me dijo que sospecliaba que aun vi\ias, sepultado en una mazmorra de Yinoennes, y que apelaba á mí para que te descubriese. La mano de la criolla ha apartado todos los obstáculos y me ha conducido hasta ti.
Antes de darme estas explicaciones, Eugenio se había cerciorado de que nadie nos escuchaba.
— ^Bendiga Dios á la criolla — murmuré.
—No, Carlos — pronunció Montmorín,— no malgastes el agradecimiento. La criolla hoy mira á su interés. Siente pesar sobro sí la amenaza del destino. No sería imposible que su señor, que es al mismo tiempo el amo del mundo, la relegase á un rincón, repudiada y desdeñada, en pena de no haberle dado sucesión directa para este fastuoso y babilónico imperio, que un día se desmoronará de golpe— todos lo presienten. — La criolla ve eu ti un arma terrible que, en el momento oportuno, puede servirla l)ara defensa y ofensa. Es una trama perfectamente concertada. El Corso se ha olvidado de tu existencia; jamás conoció entera tu historia; no tiene tiempo, en medio de sus vertiginosas conquistas, de pensar en ti. Tu nombre, si es que lo supieron al encarcelarte, ha sido borrado: aquí no fuiste sino el número 86. La criolla pudo sin temor valei*se de la policía para encontrarte y justificar su interés por ti, diciendo que eres sobrino de un antiguo amigo suyo de la Martinica. No ha obt-enido tu libertad, porque desea tenerte á mano para servirse de ti, ¡jero yo prepararé tu evasión así que recobres fuerzas; en tu estado actual, nada puede intentarse.
Aquel mismo día, entre Montmorín y Armanda, la hija del
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carcelero tuerto, piadosa criatura á quien tanto debí, piXK»dieron k restaurarme, á borrar las huellas de mi suplicio. Aseado y vestido de limpio, con comida abundante y sana, que me otorgaban por disposición de la criolla, deseosa de que nada me faltase, empecé á recobrarme rápidamente; á mi edad es increíble la fuerza y vigor que guarda el organismo para resistir los defc>t rozos de las influencias más nocivas. Me cortó Montmorín el Cíibello y la barba, y al mirarme por primera vez á un espejo vi que de la atroz operación realizada para desfigurarme no quedaban más huellas que unas señales ó picaduras semejantes á las de la viruela, y que segln desaparecía mi extremado enflaquecimiento y recobraba carnes apenas se notaban. Supe después que la misma barbarie de mis enemigos en esto había frustrado sus propósitos: al privarme de la luz, me habían evitado el agente que podría convertir mis pústulas en indelebles cicatrices.
Yo renacía: Armanda, encargada de servirme, me cuidaba tiernamente; se complacía en verme volver á la vida, como planta pisoteada que se rocía y riega. Y no tardé mucho en sentirme lozanear, con todas las energías naturales en mis años. La sangre pura de la casa de Austria y Lorena, que corre por mis venas, me ha permitido luchar siempre contra circunstancias mortíferas para cualquiera, y Montmorín — que por chántela no había venido á verme sino dos veces, —al hallarme sólido, animoso, con la cabeza firme y las piernas robustas, me inspiró lo que debía hacer para evadirme de la fortaleza sin riesgo de la vida. Mi nueva prisión era un aposento del segundo piso
<le una de las cuatro torres que guarnecen y defienden el histérico castillo. Las ventanas, que caían al baluarte, muy cerca del puente, no se encontraban á gran altura; una vez limada la reja, no era obra de romanos descolgarse y llegar sano y salvo al puentecillo de tablas arrojado sobre el foso y del cual se servían los soldados (por una corruptela que el gobernador tole-
raba), á fin de salir fuera sin necesidad de bajar el rastrillo ni el puente. No existiendo este frágil camino de madera, sería incomprensible mi evasión; pero con él presentábase fácil y segura, teniendo cuidado de elegir la hora de la noche en que nadie aprovechaba la pasarela. Así que me descolgase á él y lo (Tuzase, me encontraría en el baluarte y en la linde de la inmensa selva, donde Montmorín me esperaría con dos caballos ensillados.
En mi poder se encontraba ya la lima inglesa para atacar los