Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 16 de 49
LIBRO SEGUNDO. — parte 3
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
--Quiere decir que debo consultaros el modo de deshacerme del Oidor, supuesto que Doña Beatriz no tiene mas impedimento para ser mia que su compromiso con Don Fernando.
--Exactamente; pero sin dar á entender que hemos hablado nada de este negocio.
--Ya se deja entender.
--Entonces retiraos, y venid á las once.
Mejía se alejó, y la vieja se quedó en espera de Martin, á quien habia citado para aquella noche.
A las diez se presentó el Bachiller.
--Creí que no veniaís--dijo la vieja.
--¿Falto yo acaso á mi palabra nunca?--contestó Garatuza.
--¿Me habeis traido lo que os encargué?
--Sí, precisamente es una sortija que Don Fernando recibió de Doña Beatriz.
--¿Él os la dió?
--No, yo logré estraerla sin que él lo conociera, al fin pronto volveré á ponerla en su lugar.
--Dadme acá.
--Tomádla, y no vayais á perderla.
La Sarmiento tomó la sortija y la guardó en su seno.
--Ahora--dijo--lo primero que me queda que hacer, es probaros que Doña Beatriz ama á otro, que engaña al Oidor, y que este es ya un obstáculo, una carga para ella y para su nuevo amante; que tratan de deshacerse de él como de Don Manuel de la Sosa, ¿os acordais? bien, venid y poneos en asecho como lo habeis hecho otra vez, pero cuidad de no ir á cometer alguna imprudencia.
--No.
La Sarmiento bajó con Martin al subterráneo, y le colocó en donde mismo le habia ocultado para escuchar la consulta de Luisa.
A las once en punto Don Pedro de Mejía embozado en una ancha capa negra, llamaba á la puerta de la casa de la Sarmiento.
Condújole la bruja al subterráneo y lo hizo sentar en un sillon de manera que nada perdiese Martin de la conversacion que iba á tener lugar allí.
--¿Con qué podria su señoría--dijo la Sarmiento--decirme á qué debo tan alto honor?
--Trátase--contestó Don Pedro--de que me deis algo para deshacerme de un hombre.
--¿Enemigo de usía?
--Así es en efecto, pero mas que enemigo, es un estorbo para mi felicidad.
--Puede hablar usía con confianza y con franqueza, pues en estos casos es necesaria.
--Bien, os diré toda con sus nombres y señales.
Podian oirse en estos momentos los latidos del corazon de Martin.
--Es el caso--dijo Don Pedro--que amo y soy correspondido de una hermosa y principal señora que se llama Doña Beatriz de Rivera.
--¿Qué no es libre?--preguntó hipócritamente la bruja.
--Sí, y no, porque no es casada, pero tiene contraido compromiso de dar su mano á un hombre á quien no ama, y es el Oidor Don Fernando de Quesada, el cual ha llegado al estremo de llevar depositada á mi señora Doña Beatriz á la casa de la vireina.
--Pues si no ama al hombre á quien prometió su mano, ¿por qué se la prometió?
--¿Es preciso decíroslo?
--Sí.
--Entonces os diré que se la prometió.......... por..........--Mejía no encontraba qué decir, porque no venia preparado para esta respuesta, pero de repente se sintió como iluminado y agregó--se la prometió por hacerle su aliado en cierto negocio de la fundacion de un convento, en que Doña Beatriz tenia un capricho de esos que solo las mugeres suelen tener.
--¿Pero ella no le ama ya?
--Bah, nunca le ha amado.
--¿Y á usía?
--Como á su vida.
--¿Y quereis ambos.........?
--Apartar el obstáculo á cualquier precio.
--¿Estais decididos?
--A todo.
--Bien, tome usía estos polvos, compre á un criado de la casa de Don Fernando que los haga tomar á su amo, y estareis libre de él.
--¿De veras?--dijo con alegría Don Pedro, que se habia poseido de su papel hasta olvidar que todo era una comedia preparada por la bruja.
--Como estar aquí usía.
Mejía recibió los polvos de la bruja, y salió del subterráneo alumbrado por ella.
Al llegar á la puerta de la calle la Sarmiento, dijo á Don Pedro.
--Tirad esos, y no hagais uso de ellos.
--Es decir.........
--Es decir que me habeis prometido dejarme obrar.........
--Pero.........
--Tened un poco de paciencia, tirad los polvos y guardad el mas profundo silencio, de cuanto aquí ha pasado.
--Bien, ¿pero hasta cuándo?
--Cuatro dias os puse de plazo, y vá uno.
La Sarmiento cerró la puerta, y volvió á buscar al Bachiller.
Martin estaba horriblemente pálido.
--¿Qué direis ahora? preguntó sonriéndose la bruja.
--Digo que sois una muger infame.
--¿Porque os he descubierto este secreto?
--No, sino porque habeis dado un veneno para Don Fernando, que es mi amigo.
--Si es ese vuestro cuidado, podeis estar tranquilo, que soy mejor amiga vuestra que lo que parece: los polvos que le he dado á Don Pedro no harán mas daño al amigo vuestro, si á tomarlos llega, que á vos que no los probareis: son polvos de pan.
--¿Es verdad eso?
--Ya lo vereis, y supongo que ya tendreis completa seguridad en cuanto os diga, con lo que habeis oido y presenciado en esta noche.
--¡No me hableis de eso!
--Por el contrario, de ello tengo que hablaros: ¿qué pensais de Doña Beatriz?
--Pienso que todo eso es increible.
--¿Persistís aún en vuestra duda?
--No; pero os aseguro que hay para volverse loco un hombre: ella que me hablaba de él con tanta pasion.........
--Porque sabia que vos íbais á referírselo á él.
--Pero ella lo salvó de la muerte una noche.........
--Es verdad; pero debe haber sido por no perder el aliado en el negocio de la fundacion del convento: ¿á que no le salva hoy?
--Quizá sean calumnias de Don Pedro.
--Y ¿á qué venia habérmelas dicho á mí, cuando se creia solo conmigo, y podia simple y sencillamente haberme pedido un tósigo para libertarse de un enemigo?
--Teneis razon--dijo Martin pensativo--¿quién lo creyera de Doña Beatriz?
--¿Quién? cualquiera que no tuviera como vos, ideas tan absurdas respecto de las mugeres.
--¿Realmente creeis que no debe fiarse de ninguna muger?--preguntó Martin.
--Si he de contestar la verdad, de ninguna.
--¿Ni de María?--dijo apasionadamente el Bachiller.
La Sarmiento en vez de contestar lanzó una burlona carcajada.
--¿Qué quereis decir con eso?--esclamó Martin con furor, tomando con violencia una de las manos de la bruja.
--Vamos--dijo con enfado la bruja--veo que abusais de mi amistad. Bastante hago por vos, cuidad vos un poco mas de María, si quereis que no se rian de vos, y dejadme.
--Pero.........
--Harto os he dicho, dejadme.
Martin hizo ademan de salirse.
--Oidme, Bachiller--dijo la Sarmiento--no digais al Oidor nada de Don Pedro de Mejía, porque seria precipitar las cosas: yo os pondré al tanto de todo lo que ocurra, para aprovechar una ocasion.
--Muy bien: ¿y cuándo vuelvo?
--Mañana á la oracion.
--¿Nada puedo decir al Oidor?
--Si quereis, indicadle que Doña Beatriz le engaña, para que él procure averiguar; pero ni le hableis de Don Pedro, ni le digais de donde hubísteis la noticia: una imprudencia puede costaros á vos y á ellos muy caro.
--Decís bien, hasta mañana.
--Felices noches.
Y Martin se retiró pensativo por lo que habia oido decir á Don Pedro, y con el veneno de los zelos en el corazon, por lo que le habia dado á entender la Sarmiento.
Martin estaba apasionado, era susceptible; creia haber encontrado una joya en María, y la menor sospecha le volvia feroz; era capaz de haber matado en aquel momento á cualquier hombre que le hubieran indicado como rival suyo, y á medida que se alejaba mas de la casa de la Sarmiento, oía mas clara la burlona carcajada de la bruja, y el furor hervia en su pecho.
Cuando llegó á la casa de la calle del Factor, María le esperaba risueña; pero Martin estaba sombrío, y la pobre criatura se puso triste.
V.
De cómo los zelos son malos consejeros.
Gobernaba á la sazon y en los dias en que pasan los acontecimientos que vamos refiriendo, el Escmo. Sr. Don Diego Fernandez de Córdoba, Marqués de Guadalcazar, VIII virey de Nueva España que tomó posesion del gobierno en 18 de Octubre de 1612, que fundó la ciudad de Lerma, dándole ese nombre en honor del duque de Lerma, privado de Felipe III. La Villa de Córdoba con el apellido de su familia, y que dió su título al Mineral de Guadalcazar, en la entonces provincia de San Luis Potosí.
El marqués de Guadalcazar llegó á México, trayendo consigo á su esposa Doña María de Riederes y á sus hijas, dos de las cuales eran ya unas hermosas damas.
Desde la llegada á México de la vireina, tuvo empeño particular, como hemos visto, en llevarse á palacio á Doña Beatriz y hacerla su dama; pero tantas atenciones le dispensaba la familia del Marqués, y tanto cariño la tenia, que á pesar de ser ya considerada como dama de Doña María de Riederes, no llegó á vivir en el palacio, hasta que por motivo del disenso de Don Alonso de Rivera al matrimonio de su hermana, fué esta á quedar depositada en palacio, en las habitaciones de la vireina.
Doña Beatriz tenia allí una habitacion independiente, y vivia como en su propia casa, pudiendo recibir á sus visitas con entera libertad, y sin embargo, se pasaba los dias al lado de las hijas de la vireina.
Preparábanse en palacio con grande alboroto las damas, porque se esperaba una suntuosa solemnidad el dia en que las fundadoras entrasen al nuevo convento de Santa Teresa.
La obra iba muy adelantada; de un dia á otro debia llegar el Breve de su Santidad, único requisito que faltaba, y las monjas fundadoras que debian ser Sor Inés y Sor Encarnacion, á quienes ya conocen nuestros lectores, habian convidado por sus madrinas á las dos hijas de la vireina.
No se hablaba mas que de esto en palacio, ni se ocupaban de otra cosa allí las gentes, á pesar de que el gobernador de Durango, Don Gaspar Alvear, habia escrito al virey dándole noticias de que comenzaba un alzamiento de los indios tepehuanes: porque en todas las córtes se olvida y desprecia el peligro y la desgracia, con tal que estén lejanos, sin pensar mas que en los goces que están cerca.
Doña Beatriz y las hijas del virey hablaban de la festividad en uno de los salones de palacio, cuando una camarera entró á dar parte á Doña Beatriz que una muger anciana y enlutada deseaba hablar con ella un momento.
Beatriz creyó que seria algun recado del Oidor, y pidiendo permiso á Doña María, llegó hasta donde la esperaba la enlutada, á quien no pudo conocer.
La muger se levantó al ver á Doña Beatriz.
--En qué puedo serviros--le dijo ésta, tomando un asiento á su lado.
--Señora, vengo para hablar con vos de un asunto, que temo va á desagradaros.
--¿A desagradarme?--dijo inquieta Doña Beatriz.
--Sí, por desgracia.
--Hablad, pues.
--¿Estamos enteramente solas?
--Enteramente.
--Pues entonces dignaos escucharme. Segun he sabido por algunos de mis deudos de casaros tratais con Don Fernando de Quesada, Oidor de la Real Audiencia.
--Es verdad, pero no alcanzo á qué pueda conducir.........
--Perdonadme que no os lo diga por mera impertinencia, sino por ser eso lo principal que á mi negocio concierne. Habeis de saber, señora, como yo soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, y soy para serviros, Doña Catarina de Pizarro de Soto Mayor y Trueba, una vuestra servidora.
La vieja hizo una reverencia.
--Gracias--contestó Doña Beatriz inclinándose.
--Pues, como os decia: soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, regidor perpetuo del cabildo de esta ciudad. A la muerte de mi difunto quedé con una niña, que es ya moza de diez y siete años y que se llama María, y tan rica en dones de perfecta hermosura, como desgraciada en su vida, por haberle negado la Providencia el uso de la palabra y del oido. Por mis negras desdichas, mi hija fué vista por el Oidor Don Fernando de Quesada que gustó de ella, y se encaprichó por hacerla suya, lo que ha conseguido, sin ser bastante á impedírselo ni mi llanto ni mis amenazas................
Un rayo que hubiera caido á los piés de Doña Beatriz, no hubiera hecho en ella mayor efecto.
--Y como se valió--continuó diciendo la vieja--para conseguir sus malos efectos del engaño de dar palabra de casamiento á mi María.........
--Basta, señora, no me digais mas; nada quiero saber.
--Es fuerza que lo sepais, porque tal vez mi hija, ó yo, no nos resignemos á ver casarse á Don Fernando, y pudiéramos poner algun impedimento, y quién sabe.........
Doña Beatriz no podia ya contenerse: los zelos, el despecho, su amor propio humillado, todo se conjuraba para trocar aquella paloma en una leona.
--Pero todo eso que me contais, ¿es cierto?--preguntó con un acento ronco y trémulo.
--Tanto lo es, que si vos podeis conseguirme que se abra esta noche vuestra habitacion, ó podeis salir en esta misma noche, vereis á mi pobre hija.
Doña Beatriz reflexionó.
--Saldré mejor: ¿á dónde debo ir?
--Esta noche á las doce, al tianguis de San Hipólito; yo tendré una persona de confianza allí para que os guíe: podeis llevar cuanto acompañamiento os plazca, si desconfiais.
--Esperadme en esta noche, y hacedme ya el favor de retiraos: necesito estar sola.
--Me voy, pero os suplico que nada digais al Oidor, por Dios; sobre todo, no le descubrais mi nombre ni que os vine á ver, seria capaz......... de no sé qué......... y yo le tengo miedo.
--Id sin cuidado.
La vieja que no era otra sino la Sarmiento, como habrán conocido nuestros lectores, salió, y Doña Beatriz se encerró á llorar y gritar á solas como una loca.
Martin anduvo en todo el dia pensativo, sobre si le diria ó no á Don Fernando cuanto habia descubierto por la bruja: algunas veces le parecia una mala accion dar al Oidor tan funesta noticia; otras creía de conciencia el hacerlo, atendiendo al riesgo que corria su vida; en fin, por la tarde se decidió y entró resueltamente á la casa de Don Fernando.
El Oidor sentado frente á una mesa, registraba con atencion un grueso _in folium_ forrado en pergamino; y tan embebido estaba en su lectura, que no oyó los pasos del Bachiller hasta que no estaba ya muy cerca.
--Oh, amigo Don Martin--dijo cerrando el libro--tanto bueno por esta casa.
--Dispénseme usía si le he interrumpido y molestado.
--En manera alguna: tome asiento el señor Bachiller, que me alegrará su compañía.
Martin se sentó, y á pesar de la agudeza de su ingenio, no sabia por dónde comenzar: tosió varias veces, se compuso otras tantas el alza-cuello que nada tenia de mal puesto, y al fin se decidió á hablar, pero, como sucede en casos semejantes, comenzando, despues de pensar mucho, por una torpeza.
--Permítame usía que me tome tal libertad--dijo.--¿Está usía decidido á enlazarse con mi señora Doña Beatriz?
--Estraño tanto más esa pregunta de vuestra parte--contestó el Oidor--cuanto que vos, como ninguno, conoce los pormenores del asunto; y francamente no sé á qué viene todo esto.
--¡Adiós!--pensó Martin--me hundí, por querer hacerlo todo muy bien; pero, ¿qué remedio? adentro--y luego dijo en voz alta:
--Pues......... quiero decir......... si no temiera......... en fin.........
--Hablad; ¿qué teneis esta tarde? nunca os he visto así; hablad, os lo suplico.
--Pues bien y claro es, que yo no quisiera que usía se casara con Doña Beatriz porque he sabido cosas terribles.
--La solté--dijo entre sí Martin.
--¿Cosas terribles?--preguntó espantado el Oidor.--¿Y qué cosas? Decid, no me alarmeis, por Dios.
--Pues señor: que Doña Beatriz engaña á usía y ama á otro.
--¡Las pruebas! ¡las pruebas!--dijo el Oidor, arrojándose como un tigre sobre Martin.
--Señor, por Dios, mirad que yo no tengo mas que ver en ello, que el dar una noticia á su señoría.
--Pero esa noticia destroza la honra de una dama: decidme, ¿quién os lo ha dicho? ó de lo contrario, caro os podrá costar....
En este momento llamaron á la puerta.
--¿Quién va?--dijo con enfado Don Fernando.
--Esta carta para su señoría.
--Bien, vete.
El Oidor abrió la carta, era un anónimo que decia:
«Si el Oidor Don Fernando de Quesada aprecia en algo su honra, que esta noche á las doce vaya á palacio, y verá cómo se la guarda su futura esposa.»
Don Fernando se puso densamente pálido.
--Mirad, señor Bachiller, mirad--díjole mostrándole la carta.
El Bachiller la leyó.
--¿Y qué piensa hacer su señoría?
--Irémos á palacio á las doce, es preciso apurar el caliz.
Y se arrojó sobre un sillon, llorando como un niño.
VI.
En donde se acaba de probar que los zelos son malos consejeros.
A las doce de la noche Doña Beatriz llegaba á la casa de la Sarmiento, y á la misma hora Don Fernando se presentaba en palacio acompañado del Bachiller.
Se dirigió á las habitaciones de la vireina, y con poco trabajo supo por medio de las camareras que Doña Beatriz habia salido.
Nada mas quiso saber y volvió á su casa sombrío como una noche de tempestad. Martin no le quiso abandonar y permaneció á su lado procurando calmarle, hasta muy avanzada la mañana, en que el Oidor, fatigado, se durmió sentado en un sitial.
En ese intermedio habia pasado una escena semejante en la casa de la Sarmiento.
La bruja habia hecho ir á su casa, á esa hora en que sabia que Martin acompañaba al Oidor, á la muda María lujosamente vestida, y procuró dar á la casa todo el aspecto de una casa pobre; pero cristiana y decente.
Doña Beatriz seguida de Teodoro y de dos esclavos mas, llegó á la puerta, conducida por el Ahuizote, cómplice ciego en todas las maldades de la bruja.
--Señora--dijo levantándose la Sarmiento, al ver á Doña Beatriz--pasad á esta vuestra humilde casa, conoced á mi María.
Doña Beatriz al contemplar la belleza de María, sintió un agudo dolor en el corazon.
María se paró y tendió con un aire encantador, la mano á Doña Beatriz que lanzó un grito.
Habia reconocido en los dedos de la muda una sortija, que ella habia regalado al Oidor: esta era para ella la prueba mas terrible.
Nada mas quiso saber, nada mas quiso averiguar, todo le pareció entonces cierto, y despidiéndose violentamente, se volvió á palacio, pocos momentos despues que el Oidor habia salido de allí.
La Sarmiento recogió la sortija que tenia la muchacha y que era la misma que ella le habia pedido al Bachiller, y condujo en compañía del Ahuizote á María á su casa del Factor, de la que solo la habia hecho salir para hacerla inocente cómplice de aquella infernal trama.
A la mañana siguiente la primera persona que llegó á la casa de la Sarmiento, fué el Bachiller: acababa de dejar al Oidor.
--Buenos dias, señora.
--Dios os guarde, señor Bachiller, ¿tan temprano por acá?
--Vengo por la sortija que os dí anoche.
--Cómo, ¿no quereis que se haga el conjuro?
--Mirad, en primer lugar, que solo por no daros un disgusto, iba yo á presenciar el tal conjuro, que saldria tan cierto como lo que me dijísteis, que Doña Beatriz correspondia el amor de Don Fernando.
--Y le correspondia.
--Pero le engañaba.
--Bien, por eso os agregué que nunca poseeria él á la muger que amaba.
--Para todo teneis una salida; dadme el anillo, que ahora ya todo se descubrió: es fácil que el Oidor rompa su promesa y busque el anillo.
--Tomad la sortija y decidme, ¿por qué creeis que romperá la promesa?
--Ay, es nada, porque Doña Beatriz le es infiel, y mientras él piensa en ella, la dama sale á media noche á la calle.
--Vaya, pues son escrúpulos, porque conozco yo otros á quienes pasa lo mismo, y creo que no lo malician--dijo sonriéndose la bruja.
Los zelos volvieron á encenderse en el corazon de Martin, mas terribles con lo que habia presenciado.
--Supongo que eso no lo direis por mí, que un ángel es María.
La bruja volvió á soltar la carcajada que tanto habia irritado á Martin la noche anterior, y él por no poderse contener salió sin despedida de la casa de la Sarmiento.
--Ahora sí, ya está en sazon la cosa--dijo--bueno será avisar á Don Pedro de Mejía, despertaré al Ahuizote que duerme y le encargaré su papel.
--Hombre--dijo entrando á la cocina, en donde el Ahuizote roncaba sobre un mal jergon--levántate, que tengo que hablarte.
--¿Qué me quereis?--dijo el Ahuizote levantándose.
--Oyeme bien, ¿qué dieras tú por saber á dónde esta María y quién se la robó?
--Cuanto tengo--dijo el Ahuizote.
--¿Y por vengarte de él?
--Mi vida.
--Bueno, yo te voy á dar el medio de vengarte sin esponer uno solo de tus cabellos, y además, serás el poseedor de María, ¿te conviene?
--Mandadme.