Misterio · Unidad 68 de 196

Unidad 68 · MISTERIO 1 « O

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novela, obra de un hombre que soñando y sugestionándose á sí I)ropio había llegado á creerse de buena fe héroe real j efectivo de cuanto refería. ¡Era aquel caso tan extraordinario!

Al ocurrí rsele estas incertidumbres, volvióse hacia la maleta donde había encerrado el cofrecillo de los papeles.

— Ahí — pensó- está la solución del enigma. Los documentos son lo único que puede demostrar si este hombre es un orate, uji visionario, un falsario ó un mártir como no han existido dos en el mundo. No tengo aun derecho para registrar el cofrecillo: dej[)ósito sagrado, mi misión se reduce á custodiarlo. Pero cuando el caso llegue, en mi mano está la prueba..,

Y tranquilizado por esta reflexión continuó leyendo, no sin haber entreabierto la ventana para que el aire disipase la sofocación. La página donde reanudó la lectura decía así:

«Cuando he podido calcular el tiempo que he estado preso en mi vida, he visto que fueron diez y siete años de cautiverio más ó menos riguroso, pues aun después de mi primer evasión en el féretro encontrábame recluso sin poder mostrarme entre las gentes. Así es que, tan pronto como refrenamos el galope de nuesti-os caballos para buscar el sendero que debía conducirnos á una choza de leñador desiei'ta, preparada á ñn de que en ella pasáramos la noche, dije á Montmorín:

- Amigo mío, hermano... voy á pedirte el favor supremo.

Llévame á un país donde sea yo como los demás hombres que

no han cometido delito alguno y viven libres. Llévame adonde

pueda salir, entrar, ver el sol, saborear la existencia. Es lo

. ünico á que aspiro. Llévame adonde pierda mi nombre fatal y

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rae convierta en otro; otro completamente diverso, en quien nadie pueda reconocer al último retoño del árbol secular y magnífico. ¿Lo harás, Montmorín? Olvida las quimeras de la esperanza política; no sueñes luchas ni reivindicaciones imposibles. No te pido sino un poco de vida; unas horas que sean mías y en que la pesadilla del calabozo no oprima mi pecho. Prométeme que saldremos de Francia.

— Lo prometo — respondió el leal Eugenio estrechándome entre sus brazos.

Dormimos en la cabana á pierna suelta, y al otra día emprendimos el camino de la frontera sin ser perseguidos y viajamos á pie humildemente. Montmorín se había provisto de pasaportes, y sin dificultad la atravesamos encontrándonos en Prusia. Mis pulmones se dilataban. ¡Por fin! ¡Ilusiones nuevas! Ya verás en qué pararon.

En la primer aldeita prusiana donde hicimos noche nos detuvimos en un mesón, rendidos, pues habíamos forzado las jornadas. Principiábamos á conciliar el sueño cuando nos despertó el golpe de las culatas y las voces y juramentos de la tropa. Un oficial penetró en nuestro camaranchón y nos dijo que tenía orden de arrestarnos como á espías. Indignados, pero no pudiendo resistir, le seguimos, ó incorporados al cuerpo de ejército (lue en la frontera combatía á las órdenes del duque de Brunswick, corrimos la suerte de aquella pequeña masa de hombres, mandada por el mayor Schill. Poco tardó en verse envuelta por tropas francesas tres veces superiores en número. Considera, Teresa, la ironía de mi suerte. El primer combate que me