Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 15 de 49
LIBRO SEGUNDO. — parte 2
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Y luego, embosándose en su capa echó á andar tras la silla de manos en que llevaban á Luisa.
A poca distancia de la casa habia esperando un carruaje con seis mulas. Los que conducian la silla se detuvieron. Luisa fué trasportada al carruaje, Arellano subió con ella y el carruaje echó á andar por el camino que conducia á Xochimilco.......
Don Pedro salió furioso de la casa de Luisa; nada le importaba la obligacion que habia firmado; porque él se creia bastante poderoso para no cumplirla, pero lo que allí habia descubierto era para él de suma importancia.
Blanca tenia un amante, es decir, un enemigo de Don Pedro, y era necesario impedir á toda costa aquella union.
Don Fernando y Doña Beatriz protegian aquellos amores, la muger en quien él habia pensado para darle su nombre, y el hombre que le arrebataba aquella muger.
Rugia en el corazon de Don Pedro una tempestad, y en aquel momento comprendió su aislamiento: á pesar de su colosal fortuna advirtió entonces que todo se lo habia dado la riqueza menos un amigo.
Don Alonso era quizá el que mas merecia este nombre entre sus conocidos, y á él pensó D. Pedro dirigirse en aquellos instantes en que tenia tanto que combatir y tanto que vencer.
En los momentos en que se acercaba á la casa de la calle de la Celada advirtió que en frente del zaguan habia una carroza de palacio.
--¿Será--pensó--el virey en la casa de Don Alonso?
Se fué acercando, y vió descender la escalera á Doña Beatriz seguida de una persona que parecia un alcalde de casa y corte, y de una de las doncellas de la casa. Don Pedro se detuvo, y delante de él, inclinándole apenas altivamente la cabeza, pasó Doña Beatriz acompañada del alcalde y de la doncella, y subió á la carroza que partió luego.
Don Pedro subió con rapidez las escaleras y se encontró con Don Alonso pálido y demudado.
--Don Pedro--dijo Don Alonso--el cielo sin duda os envía.
--¿Qué hay, pues?
--Doña Beatriz, á despecho mio, y de vos que me habeis pedido su mano, se empeña en casarse con Don Fernando de Quesada.
--¿Es decir que ahora va?.........
--En depósito á la casa de la vireina.
--¿Y vos qué haceis?
--Yo os juro que el matrimonio no se efectuará, aunque se empeñara el Arzobispo, y la Audiencia, y toda la jente de golilla de Nueva España.
--Os ha burlado Don Fernando por segunda vez.
--Pero os juro que le costará caro, ¿me ayudareis?
--Tanto mas, cuanto que necesito yo de vuestra ayuda para un caso igual.
--¿Cómo?--dijo Don Alonso inquieto.
--He descubierto que Doña Blanca mi hermana tiene un amante.
--¡Un amante!--esclamó Don Alonso, temiendo que se tratara de él.
--Un amante, sí, que se entiende con ella por medio de la beata Cleofas, ya sabeis, la que os vendió en el negocio de la fundacion.
--Don Alonso creyó que todo se habia descubierto, y palideció espantosamente. Mejía era un hombre cuya enemistad podia temerse.
--Pero ¿cómo sabeis?
--Vuestra hermana Doña Beatriz protejia estos amores, así como el Oidor.
Pero ¿quién es el amante?
--Vos sin duda lo conoceis.
--¿Yo? preguntó Don Alonso, resuelto ya á todo supuesto que todo estaba descubierto.
--Sí, Don Cesar de Villaclara.
--¿Qué me decís?
--Lo que habeis oido: Don Cesar es el amante de Blanca. Luisa les ha sorprendido en una conversacion amorosa.
--Esto es increible--pensaba Don Alonso--Beata de los infiernos, por segunda vez me la pegas; pero yo me vengaré de tí.
--Y bien, ¿qué pensais?--dijo Mejía.
--Que dos hombres deben á toda costa desaparecer de la tierra, Don Cesar de Villaclara y Don Fernando de Quesada: se interesa en ello nuestro honor y nuestra felicidad.
--Soy de vuestra opinion; pero debe ser pronto.
--Sí, pronto, y será.
--Yo comienzo por impedir á Blanca toda comunicacion con las personas de fuera.
--Muy bien; ¿y si ella muriera ó profesara?
--Yo soy el único heredero; el testamento de mi padre dispone que nos heredemos mútuamente.
--Bien, entonces es necesario trabajar mucho; yo voy en busca de la beata Cleofas para averiguar algo.
--Y yo á mi casa á encerrar á Doña Blanca.
Y cuando salieron á la calle, cada uno tomó su rumbo.
--Beata infame--murmuraba con cólera Don Alonso--venderme así otra vez, pero aun tiene remedio todo, yo conozco á Don Cesar, él debe morir para que no haya obstáculo á mi boda con Doña Blanca, y despues el caudal es tan crecido, que es lástima que se divida; siendo mi esposa Doña Blanca será muy bueno que muera Don Pedro, y así se habrá hecho verdaderamente un buen negocio.
Don Alonso tocó en la puerta de la casa de Cleofas, y encontró á Don Cesar hablando con la beata.
Don Alonso tiró del estoque, y Don Cesar tomando su sombrero, desenvainó su espada, la vieja dando un chillido se precipitó entre los dos.
D. Alonso era valiente, y además aquel hombre era el primer obstáculo para la realizacion de sus grandes planes: en un momento así no le hubiera sido posible contenerse; la sangre subió á su rostro, y se arrojó sobre Don Cesar.
Un momento despues Don Alonso caía atravesado de una estocada, gritando:
--Confesion, confesion.
--Huid, D. Cesar--dijo la beata--huid, aun es tiempo, salid de la ciudad; mirad que habeis muerto á D. Alonso de Rivera.
El jóven sin esperar mas salió de la casa.
--Cleofas, Cleofas--dijo el herido.
--Señorito--dijo Cleofas.
--Mira, acércate antes que pidas auxilio, óyeme un secreto por si muriere.
--Decid.
--Arrodíllate aquí, acércate.
La beata se arrodilló.
--Me voy á morir--dijo Don Alonso--porque me siento muy mal herido, tú tienes la culpa, por segunda vez me has burlado.
--Señorito--dijo la beata queriendo levantarse.
--Quieta ahí--dijo el herido sujetándola del cuello con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba la daga.
--Cleofas, yo voy á morir, pero tú no quedarás sin castigo.
Brilló la hoja de la daga, se oyó un golpe seco, y la vieja lanzó un gemido y cayó al lado de Don Alonso, que se incorporó y volvió á hundir su daga en aquel cuerpo dos veces.
Luego, como agotado su espíritu con aquel esfuerzo, se dejó caer en tierra, gritando:
--¡Socorro, socorro, confesion!
Cleofas estaba inmóbil en un charco de sangre.
III.
De cómo las brujas solian tener razon.
En una estancia pobre pero decentemente amueblada, y alumbrada por dos bujías de cera, un hombre y una muger jóvenes ambos, y ambos hermosos, se miraban amorosamente y de cuando en cuando unian con ardor sus labios, pero en medio del mayor silencio.
El hombre vestia ropilla, gregüescos y capa corta de terciopelo envinado y calzas de seda blancas; la jóven estaba lujosamente ataviada.
Tenia una especie de justillo sin mangas de rica tela de holanda blanca con jaldetas y ajustado con un ancho cinturon de oro, una saya de seda azul recamada con randas de oro, con mangas perdidas que llegaban casi hasta la orla de la basquiña.
Sus negros y hermosos cabellos estaban sujetos por una escofieta de infinitas y graciosas labores, encima de la cual tenia una redecilla de seda del color del vestido, atada con una cinta de oro que cruzaba por encima de su frente, y en la que bordada de seda encarnada se leía «amor me da la vida.»
Sus pequeños piés estaban aprisionados en unos altos zapatitos de tafilete, con las zuelas guarnecidas por fuera con una delicada varilla de plata.
En su cuello ostentaba ricos collares de perlas, y en sus hermosos brazos pulseras de oro, anchas, lisas y perfectamente bruñidas.
Aquella jóven era María, la muda de la casa de la Sarmiento, y el hombre el Bachiller Don Martin de Villavicencio, nuestro antiguo conocido.
Cinco meses habian pasado desde los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, y nosotros no podemos asegurar si María se enamoró de Martin por los hechizos de la Sarmiento, ó lo que es mas seguro, porque era él un buen mozo.
Lo indudable era, que la jóven se habia tomado todo el elíxir que la bruja dió á Martin, pero todo junto y no en gotas: contaremos á nuestras lectoras el lance para que ellas calculen si el tal elíxir tendria alguna parte en el amor de la muda, porque entonces cosa seria de ponerse á llorar por la pérdida de la receta, si el cronista de esta verdadera historia no la hubiera conservado en su poder.
Martin comenzó á frecuentar la casa de la Sarmiento á pesar de su mala nota, y procurando estar siempre cerca de María, se esforzaba por comprender sus señas y darse él por su parte á entender.
María desde el principio le miró con cariño, y no huia de él como del Ahuizote. Martin sostenia perfectamente su papel de hombre valiente, aun en los momentos en que la muchacha sentada á su lado comenzaba á sacar de sus jaulas sapos, culebras é iguanas para darles el alimento y hacerles algunas caricias. Cuando alguno de estos animales se atrevia á subirse por las manos ó las piernas del Bachiller, éste se estremecia á su pesar; pero entonces María con una esquisita delicadeza tomaba aquel animal con sus blandas manecitas, como si hubiera tomado un canario ó un gorrion, y lo volvia á su jaula.
Sin embargo, á pesar de todo, Martin no habia llegado á declararse porque aun no estaba perfectamente seguro de la seña que debia hacer en ese caso, y temia ser ó demasiado corto, ó demasiado esplícito, y determinó esperar.
No habia tenido oportunidad de probar el elíxir.
Una mañana llegó á la casa de la Sarmiento en los momentos en que María estaba sola, y se preparaba á desayunarse.
Martin se sentó á su lado, pero de repente alguna cosa tuvo que hacer María fuera y se paró. Martin creyó que era la oportunidad, sacó la redoma y virtió dos gotas en el agua que debia tomar la jóven.
Pocos instantes despues entró María, y sin mostrar alteracion alguna en su rostro se dirijió á Martin, que la dejaba hacer admirado de aquello, y le sacó de la bolsa de los gregüescos la redomita del elíxir, la destapó, virtió dentro del vaso su contenido hasta la última gota, y luego con una sonrisa encantadora arrojó lejos el frasco vacío y apuró el vaso de agua.
Martin la miraba espantado. María dejó el vaso sobre la mesa, sonriendo siempre, y echando sus brazos al cuello de Martin, besó su boca.
El Bachiller lo comprendió todo.
María tomando el elíxir le probaba la charlataneria de la bruja, admitia las gotas que el Bachiller habia vertido como una declaracion, y correspondia ese amor con todo el ardor de su alma.
Ocho dias despues la jóven desapareció de la casa de la Sarmiento, y quizá solo la bruja comprendió la causa pero á nadie dijo nada. El sordo mudo hizo á la Sarmiento una seña que ésta contestó con otra, y no volvió allí á darse otro indicio de que habia pasado tal acontecimiento.
Martin pasando aun la plaza de servidor del Arzobispo, tenia á la muda en una casa que para ella habia tomado y la trataba perfectamente. El amor no necesita de la palabra, aquellos dos jóvenes se entendian perfectamente, y cada dia el Bachiller se sentia mas enamorado de María.
Para poder comprender los acontecimientos que van á tener lugar es necesario poner al corriente á nuestros lectores de lo que habia ocurrido en los cinco meses que hace que dejamos á nuestros personajes.
Los vecinos de la casa de la Plaza de las Escuelas atraidos por los gritos que habian escuchado en el cuarto de la madre Cleofas, entraron á ver lo que allí pasaba, y encontraron á Don Alonso de Rivera atravesado de una estocada y á la beata con cuatro puñaladas, los dos desmayados en un lago de sangre.
Nadie se atrevió á intervenir y la justicia con todo su aparato, vino en auxilio de los vecinos, y los dos heridos fueron levantados.
A Don Alonso como caballero tan principal, se le condujo á su casa, y en cuanto á la beata como era pobre, fué á dar á uno de los hospitales que tenia entonces ya la ciudad de México.
La noticia circuló con la velocidad de la luz, y los menos maldicientes atribuyeron aquello á Don Fernando de Quesada, de quien se sabia la enemiga que tenia con Don Alonso, ya por el ruidoso asunto de la fundacion del convento, ya por oponerse Rivera al casamiento de Doña Beatriz con el Oidor.
Por una coincidencia notable, tan pronto como estuvo Don Alonso en disposicion de declarar, se le interrogó por la justicia, y él se obstinó en ocultar, dando con esto mayor pábulo á los comentarios del vulgo.
La beata no estaba capaz de declarar, porque aunque dando esperanzas de vida, quedaba en un estado tal de insensates, que nada se podia sacar de ella.
La justicia se calló, y todo se pasó ya sin nuevas averiguaciones.
Don Fernando y Doña Beatriz determinaron suspender todas las diligencias de su enlace, hasta el completo restablecimiento de Don Alonso.
Pero Don Alonso, como todos los hombres que tienen un enemigo, lo culpan de todo mal que les acontece, porque encuentran cierto placer en fomentar su encono, y justificar ante su conciencia la causa de su odio: culpaba á Don Fernando de todas sus desgracias, y no meditaba mas que en su venganza.
La única visita que tenia era Don Pedro, el menos á propósito para calmar sus pasiones.
--Don Pedro--le decia una tarde el herido--no parece sino que Dios nos ha dejado de su mano, segun la lluvia de males que ha caido sobre nosotros.
--En efecto, que mas comprometida no puede ser nuestra situacion, aunque creo que hay cosas que podrán tener eficaz remedio.
--Véngueme yo de Don Fernando y lo demás se remediará muy fácilmente.
--¿Creereis, Don Alonso, que yo he llegado á persuadirme de que es él la causa de nuestros infortunios?
--Os lo he dicho, y me alegro de que hayais llegado á convenceros.
--Es necesario que deje de existir.
--Tal creo, pero la violencia de su muerte en estos momentos, á nadie seria atribuida mas que á nosotros, porque clara es ya nuestra enemistad con él.
--¿Entonces qué pensais?
--Ante todo es necesario impedir su boda con Doña Beatriz.
--¿Pero cómo, si veis que está ya depositada en palacio, aunque en clase de dama de la vireina?
--Robémonosla.
--Robárnosla.
--Si, un rapto que aun en el caso de ser descubierto, poco importaria, siendo como sois su hermano.
--Teneis razon, ¿y cómo haremos?
--Dejad eso á mi cargo, que solo necesito de vuestro consentimiento.
--Os le doy.
--Entonces desde este momento comienzo á trabajar, y ya vereis.
Y Don Pedro se separó de Rivera para comenzar á poner en planta su proyecto.
En esa noche la Sarmiento oyó llamar á su puerta, y Don Pedro se presentó á ella.
--Señora, buenas noches--dijo Don Pedro.
--Así se las dé Dios á su señoría--contestó la vieja.
--¿Os acordais de mí?
--Su señoría es mi amo Don Pedro de Mejía que.........
--Bien, vengo á proponeros un negocio.
--Mande su señoría.
--Podéis ganar en él mucho dinero.
--Dígame su señoría.
--Se trata de robarse una dama.........
--Yo no entiendo en esas cosas.........
--Ea, callad, se trata de robarse una dama que está depositada en palacio para casarse.
--Ya, Doña Beatriz de Rivera.........
--La misma, ¿quién os lo dijo?
--Nadie, yo lo adivino.
--Bien, ojala tan astuta seais para lo que voy á confiaros; se trata de robarse á Doña Beatriz.
--¿Para vos?
--No, para su hermano mismo.
--Es decir, quiere mi señor Don Alonso impedir á todo trance la boda.
--Cabalmente, y como Doña Beatriz no sale de palacio, es fuerza que vos entreis allí y la hagais salir con algun engaño.
--Empresa dificil me encargais.
--Pagaré bien.
--Probaré á encontrar un arbitrio, volvod dentro de cuatro dias.
--Está bien, y pensad en que esto puede haceros rica.
--Descuidad.
Don Pedro salió, y la bruja se puso á meditar; á las diez de la noche tomó un manto de lana negro, hizo una seña al sordo-mudo para que la siguiese, y cerrando su casa se puso en marcha con direccion á las calles del Factor.
El sordo-mudo llevaba un farolillo y seguia á la bruja, y así llegaron hasta una casa que habia en la calle del Factor, á la que llamó la vieja con mucha prudencia.
La puerta se abrió y la Sarmiento penetró en la sala en que hemos visto á Martin y á María al comenzar este capítulo.
Los dos jóvenes estaban como les hemos descrito, sentados amorosamente el uno al lado del otro.
La entrada de la Sarmiento fué para ambos una sorpresa. María se quedó sentada, pero Martin se paró precipitadamente como para defenderla.
Era la primera vez que la bruja penetraba allí.
--Sosegaos, hijos mios--dijo la bruja--que no vengo á causaros ningun mal, por el contrario, á veros, señor Bachiller, que puesto que os dí el elíxir con la única condicion de que no me abandonarais á María, y la habeis cumplido, nada os puede alarmar de mi parte.
--Teneis razon, que mal hice en alarmarme al veros, ¿qué teneis qué mandarme?
--Hacedme favor de oir dos palabras á solas.
--Pasad por acá--dijo el Bachiller indicándole la puerta de otra habitacion.
La Sarmiento y el Bachiller pasaron en tanto que los dos mudos emprendian una acalorada conversacion.
--¿Aun estimais tanto á vuestro amigo el Oidor Quesada? preguntó la bruja.
--Como siempre, que cada dia mas obligado le estoy á sus favores.
--¿Y él está siempre enamorado de Doña Beatriz de Rivera?
--Mas que nunca.
--Pues bien, de eso tengo que hablar con vos: ¿viene acá algunas veces?
--Nunca, no sabe que tengo aquí á María.
--¿Pero supongo que vos le vereis?
--Todos los dias.
--Entonces observad bien su conducta y vigilad por su vida, porque mas amenazada está ahora que nunca: Doña Beatriz le es infiel.
--Imposible.
--Sois un niño y no conoceis á las mugeres: Doña Beatriz le es ya infiel, yo os lo probaré mas adelante; por eso hay que cuidar mas á Don Fernando: el hombre que galantea á Doña Beatriz, y que es correspondido, mira al Oidor como un obstáculo del que es preciso deshacerse, para libertar á Doña Beatriz de la palabra empeñada: ¿comprendeis esto?
--Sí; pero es imposible que Doña Beatriz.........
--¿Quereis convenceros mañana?
--Sí.
--Bien: á las once os espero en mi casa, y mirad si podeis llevarme alguna prenda del Oidor, como una sortija, una cadena, para hacer un conjuro y os diré mil cosas; sobre todo, si es prenda que haya pertenecido tambien á ella.
--Iré y llevaré la prenda: ¿quién es el rival de Don Fernando?
--¿Guardareis el secreto, y nada direis al Oidor hasta que yo os lo permita?
--Sí.
--Pues se llama Don Pedro de Mejía.
--¡Jesus!
--No hay que espantarse, que peores cosas hemos visto: «Dádivas ablandan peñas,» y sobre todo--agregó la vieja con aire de burla--es un tonto el que cree en la fidelidad de la muger.
--¿Qué quereis decir?
--Nada, ya lo sabreis mas tarde.
La bruja salió, se cubrió con su manton y se dirijió á su casa.
Martin quedó pensativo, preocupado y diciendo á cada momento.
--Con esto de Doña Beatriz tiene razón la Sarmiento: «es un tonto el que cree en la fidelidad de las mugeres:» tiene razon. ¿Pero á qué me lo diria á mí? ¿Acaso María?......... ¡Jesus, qué horor, ni pensarlo! Pero en fin, la bruja tiene razon.
IV.
En que se ve que la Sarmiento sabia lo que entre manos traia.
Al dia siguiente Don Pedro de Mejía recibió un recado de la Sarmiento, suplicándole que en esa noche no faltase á su casa á las oraciones; y en efecto, al cerrar la noche Mejía llegó á la casa de la bruja.
--Habéisme enviado á llamar--dijo Mejía.
--Sí--contestó la bruja--porque para cumplir con lo que su señoría me ha encargado, fuerza será que su señoría me ayude.
--¿Qué es lo que quereis de mí?
--Sencilla cosa: que esta noche á las once esteis aquí y me consulteis el modo de deshaceros de Don Fernando, bajo el supuesto de que Doña Beatriz os ha correspondido vuestro amor.
--Pero eso no es cierto.
--Lo conozco, por desgracia vuestra; pero supuesto que tratais de robar á Doña Beatriz, y por consiguiente de deshaceros de los dos, no supongo que os pareis en tan poco, como en representar una comedia.
--Lo que puede producirme grandes compromisos.
--Si teneis fe en mí, dejadme hacer y nada temais.