Misterio · Unidad 69 de 196
Unidad 69 · •MISTEKIO 177
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•MISTEKIO 177
fué dada presenciar, la Tez primera que so desarrolló ante mí el cuadro de la guerra, con iodo lo que en él puede excitar el entusiasmo de un alma joven y estremecer sus más íntimas y generosas fibras... yo formaba en las filas de los enemigos de lui patria, y las tropas de mi patria eran las tropas de nuestro enemigo, del que fundó su poder y nuestra ruina sobre el sangriento montón de cabezas de la revolución. ¿Qué hacer? Me avine á mi extraña suerte, ó mejor dicho lo rápido de los acontecimientos no me dio tiempo á reflexionar; fui compelido, atacado de golpe y con ímpetu por fuerzas tan superiores en número, que se alzó el instinto natural de la defensa y peleamos. Nos habían cortado la retirada y nos gritaban: «No hay cuartel» . Llevaba Montmorín un buen caballo, mientras que á mí me •habían dado uno viejo y matalón, que apenas podía conmigo. c.Gambiemos», gritó Eugenio, jiero no hubo tiempo de realizar el trueque: el enemigo nos cerraba ya con cerco de hierro y fué preciso revolverse, no i)ara salvar la vida, sino para morir matando. Entonces vi á Montmorín, olvidándose por completo •de sí mismo, acudir á parar los golpes que á mí se dirigían, colocarse á manera de escudo delante de mí. Con agilidad sorprendente, revolviendo el caballo, metíase entre la tropa y ofrecía su pecho por blanco á las balas, su torso al corte de los sables, para impedir 6 mejor dicho retrasar mi fin. Las balas me perdonaban todavía; pero una dio en el vientre de mi jaco, atravesándole los intestinos, y el pobre animal, arrojando un caño de sangre, hincó en tierra el cuarto trasero, mientras sus 'patas delanteras herían el aire agitándose en el vacío. Arras-
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tróme en su caída: mi pie izquierdo quedó sujeto ¡lor el estribo, y en vano quise desenredarme; mi montura, en las convulsiones de su agonía, me clavaba contra el suelo. Aprovecháronse los enemigos de esta circunstancia y se precipitaron sobre mí: entonces Montmorín, apeándose para mejor socorrerme, se abrió paso á sablazos y con el arma probó á cortar la correa del estribo que sujetaba mi pie. Al bajarse para realizarlo, un soldado, por detrás, á traición, aprovechándose de que había perdido su chacó y tenía descubierta la noble frente, le descargó un sablazo terrible. Partida la cabeza hasta la masa encefálica, mi amigo, mi hermano, cayó como el buey bajo la maza del carnicero; al tambalearse creí que sus ojos aun me miraban, que sus labios murmuraban el nombre de María, No tuve tiempo de inclinarme sobre él: sentí como si me echasen encima la cúpula de una catedral inmensa; chispas de colores danzaron ante mis ojos; me pareció que la tierra giraba á mi alrededor, y me desplomé sin sentido. Acababa de recibir, en la cabeza también, hacia la nuca, un culatazo descargado á dos manos, con todo el vigor de un granadero francés rabioso y anhelando cubrirse de gloria.
Eecobré el sentido en el hospital de sangre. A mi alrededor gemían otros heridos, con heridas atroces, muchos en el estertor de la agonía; á mí no me hacían caso: mi avería carecía de importancia; me lavaron la magulladura con vinagre, me cortaron el pelo'y me dejaron en mi camastro á la buena de Dios. Honda debía de ser, sin embargo, la conmoción que había sufrido mi cerebro, porque recuerdo que las gentes que mo