Misterio · Unidad 65 de 196
Unidad 65 · 16G MISTERIO
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16G MISTERIO
—¡Es él, es él! ;E1 mismo! ¡Bendito sea Dios!
Unos brazos me rodearon, unos labios cubrieron de besos mis manos esqueletadas, sentí la efusión de un cariño loco.., ¡OJi Dios mío! ¡Lo permitíais al cabo! ¡Había terminado mi suplicio^ mi soledad; había resucitado de entre los muertos!
Otra voz— la del gobernador de la fortaleza, segíín averigüé luego— dijo afablemente:
— Jjc dejo á usted con el prisionero. Descuide usted, desde hoy será atendido; nada le faltará. Que lo sepa la seFiora...
Creí escuchar pasos que se alejaban ; mis párpados se abrieron lentamente; la luz los calcinaba aún, pero ya su benéfica acción se dejaba sentir en mí; en mis venas se deshelaba la sangre. Un hombre se encontraba de pie ante mi cama. Al notar que yo recobraba el conocimiento se arrodilló, y con acento trémula murmuró á mi oído:
—¡Por fin! ¡Alabado sea el misericordioso Corazón de Jesús! ¡Monseñor... ánimo... ánimo!...
Como si un deslumbramiento repentino volviese á cegar mis débiles pupilas advertí que tenía á mis pies, casi en mis brazos, á mi leal, á mi amado Eugenio Montmorín. Entonces, dilatada por vez primera mi corazón después de tanto tiempo, prorrumpí en sollozos, me deshice en llanto, estreché á mi amigo, dije mil locuras.
Cuando pudimos explicarnos, pronunció Montmorín:
— Ante todo, monseñor. . .
— No me llames así— contesté afectuosamente; — ni es prudente, ni es racional. Yo soy un pobreeillo abandonado do
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todoB, menos de tí; yo soy el último, el más infeliz de los hombios. Quiero arrancarme esta fatal personalidad de ilustre y de grande que me hace mártir; anhelo ser pueblo, ser malquiera. Llámame Carlos no más, y habíame de lú. ¡Si es preciso, te lo mando!
— Pues bien, Carlos...— articuló trabajosamente Eugenio — hace cuatro años que te busco.
— ¡Cuatro años! — exclamó espantado .— ¡ Cuatro años he pasado en el agujero negro!
Y como si el conocimiento del tiempo transcurrido fuese nueva y más cruel desventura, se renovaron mis lágrimas: lloré los años de juventud; lloró la cólera del destino cebada en mí; lloré mi suerte, y pedí cuentas una vez más al Poder incomprensible que desde lo alto se complacía en anonadarme.
Así que mi convulsiva agitación se apaciguó algo, prosiguió Montmorín:
— No existía rastro de ti. Por ninguna parte se podía encontrar tu huella. Te creí muerto; había muerto María también... y comprendí que ni tenía objeto ni ñnalidad mi vida. Quise reunirme con vosotros y me alisté en el ejército del Corso. Le prefería á tu tío, el fratricida. Me he batido, anhelando sucumbir, y sin lograrlo. Poco después de la conspiración de Cadoudal — ya te la referiré —y de la trágica muerte del duque de Enghien, fusilado en este foso, resolví dejar el servicio; aunque no había conspirado, aborrecía al verdugo del joven príncipe, á su gloria manchada de sangre; pero cuando iba á realizar mi propósito, la criolla, tu constante protectora, me llamó