Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 21 de 49
LIBRO SEGUNDO. — parte 8
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
--Estaba yo segura de esto--dijo con desden, y dobló la carta, que nosotros leeremos tambien, y que así decia:
«Luisa, en esta vida de acechanzas no es posible que vivamos, ni vos ni yo: helo pensado bien: hoy mismo correré todas las diligencias y en la semana que entra serás mi esposa. No mas desconfianza. Vuestro hasta la muerte:
PEDRO DE MEJIA.»
¿Qué habia obligado á Don Pedro á tomar esta resolución? Es muy fácil inferirlo. Comprendió que Luisa tenia armas poderosísimas para causar un escándalo y entre ellas era la principal, la promesa de matrimonio estendida á los tres días de la muerte repentina casi de Don Manuel de la Sosa. El mundo que tantos comentarios habia hecho de aquella muerte, no dejaria caritativamente de atribuirla á Don Pedro, sabiendo lo de la promesa, como ya le atribuian también la de Don Fernando de Quesada.
Una vez casado con Luisa, aquella arma desapareceria, y aunque aquel matrimonio era una especie de desafio á muerte entre los dos, sin embargo estaban ya ambos de tal manera empeñados en aquella lucha, que no podian cejar ni retroceder.
Don Pedro había conferenciado largamente con Don Alonso sobre lo que mejor se podria hacer, y Don Alonso apoyó la idea de la boda.
Allí tambien habia en juego otro interes. Don Alonso no desistia de su proyecto de enlazarse con Doña Blanca, y de hacer desaparecer á Mejía para que ella y él, como su marido, quedasen enteramente dueños de la inmensa fortuna de los Mejías.
El matrimonio de Luisa venia en auxilio de su empresa.
Luisa, por la misma razón que Don Alonso deseaba deshacerse de Don Pedro, desearia deshacerse ella de Doña Blanca, y ésta perseguida y hostigada por la muger de su hermano, buscaria un amparo, y entonces era la sazon de ofrecerla su mano.
Luego Luisa tendria por matrimonio un combate eterno con Don Pedro, y si Don Alonso la ayudaba algo, la pérdida de Mejía era indudable.
En los intereses de Don Alonso estaba pues, facilitar la boda de Don Pedro con Luisa, y hacer comprender á aquel que despues del matrimonio, seria muy fácil pretestar un viaje á cualquiera parte, y en ese viaje la muerte podria sorprender á la confiada esposa.
Convenido, pues, todo, no tardó en verificarse el matrimonio, que si no fué secreto, sí se cuidó de que se hiciera lo menos público que fuera posible.
Desde el dia que Luisa recibió la carta que contenia el consentimiento de Don Pedro para la boda, dejó la casa de la Sarmiento y volvió á ocupar su antigua habitacion, en la que habia muerto Don Manuel de la Sosa; avisó á sus amistades que estaba ya de vuelta, y les contó que habia pasado en el campo todo el tiempo de su ausencia, y á donde se habia retirado, para poder, sin testigos, dar rienda suelta á su dolor.
Lo acontecido con Don Cárlos de Arellano era tan secreto, que si ella ó él no lo descubrian, nadie mas podia hacerlo, y era seguro que ninguno de los dos cometeria esta indiscrecion.
Era ya la víspera del dia en que Don Pedro debia tomar estado, y á pesar de que Doña Blanca permanecia encerrada, creyó necesario darle noticia del casamiento por instigaciones de Don Alonso, y para evitarse una escena desagradable, el mismo Don Alonso se comprometió á llevar la noticia á Doña Blanca.
La jóven bordaba una palia, sentada enfrente de una alta ventana que daba á los patios interiores; estaba pálida y consumida, sus ojos indicaban que continuamente lloraba.
Oyó el ruido de la puerta, volvió la vista y reconoció á Don Alonso.
--Doña Blanca--dijo él--¿si me dais vuestro permiso?
--Pasad, Sr. Don Alonso, que sereis bien recibido.
--Gracias, y perdonadme que á interrumpiros me atreva en vuestras ocupaciones.
--No tengo que perdonaros, que muy al contrario, la presencia de alguna persona en este aposento me es muy grata: siempre estoy tan solitaria.
--En efecto, Doña Blanca, vuestra vida debe ser muy triste, que jamás poneis un pié en la calle, ni os visita persona alguna; no comprendo cómo Don Pedro puede llegar con vos á tanto rigor.
--Oh, no creais que mi hermano sea el que me tiene en esta reclusion; no, por el contrario, él siempre procurando que yo salga, que visite, que me distraiga.
Doña Blanca mentia por salvar la reputacion de Don Pedro, pero sentia que su garganta se anudaba y que el llanto iba quizá á venderla.
--No, Doña Blanca, no me engañeis, yo estoy en los secretos de vuestra familia, y sé cuán desgraciada sois, y cuán digna de mejor suerte.
Blanca se puso á llorar.
--Vuestra situacion es ahora muy triste, pero la verdad es que me temo mucho que en lo de adelante se ponga peor.
--Peor, ¿y por qué?
--Porque Don Pedro vá á casarse, y me encarga que os lo anuncie.
--¡Vá á casarse! ¿y con quién?
--Con una muger cualquiera, con una mulata, con una aventurera, sin reputacion y sin ninguna clase de virtudes, hermosa y pecadora como una Magdalena antes de arrepentirse.
--¡Jesus! ¿pero cómo mi hermano?.........
--Eso seria muy largo de contaros, pero lo que sí os diré que la entrada de esa dama en esta casa, será la señal de una nueva vida de disipacion y de escándalos, que os vereis obligada á seguir, ó que sereis la víctima de la esposa de Don Pedro.
--¡Ave María Purísima! ¿tan mala es esa señora?
--Tan mala, que su primer marido ha muerto envenenado por su mano, y que durante la vida de ese desgraciado, ella mantenia ilícitas relaciones públicamente con varios caballeros de esta ciudad.
--¿Pero mi hermano ignorará todo esto?
--Lo sabe, Doña Blanca, lo sabe todo, y á pesar de esto, ni él mismo es capaz de impedir que este enlace se lleve á efecto.
--Sea por el amor de Dios.
--Pero vos, Doña Blanca, ¿cómo vais á vivir así, en medio de este infierno?
--¿Y qué quereis que yo haga?
--¿Cómo? separaros de aquí.
--¿Pero á dónde y cómo me iré?
--Casaos.
Doña Blanca se sonrió tristemente.
--Sois hermosa, noble, discreta--continuó Don Alonso con exaltacion creciente--sois rica, no puede faltaros un hombre que os ame, que se interese por vuestra suerte, que sea digno de vos, que os haga tan feliz como mereceis.........
--Don Alonso, yo no puedo ya ser feliz sobre la tierra.
--¿Por qué no? Señora, pensad en el matrimonio.
--Pensaré, os lo prometo; pero hacedme la gracia de decir á mi hermano D. Pedro, que deseo hablar á solas con él.
--Por Dios, que no vayais á decirle nada de cuanto os tengo dicho.
--No temais, haced cuenta, Don Alonso, que lo habeis dicho en un sepulcro.
--Entonces diré á Don Pedro vuestro empeño, y tendré la dicha de volver á veros: pensad en lo que os dije.
Don Alonso salió, y Blanca fué á arrodillarse en su reclinatorio, delante de una imágen de la Vírgen.
Don Pedro no pudo ver á su hermana hasta en la noche. Doña Blanca, como siempre, le recibió temblando.
--Habeisme mandado llamar, Doña Blanca--dijo D. Pedro.
--Queria hablaros: esta vida que llevo no me es posible soportarla ya por mas tiempo, y tanto mas, ahora que sé que vais á casaros.
--Ya os he dicho, Doña Blanca, que está en vuestras manos el salir de esa situacion tan pronto como querais, y todo depende de que os resolvais á tomar el hábito é ir á hacerle compañía á vuestra madrina Doña Beatriz de Rivera, hoy Sor Beatriz de Santiago, al nuevo convento de carmelitas descalzas.
--Pero Don Pedro, si yo no me siento con vocacion para profesar.
--Eh, boberas y tonterías, vuestra madrina se sentia menos abocada á la vida religiosa, puesto que se iba á casar, y que todas las desgracias acontecieron segun cuenta el vulgo, porque además del Oidor su novio, tenia un querido á quien visitaba ella á media noche.
--¡Don Pedro!--dijo indignada Doña Blanca--no toqueis la honra de mi madrina que es una santa.
--Será, y en buen lugar está hoy para irse al cielo, pero veis cómo sin tener vocacion de monja, sino mas de casada, ha tomado el velo.
--Pero no me siento con valor.........
--Desengañaos: por última vez, si no os decidís á tomar el velo, no saldreis de aquí sino muerta, y no habrá poder humano que os saque de mis manos ni os lisonjeis con los amores del Don Cesar de Villaclara que ha pasado ya aguas de mar, que está en Manila, y que hasta dentro de ocho años no vendrá, para cuyo tiempo estareis vos ó muerta ó en el claustro; con que supuesto que no hay esperanzas, decidios y entrad al noviciado con vuestra madrina.
Doña Blanca quedó pensativa: Don Pedro la contemplaba en silencio.
--Está bien--dijo la jóven de repente--mañana mismo entraré de novicia al convento de Santa Teresa.
--¿Mañana mismo?
--Sí, mañana, disponedlo todo, vos lo quereis, vos me obligais, se hará: pero Dios os tomará estrecha cuenta si mi alma se pierde por culpa vuestra.
Don Pedro se puso á reir.
--No tengais cuidado, Doña Blanca, que nada se perderá, ni menos vuestra alma, entrad al convento, que allí cuando mas tendreis el riesgo de las tentaciones que con agua bendita os serán quitadas, que tan seguro estoy de que allí no se perderá vuestra alma, que dispuesto estoy á responder de ella á Dios.
--Bien, mañana mismo seré novicia.
--Cuánto me alegro, y os felicito por ello.
Don Pedro salió radiante de gozo, y Doña Blanca se puso á gemir.
Don Alonso de Rivera al ver á Don Pedro tan contento tuvo miedo; aquella alegría era de mal agüero para Blanca, y por consecuencia para él.
--Os veo muy satisfecho--le dijo.
--Sí, Don Alonso, por fin hemos triunfado.
--¿Cómo?
--Doña Blanca entrará mañana de novicia á hacer compañía á Sor Beatriz de Santiago.
--¡Es posible!--dijo Don Alonso palideciendo.
--La verdad pura.
--Entonces, ¿me permitireis que entre á felicitarla?
--No, Don Alonso, vale mas que no, ella parece que hace un gran sacrificio, y cualquier cosa seria para ella una burla, dejadla llorar sola, vale mas.
XIV.
Lo que pasó en las bodas de Luisa y de lo que le aconteció á la Sarmiento.
A la mañana siguiente Sor Beatriz recibia en el convento de Santa Teresa, á su ahijada Doña Blanca de Mejía, que entraba de novicia.
Doña Blanca deshecha en lágrimas contaba sus desgracias á Sor Beatriz que procuraba consolarla, pero que comprendia que en realidad solo el tiempo podia curar aquel pobre corazon.
Al mismo tiempo se celebraban las bodas de Luisa con Don Pedro, no se habian hecho grandes preparativos ni se habia convidado mucha gente, pero la casa de Mejía estaba sin embargo muy concurrida.
Eran aquellos dias las fiestas del Carnaval, y hombres y mugeres andaban en las calles con máscaras y antifaces haciendo lujosas y elegantes comparsas.
En aquellos tiempos el lujo en los vestidos, en los carruajes y en las casas era tal, que á decir de los historiadores y viajeros que concurrieron á México en aquella época, no habia ciudad que no pudiera envidiar en esto á la naciente capital de la Nueva España; una inmensa cantidad de carrozas invadia las calles y los paseos en los dias de fiesta, y con tanta magnificencia que los caballos tenian las herraduras de plata, y en sus guarniciones se usaba el oro, la plata y hasta las piedras mas preciosas.
La clase baja del pueblo vestia con tanto lujo, que un artesano no se distinguia en un dia de fiesta de uno de los oficiales reales ó de un hidalgo rico.
Las fiestas del Carnaval eran libres y espléndidas, y en los dias en que pasa nuestra historia, si bien no habia bailes públicos, las calles, y los paseos y las casas particulares, estaban alegres y animadas.
La noticia del casamiento de la bella Luisa y de Don Pedro se esparció en la ciudad, y en la noche varias damas de todas clases comenzaron á llegar á la casa á felicitar á los nuevos esposos.
Don Pedro aparentaba una alegría que estaba muy lejos de sentir, y recibia á todos con muestras de cariño y de delicadeza, sentado al lado de Luisa que brillaba como un sol, cubierta de diamantes.
A la media noche se oyó un gran rumor en los patios y se precipitó por las escaleras arriba una comparsa de estudiantes, con sus panderos y sus guitarras, y con todos sus medios de hacer ruido y meter bulla.
Bailaban, cantaban, se entraban por todas las piezas riendo y enamorando á todas las criadas, y chanseando con todos los hombres y alborotándolo todo.
Uno de los estudiantes de elevada talla, se entró hasta una de las últimas piezas.
La Sarmiento dormitaba en un sitial porque habia querido concurrir tambien á la boda de Luisa; en el gran desórden que reinaba en la casa de Mejía en aquella noche, ninguno cuidaba sino de sí mismo, y la bruja cansada, se retiró á descansar un momento.
El estudiante la vió y comenzó á acercársele por detrás con precaucion, volviendo á todos lados la cara para ver si estaba solo. Nadie lo observaba.
Llegó hasta el lado de la Sarmiento que seguia durmiendo tranquilamente.
El estudiante tapó con su mano derecha herméticamente la boca y las narices de la bruja, y con la izquierda le sujetó la cabeza para que no pudiera moverse.
La bruja quiso levantarse y abrió los ojos espantados, sentia que le faltaba la vida, metió con angustia sus manos para apartar la del estudiante que la ahogaba, pero era imposible, aquellas manos y aquellos brazos parecian de acero.
La bruja se retorcia haciendo esfuerzos inauditos para desprenderse, sus ojos querian salirse de sus órbitas. La bruja se moria.
El estudiante acercó su boca al oido de la Sarmiento.
--Bruja infernal, tú mataste á mi amo Don Fernando y has hecho la desgracia de mi ama Doña Beatriz, me quisiste matar y yo te castigo.
Poco á poco fueron cesando la resistencia y los esfuerzos de la bruja hasta que se quedó inmóbil. Todavía Teodoro conservó su mano sobre la boca de la Sarmiento, hasta que al fin la retiró. La bruja habia muerto, y el cadáver quedó en el sitial como si estuviera durmiendo.
Teodoro salió y se mezcló entre la turba de los bailadores.
Uno de los otros estudiantes se acercó á él, y le dijo muy quedo.
--¿Ya nos vamos?
--Ya--contestó Teodoro.
El estudiante que le habia hablado dió un silbido con un pito de oro que colgaba de su cuello y luego toda la estudiantina se rodeó de él y se organizó como una tropa á cuya cabeza iba el que habia silbado.
Así se dirigieron hasta el estrado principal en que estaba Don Pedro con su esposa, rodeado de las principales damas y caballeros de la reunion.
Los estudiantes se colocaron frente á los nuevos esposos, tocando y cantando alegres endechas. Todo el mundo reia y palmoteaba.
De repente pitos y panderos y cantos cesaron como por encanto, y el estudiante que hacia de jefe se dirigió cortesmente á Don Pedro para dirigirle, á lo que parecia, una arenga.
Como todo lo gracioso se esperaba de aquella comparsa, aun de los otros salones llegó gente para escuchar.
El aposento estaba lleno. Todos los estudiantes tenian la mano derecha metida en la abertura del pecho de su ropilla.
--«Señor Don Pedro de Mejía, muy señor nuestro»--dijo el estudiante haciendo una ridícula caravana que hizo reir á todo el mundo--«Esta estudiantil comparsa que con mano firme dirijo y guio, me comisiona para felicitaros por la eleccion de una esposa que llamarse puede, bella entre las bellas, y se huelga de ver elevada á vuestro tálamo á la hermosísima Luisa esclava de Don José de Abalabide, que confiscada por el Santo Oficio con todos los bienes de su amo, huyó á pasar como muger de Don Manuel de la Sosa á quien envenenó; á la preciosa querida de Don Cárlos de Arellano, de cuyo lecho ha huido para venir á daros su mano; á la compañera de la bruja Sarmiento por muchos años.»
--Por muchos años--repitió la comparsa.
La concurrencia estaba atónita y nadie se atrevia á hablar. Don Pedro hizo un impulso para lanzarse sobre el estudiante, pero en aquel momento todos ellos sacaron de dentro de sus ropillas un puñal, y aquella falanje de cuarenta hombres, todos decididos, atravesó poco á poco en medio de la concurrencia, llevando todos en la mano el puñal desnudo.
El que cubria la retaguardia era Teodoro.
El que habia hablado era Martin. Nadie les habia conocido.
Luisa habia quedado desmayada de rabia y de vergüenza en el estrado.
La comparsa de los estudiantes, seguida al principio por algunos curiosos, se perdió por fin en las calles oscuras y tortuosas de los barrios fuera de la traza.
Don Pedro de Mejía hubiera dado cualquier dinero por enmudecer las cien lenguas que salieron por todas partes á predicar el acontecimiento de la casa; pero era mas fácil aprisionar el viento, y guardar en sus cofres un rayo de la luz del sol, que cortar el escándalo.
La concurrencia fué desapareciendo poco á poco, y como por encanto, y á poco tiempo, no quedaban en los salones mas que Luisa sentada en un sitial con la cara oculta entre sus manos, y Don Pedro paseándose en el mismo aposento con aire triste y meditabundo.
Las bujías alumbraban aún con todo su esplendor los desiertos salones, y los lacayos y los esclavos temerosos no se atrevian á apagar aquellas luces, por temor de que estallase la tempestad que presentian. Nadie ignoraba lo que acababa allí de acontecer, y por eso remaba en la casa el mas profundo silencio; nadie osaba decir una palabra ni atrevesar siquiera por un salon; parecia como que el dueño de aquella casa habia muerto repentinamente, y se hacia el duelo á su honor, á su reputacion y á su felicidad.
Don Pedro comprendia que iba á ser en lo de adelante el ludibrio de la ciudad, y á verse espuesto á la vergüenza de que le reclamara el Santo Oficio á su esposa, como esclava fugitiva.
Luisa conocia que su secreto estaba ya á la merced del vulgo: temblaba al considerar que la Inquisicion la arrebataria del lugar á que habia llegado, á fuerza de constancia y de trabajo, y sentia contra Teodoro un odio tan grande, que no es para descrito.
Por otra parte, no era ya la muger ni la viuda del débil Don Manuel de la Sosa; pertenecia al terrible Don Pedro de Mejía, y su enojo la espantaba. Una vez dado el escándalo, ¿qué podia contener á su marido? Nada.
Don Pedro sombrío, seguia paseándose, y Luisa permanecia con la cabeza reclinada en sus manos; sus collares, sus pendientes y sus tembeleques de brillantes, formaban como una cascada de luz entre sus negros cabellos, y sobre su bellísimo y torneado cuello.
De repente Luisa se paró, sin hacer el menor ruido, y se arrojó á los piés de Don Pedro esclamando:
--¡Perdon!
Don Pedro se detuvo, la miró con los ojos encendidos y como despidiendo llamas de furor, hizo intencion de hablar, llevó la mano al puño de oro guarnecido de piedras preciosas de su espadin, y luego sacudiendo la cabeza siguió con sus meditabundos paseos, procurando evitar el contacto con Luisa, que se habia quedado arrodillada en el mismo lugar.
--¡Perdon, esposo mio!--volvió á esclamar aquella muger á poco rato, abrazando una de las piernas de su marido.
--¿Vuestro esposo?--rugió, por decirlo así, Don Pedro--que el cielo me contenga, porque al oiros decir esa palabra, con ánimo me siento de atravesaros con mi estoque el corazon.
--¡Perdonadme! ¡Perdonadme!
--Soltad, señora, soltad, que me ahoga la indignacion.
--No, no, perdonadme.
--¡Suéltame esclava vil! Sal de esta casa.........
--¡Don Pedro, por Dios!
--Suéltame.........
--¡Por Dios!--repetia Luisa arrastrándose de rodillas por el pavimento y siguiendo á Don Pedro que hacia esfuerzos terribles para deshacerse de ella.
--¡No me sueltas! Pues bien, morirás, que harto escándalo somos ya los dos en esta tierra.
Don Pedro tiró de su espadin, pero Luisa le asió la mano, y comenzaron entre los dos una lucha horrorosa. Mejía habia perdido ya enteramente la cabeza con el furor, y la excitacion que le causaba la resistencia de aquella muger.
--¡Piedad! ah! piedad! Don Pedro, no me mateis, no por Dios, me iré, me iré.
--No, no; ya no quiero que te vayas, ya no, quiero que mueras, y morirás.