Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 17 de 49
LIBRO SEGUNDO. — parte 4
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--Solo que es necesario que hagas ni mas ni menos cuanto te voy á decir, ¿lo entiendes? sin apartarte de todo ello un solo punto.
--Lo haré.
--Bien, acompáñame á la casa de Don Pedro de Mejía, y te diré en el camino.
Aquella tarde el Ahuizote encontró á Martin en la calle.
--Garatuza--le dijo--¿á dónde vas?
--A la casa de Don Fernando.
--Siempre tú con esos gachupines que te han de pagar mal; ven, echaremos un trago de pulque y hablaremos, que tengo mucho que contarte.
--No es posible, el Oidor tiene una afliccion y necesito acompañarle.
--¿Y el dia que tú la tengas te acompañará él?
--Calculo que sí.
--No lo pienses: vamos, vente conmigo que te importa.
--Imposible--dijo Martin separándose.
--Bien, Garatuza, vete; si se rien de tí las gentes, recuerda que yo he tratado de impedirlo.
--¿Cómo? ¿qué quieres decir?--dijo volviendo precipitadamente Martin y recordando las indirectas de la bruja.
--Si no quieres saberlo, si te empeñas en ignorarlo.
--No me empeño, pero no creia que era cosa grave.
--Lo es.
--Dímela.
--Pues vamos andando, ante todo quiero que me confieses que me hiciste una mala accion.
--¿Cuál?
--Sabias que estaba yo enamorado de María y te la llevaste.
--Hombre, yo ignoraba..........
--No mientas, al fin ya pasó y te la perdono, si tú me hubieras hablado con franqueza, te habria dicho que hacias mal en llevártela, porque la conocia yo mejor que tú; pero ya lo hiciste y ahora adelante con la cruz.
--Entonces cree lo que quieras.
--Yo no soy rencoroso, y te lo voy á probar, pero prométeme que no harás escándalo, y me oirás con paciencia y seguirás mis consejos.
--Si me parecen buenos............ pero dime, ¿de qué se trata?
--Pues bien, se trata de que no seas niño, de que no te dejes engañar.
--¿Engañar, de quién?
--De María.
--¡De María!--esclamó pálido Martin.
--De María: óyeme, yo he tenido amores con esa muchacha, y que diga la Sarmiento lo que quiera, me correspondió, me dejó por tí, bueno, le pareciste mas jóven, mas galante, mas rico, no importa, pero otro le puede á su tiempo parecer mejor que tú.
El Bachiller se habia detenido y escuchaba con la cabeza inclinada, al Ahuizote que continuaba diciendo.
--Te voy á confesar, como zeloso yo, y despues de haber averiguado en dónde tenias á la muchacha, vine á rondar una noche por tu casa, seguro de que tú no estabas porque te habia yo dejado en el Arzobispado, me detuve frente á la puerta de la casa, la noche estaba oscura, y observé que un hombre llegaba, llamaba, y entraba; aquel hombre no eras tú, quise cerciorarme y permanecí así en atalaya, hasta que pasado algun tiempo el hombre volvió á salir: casi estaba seguro de que tú no eras, pero quise estar aun mas, le seguí, y al pasar por delante del farol del Cristo que hay en las casas de Don Leonel de Cervantes, me cercioré de que verdaderamente no eras tú; volví algunas noches, y observé que cuando tú no ibas él entraba siempre á casa de María.
La rabia se apoderó del corazon de Garatuza, pero no estalló, su furor reconcentrado era aun mas espantoso.
--¿Y dices?--preguntó con una voz cavernosa--¿qué aún va ese hombre á la casa de María?
--Y tan seguro estoy, que si quieres avisa á María que esta noche no vas, y nos ponemos á vigilar la casa y lo veras con tus propios ojos.
--¿Me acompañarás?
--Te acompañaré.
--Vamos á avisar á María que no voy á verla en esta noche.
--Vamos, y ya no nos separaremos.
La Sarmiento no descansaba, y ya hemos visto las lecciones que dió al Ahuizote y lo bien que él desempeñaba su papel.
* * * * *
* * * * *
Fuese luego á visitar á la muda y le dió á entender, que un amigo de Martin, que tenia un negocio con él, vendria á las once á esperarle para hablarle en secreto, y ordenó á la criada que cuidaba la casa, que un caballero llamaria á las once con cuatro golpes, que no tardase en abrirle.
Don Fernando de Quesada que no habia tenido ánimo para salir en todo el dia de su casa, recibió en la tarde otro anónimo con la misma forma de letra que el anterior, y que decia:
«El oculto amigo de Don Fernando de Quesada le avisa que si quiere mejores datos sobre la infidelidad de Doña Beatriz, ocurra, _(si no tiene miedo)_ esta noche, á las once en punto, á una casa baja en la calle del Factor, y que tiene por señas una puerta alta y angosta con dos ventanas de cada lado. Cuatro golpes en la puerta para llamar, no hay por qué desconfiar.»
El Oidor leyó y reeleyó esta carta mil veces; estaba concebida con tan infernal astucia, que hasta el amor propio del Oidor se ponia en juego con aquella frase subrayada, _«si no tiene miedo.»_
--¿Deberia ir? Cualquiera desengaño era preferible á la situacion en que se encontraba, era preciso, era indispensable salir de aquella angustia.
--Iré, iré--dijo resueltamente--aun cuando me costara la vida, aun cuando no fuera sino para presenciar mi desgracia, y humillar á la ingrata.
A las once el Oidor salió de su casa embozado en una gran capa, y se dirigió á la calle del Factor.
La noche estaba oscura y pavorosa, pero el alma de aquel hombre estaba mas negra; con facilidad encontró la casa que buscaba y dió cuatro golpes en el zaguan, que se abrió inmediatamente.
--¿Lo ves?--dijo el Ahuizote á Martin desde la acera de enfrente, en donde se habian puesto en acecho.
--¡Infame!--contestó Martin, queriendo lanzarse á su casa.
--Calma--dijo el Ahuizote--tiempo hay para todo; espera que salga, ahora alborotarias la vecindad, no te abririan y él podria huir sin que tú lo conocieras siquiera.
Martin se contuvo y se puso á observar: su respiracion era agitada, su corazon latia de una manera espantosa, y sus oidos zumbaban, y enmedio del vértigo que se habia apoderado de él, le parecia oír de cuando en cuando la burlona carcajada de la Sarmiento, que en aquellos momentos comprendia cuanto tenia de cruel y de sangrienta.
Así pasó una hora mortal para Martin.
El Oidor habia entrado y encontrádose con María, á la que nada pudo entender, y á la que no pudo tampoco hacer comprender el objeto de su visita.
Don Fernando esperó una hora, al cabo de la cual creyendo que la persona que le debia dar la luz que buscaba no vendria, pensó en retirarse y esperar nuevo aviso, y se despidió silenciosamente de María.
La puerta de la calle se abrió destacándose en su claro la figura del Oidor.
Martin desnudó su daga y oyó en este momento muy cerca la burlona carcajada de la bruja.
Esta vez el Ahuizote no le detuvo.
Martin vió cruzar ante sus ojos una nube de sangre, y se lanzó sobre el Oidor, y antes que éste hubiera tenido tiempo siquiera de bajarse el embozo, la daga del Bachiller habia atravesado su corazon.
Don Fernando lanzó un gemido y cayó muerto; la criada cerró espantada la puerta, y el Bachiller sombrío se quedó de pié al lado del cadáver.
--Vámonos--dijo el Ahuizote--tomándole de un brazo; vámonos, ponte en salvo; has matado á un hombre y no sabemos ni quién será.
Y esa muger--dijo con ronco acento Martin--¿se queda sin castigo?
--Mas tarde será: por ahora salvémonos.
Y casi arrastrando se llevó á Martin y se perdieron entre las sombras. La mañana siguiente Doña Beatriz estraordinariamente pálida, conversaba con Doña María la vireina y con sus hijas.
--Pálida estais--decia la vireina--¿qué teneis?
--Puedo asegurar á V. E. que yo misma no lo sé, he pasado tan mala noche.
En este momento se oyeron las campanas de algunas iglesias que tocaban á muerto.
--Tocan á muerto--dijo devotamente la vireina.--¿Quién será? Pobre: _Requiem æternam dona eis, Domine._
--_Et lux perpetua luceat eis_--contestaron las señoras.
Una camarera entró y la vireina le dirijió la palabra.
--¿Por quién doblan?
--Señora, contestó la camarera--un caballero acaba de dar la noticia de que es, porque en la calle del Factor, en la casa en que vivia una muchacha muda se ha encontrado hoy atravesado de una puñalada el cadáver del Oidor Don Fernando de Quesada.
--¡Jesus me favorezca!--esclamó Doña Beatriz, desplomándose en un sillon desmayada.
--¡Imprudente!--dijo á la camarera la vireina, apresurándose á socorrer á Doña Beatriz.
VII.
De cómo se hicieron las ceremonias para la fundacion del convento de Santa Teresa.
SE practicaron activísimas diligencias para averiguar el autor de la muerte de Don Fernando, y nada pudo sacarse en limpio: la pobre María y la criada fueron puestas en estrecha prision, pero tampoco pudo obtenerse de ellas una confesion que diese alguna luz en el proceso.
Entre tanto las obras del convento de Santa Teresa seguian con increible presteza, y todo estaba ya preparado cuando llegó el Breve de Su Santidad para la fundacion del convento, incorporándole en la Orden de Carmelitas descalzas de la nueva reforma, concediéndole todas las gracias y privilegios que á los conventos de España, y nombrando por fundadoras á Sor Inés de la Cruz y á Sor María de la Encarnacion.
Se determinó la traslacion de las fundadoras á su convento para el 1º de Marzo, y se comenzaron á hacer espléndidos preparativos.
Doña Beatriz, en silencio y triste, continuaba tambien preparando sus galas para acompañar á la vireina, como su dama, en el dia de la ceremonia.
Llegó el dia último de Febrero del año de 1616.
El templo de Jesus María estaba profusamente iluminado, los altares cubiertos de plata, y en ricos sillones recamados de oro, y en bancas cubiertas de terciopelo carmesí, con flecos y borlas de oro, se sentaba una escogida y noble concurrencia.
El Virey, el Arzobispo, el Obispo de Michoacan, que estaba en México, la real Audiencia y los tribunales, el Cabildo eclesiástico, y el de la ciudad, y un sin número de damas y caballeros de las primeras y mas ricas familias de la ciudad.
Se iba á verificar la ceremonia del cambio de hábito de las dos monjas fundadoras.
El Arzobispo y el Virey ocupaban los dos asientos inmediatos á los dos lados de la reja del coro bajo.
Se hizo la bendicion de los nuevos hábitos, y despues entonó el Arzobispo las vísperas, que se cantaron con toda solemnidad.
Las dos fundadoras se presentaron entonces en la reja acompañadas de las hijas de la vireina, que habian entrado á servirlas de madrinas y se arrodillaron. Se leyó el Breve de Su Santidad, y el Arzobispo, despues de una corta y elegante plática, recibió de ellas los nuevos votos de la religion de Santa Teresa; y entonces las madrinas, desnudándolas de los antiguos hábitos, las vistieron los nuevos que en dos fuentes de plata tenian Fr. Nicolás de San Alberto, y Fr. Rodrigo de San Bernardo, carmelitas descalzos del convento de México.
Durante toda la ceremonia Doña Beatriz lloraba sin levantar la cabeza, y Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera la observaban desde lejos.
Terminada la ceremonia que hemos procurado pintar con la misma sencillez que refieren los antiguos escritores, (por no faltar á la verdad histórica) comenzaron á salir del templo y á dispersarse por todas partes los fieles que habian asistido á la solemnidad.
Doña Beatriz subió en uno de los carruajes de palacio, y Don Pedro y Don Alonso en una rica estufa, que les llevó á la casa de la calle de la Celada.
--Profundamente triste está Dª Beatriz--dijo Don Pedro.
--Es natural, que el golpe que ha recibido no es para menos, pero descuidad, que el tiempo la consolará y de pensar tiene en otro hombre á quien dar su mano: que no vive bien en la sociedad una dama sin la sombra de un marido.
--¿Y creeis que alguna vez pudiera llegar á aceptarme por esposo?
--No lo dificulto, removido el obstáculo del Oidor que tanto perjuicio nos ha causado, y que gracias á vos no ha podido ver su triunfo.
--Gracias á mí, no, Don Alonso, sino gracias á la Sarmiento, que se ha manejado de manera tal, que no tenemos aun en nuestra conciencia el peso de la muerte de Don Fernando.
--¡Bendito sea Dios! ¿Y no sabreis decirme, que se ha hecho del tunante Bachiller, Martin de Villavicencio?
--En verdad que no me será fácil daros una razon exacta: que desapareció de México la misma noche de la muerte del Oidor, y nadie de él mas ha vuelto á saber.
--Es una desaparicion milagrosa, y á propósito de desapariciones: ¿y aquella vuestra famosa viuda?
--¿Cuál?
--Luisa, la muger que fué de Don Manuel de la Sosa.
--Con gran cuidado me tiene su pérdida, y el no haber sabido mas de ella.
--¿Tanto así la amábais?
--No es precisamente por amor por lo que me preocupa, sino por otra cosa que ocultaros no debo, tanto porque entre nosotros no debe ya de haber secretos, cuanto porque en esto necesito de vuestra ayuda y consejo.
--¿Qué es, pues?
--Mirad: yo tenia, como sabeis, amorosas relaciones con Luisa desde hacia ya muchos meses, cuando su marido murió: entónces me exijió Luisa para continuar en ellas, que le firmase formal promesa de matrimonio.
--A lo que vos por supuesto os negasteis.
--Por el pronto negueme; pero la violencia del deseo de saber un secreto importante, que á precio de aquella firma me ofreció Luisa, me obligó á condescender, y dí por escrito la promesa.
--Malo estuvo ese paso; ¿pero el secreto valia lo que el sacrificio?
--Sí, que era nada menos que la noticia de los amores de Doña Blanca mi hermana con Don Cesar de Villaclara, que iban á decirme la mitad de mi caudal.
--Afortunadamente para vos, á resultas de la herida que me infirió Don Cesar, el virey lo ha desterrado á Filipinas por ocho años.
--Y yo he puesto en clausura tal á Doña Blanca, dentro de mi casa, que á no ser para el convento ó para el Campo Santo, no saldrá nunca.
--Pero volvamos á Luisa: ¿qué hicísteis luego?
--Al otro dia volví á buscarla, pero ya no estaba en su casa: todos los criados habian sido despedidos y las habitaciones estaban cerradas, y una familia que cuidaba de ellas no tenia conocimiento de lo que habia pasado con Luisa, porque ese mismo dia la habian llamado para que se encargase de la casa.
--Entonces podéis estar tranquilo.
--Os engañais, Don Alonso, porque no conoceis vos á esa muger; se ha ocultado sin duda para asegurar mas el golpe; la temo y por eso estoy preocupado.
--En ese caso, si os parece, busquémosla.
--Seria lo mas prudente.
--Pues desde mañana haremos comenzar las pesquisas.
El coche habia llegado á la casa de Don Alonso, y los dos se apearon, y subiendo pausadamente las escaleras, entraron á las habitaciones, tristes y sombrías, desde que faltaba de allí Doña Beatriz.
Amaneció el 1º de Marzo de 1616, y el mismo numeroso y lucido concurso que el dia anterior, invadió las naves del templo de Jesus María.
El Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna llamó á las fundadoras del nuevo convento, y para hacer su traslacion rompió sus antiguos votos de clausura en Jesus María.
Era un espectáculo curioso y tierno, ver la salida de aquellas dos religiosas, que habian vivido tantos años bajo el techo de aquel santo asilo y al lado de sus hermanas, dejar todo eso para siempre, y arrojarse á la nueva empresa con toda la fé de los apóstoles.
Todos los ojos brillaban con el llanto y todos los corazones latian de emocion.
Sor Inés de la Cruz y Sor Encarnacion, vestidas ya con el modesto sayal de las carmelitas, fueron rodeadas por aquella deslumbradora concurrencia, y salieron á montar en las carrozas con sus madrinas, las hijas de la vireina, como arrebatadas en una nube de oro y de seda, de tisú y de plumas, de joyas y de flores.
Era la humildad y la pobreza, llegando al cielo entre un coro de arcángeles.
Sor Inés rezaba, y sin embargo al pasar por frente á Doña Beatriz se detuvo.
--Doña Beatriz--dijo con su acento inspirado--vos habeis sido el medio que su Divina Majestad eligió para llevar adelante sus misteriosos fines; pero Dios ha querido heriros con la tribulacion y el dolor, para que encontreis el consuelo en donde mismo lo habeis sembrado vos: el Señor os ha visitado.
Doña Beatriz se inclinó y lloró.
La comitiva siguió adelante, y todos subieron en las carrozas, que siguiendo la del palacio, llegaron á la iglesia Catedral.
No era entonces la Catedral la misma que hoy es: aquella, comenzada á formar en tiempo de Hernan Cortés, no contentó con toda su magnificencia el alma grande del sombrío Felipe II, y queriendo para la primera ciudad de Nueva España un templo digno de la opulencia de la colonia y del poder de la metrópoli, despachó cédula á la real Audiencia y al virey Don Luis de Velasco I, para que se construyese la Catedral que hoy existe.
Entonces, es decir, en los dias á que se refiere nuestra historia, las sagradas ceremonias tenian lugar en el antiguo templo que estaba cerca del moderno, y que fué derribado para que su recinto sirviera de atrio.
Las fundadoras del convento de Santa Teresa llegaron á la Catedral, conducidas por una inmensa muchedumbre, y allí el Arzobispo vestido de pontifical, celebró el sacrificio de la misa.
Tratóse luego de la advocacion que debia darse al nuevo convento, y en una soberbia urna de plata ricamente cincelada, se depositaron cédulas con los nombres que debian entrar en este sorteo de devocion.
Un niño bello y rubio como un ángel, llevado de la mano por el Arzobispo, sacó una de las cédulas--«Señor San José»--dijo el prelado leyéndola, y volvió á introducirla adentro.
Dos capellanes de coro movieron violentamente el ánfora, y por dos veces se repitió la operacion y por dos veces resultó Señor San José.
Decididamente la suerte se habia puesto de acuerdo con el esposo de María, ó la suerte en ese dia trabajaba de órden suprema.
Entonces las fundadoras acompañadas de toda la concurrencia, y cubiertas con sus grandes velos negros, se dirigieron en solemne procesion á su nuevo convento, cuya iglesia estaba en la misma manzana que hoy, pero en la esquina que mira para la calle del Hospicio de San Nicolás.
La vireina, sus hijas y Doña Beatriz, entraron á los claustros con las fundadoras, y allí el Arzobispo mandó á Sor Inés y á Sor Encarnacion que levantaran sus velos para dar gracias á la vireina y su familia por haberlas acompañado.
La vireina se despidió, y se preparaba ya á salir, cuando repentinamente Doña Beatriz se arrojó llorando á sus piés.
--¿Qué es esto Doña Beatriz?--preguntó Doña María de Riederes--¿qué repentino mal os acomete?
--Señora, no me alzaré de aquí hasta no conseguir el permiso y la proteccion de V. E. para tomar el hábito de novicia en este convento.
--Bien, Doña Beatriz, pero eso no es cosa de resolverse de repente, pensad, meditadlo, no os precipiteis.
--No señora, por Dios y por sus santos, por la vida de su Excelencia el señor virey, no me negueis esta gracia en que vais á darme mas que la vida, la salvacion de mi alma y la calma de mis últimos años.
--Pero Doña Beatriz, reflexionad.
--Nada puedo reflexionar ya que no haya pensado desde antes--decia Beatriz abrazando las rodillas de Doña María y besando sus manos--no, no me arranqueis ya, señora, de esta santa morada, á la que Dios me destina y á la que hace tiempo me siento llamada.
--Doña Beatriz--dijo solemnemente la vireina--considerad que el dolor de la muerte de Don Fernando os ciega hasta haceros confundir la vocacion con la desesperacion.
--Señora, si no encuentro amparo ni consuelo sino en el claustro y con Dios, ¿por qué me lo quereis cerrar, señora, sin tener compasion de mí?
--Dentro de pocos años el tiempo habrá curado el dolor, y quizá os arrepentireis de vuestra imprudente profesion.
--Dentro de pocos años el sepulcro se habrá cerrado sobre mí, y partir quiero de la vida muriendo esposa de Cristo.
--Señora, dijo el Arzobispo terciando en el diálogo--permítame Vuesencia que le diga, que seria ya cargo de conciencia impedir mas á esta dama que se consagre á Dios.
--Sea como querais.
Doña Beatriz, radiante de gozo besó las manos de la vireina y del Arzobispo, y se arrojó llorando en los brazos de las hijas del virey.