Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 28 de 49

LIBRO TERCERO. — parte 6

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--Es que quizá hasta la salvacion eterna de vuestra alma puede peligrar.

--Habladme señora, decidme que peligros son esos, ya ansio por arrostrarlos, para probaros cuanto os adoro.

--Don Cesar, sabeis que mi hermano Don Pedro de Mejía me hizo entrar en un convento, y profesar por fuerza, soy monja, vínculos de acero me átan al claustro, y si yo los he roto y he escapado de allí huyendo de una vida que no puedo soportar, buscando aire y libertad, y esponiéndome á todas las calamidades que esto podria atraer sobre mi cabeza, no quiero por mas que os ame envolveros en mi desgracia, y comprar mi dicha á costa de vuestra felicidad.

--Doña Blanca--dijo Don Cesar, que la habia reconocido, Doña Blanca ¿eso decis? ¿Eso podeis pensar de mí? Yo os amo, vuestra imágen me siguió á mi destierro y me acompañó siempre al traves de los mares, si vuestro hermano os condujo al convento, si allí pronunciasteis esos votos que vuestro corazon rechazaba, Dios no puede haber recibido esos votos, no Blanca, vuestro corazon era mio, nada mas que mío y Dios no puede haber querido que dos de sus criaturas fuesen desgraciadas, por un sacrificio que su misma bondad desaprueba y rechaza.

--¡Oh Don Cesar! cuanto bien me haceis; seguid, seguid, decidme que me amais, que no os espanta mi situacion.

--¿Espantarme? Alma de mi alma, espantarme? ¿y por qué? Os amo con toda la pasion de mi alma, y si los hombres nos persiguieran, si tubiera yo que sufrir los mas horribles tormentos, los aceptaría contento, feliz, porque era por vos, por vuestro amor; Dios no se ofenderá porque en vos le amo á Él, porque nunca pudo su grandeza exigir que se ahogase el amor en el corazon de sus criaturas que Él formó destinadas para el amor. ¡Oh Blanca! os adoro, pero decidme, ¿vos me amais?

--Don Cesar todo el amor de mi vida, toda la pasion de que soy capaz, todo es para vos, desde que os ví en Jesus María, no se aparta vuestro recuerdo de mí, os amo, y si es necesario ser desgraciada, morir en la hoguera por vuestro amor, moriré contenta y feliz. Oidme, ayer aun tenia temores, aun guardaba remordimientos, porque iba á atropellar con mis deberes, pero hoy ya nó, haced de mí lo que querais, no soy mas que vuestra, enteramente vuestra.

Y Blanca en su exaltacion acercó su rostro á la reja, y los labios de Don Cesar recibieron su primer beso de amor.

--Blanca--dijo Don Cesar--es preciso que salgais de aquí. ¿Estais resuelta á todo?

--A todo.

--Pues bien, el virey os ha visto aquí, pueden buscaros, voy á procurar una casa, en donde vivireis oculta, y en donde sereis para mí, y nada mas para mí. ¿Os agradaría?

--Sí, Don Cesar: vuestro amor, y despues venga lo que Dios quiera.

La conversacion se prolongó por mucho tiempo entre dulcísimos requiebros y alegres planes para el porvenir, y entre frases de amor y besos de pasion.

El alba comenzaba ya á despuntar cuando Don Cesar se apartaba de la reja llevando la felicidad en el corazon, y dejando á Blanca en medio de un paraiso encantado.

Todo estuvo entre ellos convenido; Blanca se iria á la casa que debia tomar Don Cesar á ocultar su nombre y su pasion.

Entre amantes se arreglan en una hora cosas mas difísiles y atrevidas, que en los congresos y en las asambleas en un año.

X.

De lo que pasó con Don Cárlos de Arellano, y cómo volvió él á ver á Luisa.

Don Cárlos de Arellano, á quien hemos dejado en el momento en que un criado que venia á caballo preguntaba por él, recibió con ese criado dos cartas de México.

La una era del virey, y la otra de Don Pedro de Mejía.

Con el virey cultivaba corta amistad á pesar de ser uno de sus grandes partidarios, y con Don Pedro de Mejía, á resultas de todo lo acontecido con Luisa, no tenia relaciones de ninguna especie.

Don Cárlos se admiró de recibir aquellas dos cartas, y sobre todo, la de Mejía: en ambas lo solicitaban para que fuese á la capital.

Arellano antes de resolverse quiso consultar con Chema, que era su maestro, y á quien habia llegado á tener en alta estimacion.

--Don José, Don José--dijo Arellano despertando al viejo, que habia quedado durmiendo.

--¿Que hay?

--Dos cartas que tengo aquí de México, sobre las que quisiera saber vuestra opinion.

--¿Y qué dicen?

--Me invitan á ir para allá, y ambas por razones bien distintas; oíd, la una es del virey.

Don Cárlos leyó la primera carta.

«Para el mejor servicio de Su Majestad (Q. D. G.) deseara que viniéseis á México á tener vista conmigo, para tratar de algunos negocios importantes del reino, y de la provincia de que sois Alcalde Mayor; esto es de la mayor urgencia.

Dios os guarde muchos años.

EL MARQUÉS DE GELVES.»

--¿Y bien?--preguntó Don José--¿qué habeis pensado hacer?

--Queria consultaros, si supuesto el estado en que se hallan las cosas, debiera yo de ir.

--Creo que seria una imprudencia, cuando no una locura, el iros á meter así en el fuego, estando aquí tan libre. «El que busca el peligro en él perece.»

--Teneis razon, no iré.

--¿Y la otra carta?

--Es un negocio particular que tengo ya casi olvidado, y que no seria por sí solo capaz de obligarme á emprender un viaje. Escuchad, es de un caballero rico de la ciudad llamado Don Pedro de Mejía.

«Señor Don Cárlos de Arellano.

«Muy respetado amigo y señor. Hace ya algunos años que dejé de cultivar vuestra amistad por motivos que espero hayais echado en olvido, pero que son los mismos que ahora me obligan á dirijiros ésta.

«Es el caso que entonces por razones que alguna vez os diré, tuve de contraer matrimonio con Luisa, la viuda de Don Manuel de la Sosa ignorando que habia estado en vuestra casa de donde se fugó, y que era una esclava antigua de un Don José de Abalabide. Súpelo despues de la boda y la arrojé de mi casa.

«Hoy ha vuelto esta muger pasando por esposa legítima del correjidor de México Don Melchor Perez de Varais, enemigo encarnizado del virey y uno de los mas ardientes trastornadores de la pública paz.

«Os ruego que vengais para ayudarme á confundir á esa muger que es el ajente mas poderoso y mas activo del Correjidor.

«Dios os guarde por muchos años, como se lo pide vuestro amigo y servidor

«DON PEDRO DE MEJÍA.»

Chema habia escuchado esta carta con un interes y una escitacion creciente, su semblante se habia puesto encendido, sus ojos brillaban y su respiracion era desigual y fatigosa.

--¿Qué pensais?--dijo Don Cárlos--A la verdad que para castigar á esa muger basta su marido, que si buena y juiciosa le hubiera salido á Don Pedro, nada me hubiera tocado á mí, como ahora que es mala é inquieta me viene á querer perturbar.

--Os engañais--dijo Chema con una voz ronca--es preciso que vayais, ó mejor dicho, que vayamos para confundir á esa víbora, yo os acompañaré.

--¡Vos! ¿la conoceis acaso?

--Ojala no la hubiera conocido, ella ha sido la causa de todas mis desgracias, porque yo soy Don José de Abalabide.

--¡Vos Don José de Abalabide! el rico comerciante que desapareció una noche arrebatado por el Santo Oficio, y de quien se cuentan tantos padecimientos?

--El mismo, Don Cárlos, el mismo, y en el camino os instruiré de todo y os convenceré de que es un deber nuestro castigar á esa muger. Disponed, os ruego, vuestro viaje, y salgamos mañana mismo de esta casa.

--Saldremos--dijo Don Cárlos.

A la siguiente mañana una pesada carroza de camino se dirigia á la capital de la Nueva España. Ocho poderosas mulas tiraban de ella, y en el interior se veian á Don Cárlos de Arellano y á Don José de Abalabide que hablaban con mucho calor; era que el viejo referia su historia.

A las dos de la tarde los viajeros habian llegado á México y se alojaban en una casa que Don Cárlos habia conservado amueblada y dispuesta en la ciudad, porque solia antiguamente pasar allí algunas temporadas.

Don José fué bajado de la carroza en los brazos de los lacayos.

En aquellos momentos la ciudad estaba en alarma, grupos de gentes de todas clases cruzaban por las calles, bulliciosos los unos, graves y taciturnos los otros; allí se preparaba algo: eran aquellos para el menos inteligente presagios de una tempestad.

Don Cárlos se dirigió inmediatamente á palacio para averiguar qué era aquello, y encontró allí la misma confusion que en las calles; pero allí ya comprendió todo.

Don Melchor Perez de Varais retraido en el convento de Santo Domingo, no pretendia hacer fuga como decian sus enemigos, pero sí auxiliado del Arzobispo que lo visitaba diaria y secretamente, atizaba el fuego de la sedicion y provocaba un alzamiento. Sus jueces como hemos visto, mandaron ponerle guardias en el convento.

Don Melchor se quejó de esto al Arzobispo diciendo, que se violaba la inmunidad del asilo, y el prelado que no esperaba sino una oportunidad para dar un escándalo, miró esta como venida del cielo.

Con el juicio de censuras se dió principio á este escándalo, y el Arzobispo por medio de su Provisor procedió contra los guardias y contra los jueces hasta declararlos excomulgados.

El Provisor comprendia y secundaba perfectamente las ideas del Arzobispo, y las notificaciones á los excomulgados se hacian con el mayor escándalo posible á todas horas, sin distinguir las del dia de las de la noche.

El clerigo que hacia de notario iba de una á otra casa y de uno á otro tribunal, y atravesando las calles seguido de un concurso numerosísimo ocasionando por toda la ciudad alarma y tumulto.

La Audiencia absolvió á los excomulgados, y el Arzobispo entonces se volvió contra la Audiencia.

Don Cárlos de Arellano llegó á palacio á la sazon que entraba tambien á él un clérigo notario del Arzobispo, que seguido de una multitud inmensa entre la cual se veian muchos clérigos, iba á notificar al secretario de dicha Audiencia la entrega de los autos de este ruidosísimo negocio.

El virey estaba en la Audiencia con los oidores, y el notario del arzobispado llegó con su acompañamiento hasta la puerta de dicha audiencia, en donde habia quedado esperando tambien Don Cárlos.

--¿Qué ruido es ese?--Preguntó adentro el virey.

--Señor--contestó pálido el oficial mayor--El notario del provisorato me notifica que se entreguen los autos sobre absolucion de las censuras de los jueces y guardias de Don Melchor Perez de Varais, bajo pena de escomunion y publicacion en las tablillas de las iglesias.

--Vive Dios, y perdonadme señores mi violencia--dijo el virey--que mucha es la audacia y desacato de ese notario.--Decid señor oficial mayor, á ese notario, que aguarde hasta que termine la audiencia.

El oficial mayor salió inmediatamente á llevar el recado de S. E.

Apenas el notario oyó el recado, cuando sin respeto de ninguna clase, y atropellando al oficial mayor, se dirijió á la puerta de la audiencia. Los alguaciles trataron de impedirselo y entonces allí mismo se trabó la lucha.

Como por encanto salieron á lucir multitud de armas, que llevaban ocultas los clerigos que acompañaban al notario, y comenzaron á caer heridos algunos de los dos bandos.

Don Cárlos tiró de su espada, y se puso del lado de la justicia.

En medio de aquel tumulto, un jóven elegantemente vestido con un sombrero hundido hasta el entrecejo y adornado con hermosas plumas blancas, animaba y exaltaba á los partidarios del arzobispo y con el estoque en la mano, procuraba herir al oficial mayor.

Arellano se arrojó sobre este jóven en el momento en que un movimiento de la multitud hacia caer su sombrero, dejando complemente descubierta su cabeza. Dos esclamaciones se escucharon en aquel acto, la una era de Don Cárlos de Arellano que gritó.

--¡Luisa!

La otra partió de la boca de Don Cesar, que llegaba al lugar del escándalo, y que tambien la reconoció.

En este instante se abrió la puerta de la audiencia, y la figura severa del marqués de Gelves, apareció calmando la tempestad.

Los alborotadores huyeron espantados, y solo quedaron allí Don Cesar, Arellano, y los alguaciles, unos buenos y otros heridos.

Don Cárlos levantó el sombrero que Luisa habia abandonado en su fuga.

El virey con los brazos cruzados contempló á la turba que huia, y luego con una calma inconcebible en su carácter violento y altivo, dijo á Don Cesar y á Don Cárlos de Arellano.

--Pasad Señores.

Los dos caballeros siguiendo al marqués, entraron á la sala de la audiencia.

Los Oidores estaban pálidos, pero serenos; la Audiencia se habia dado por terminada y se hablaba ya en confianza.

--Admírome señor--dijo Don Cesar--como S. E. ha podido contener su natural fogoso ante semejantes desacatos.

--Creed Don Cesar, que he necesitado hacer un grande esfuerzo, porque los gobernantes muchas veces tenemos necesidad de disimular nuestros naturales instintos é inclinaciones.

--Tiene V. E. mucha razon--dijo Don Cesar.

--Pero ya la justicia tendrá su lugar alguna vez, que ahora conozco que solo de precipitarme se trata, para dar motivo á culparme de cualquier desgracia, y no lo conseguirán.

--Quizá no ignore V. E.--dijo Don Cárlos de Arellano, la cabeza y el brazo que dirigen estos disturbios.

--¿Y quién los desconoce? solo vos Don Cárlos que venis tan pocas veces á México, y os pasais la vida encerrado en vuestra casa de la Estrella, y sin embargo, ved como os favorece la fortuna, acabais de llegar y ya teneis en vuestras manos un trofeo.

--Es verdad, E. S.--contestó Arellano, levantando por lo alto el sombrero de Luisa que llevaba en la mano--este trofeo tiene la doble recomendacion de pertenecer á una dama.

--¿A una dama?

--Que venia entre la multitud vestida de hombre, y que se daba tambien su modo de acuchillar á los alguaciles.

--¿Y quién era, esa mi hermosa enemiga?

--Hermosa verdaderamente, y que segun entiendo, es la que pasa por esposa de Don Melchor Perez de Varais.

--He oido hablar de ella, ¿pero por qué decis que pasa por su esposa, acaso no lo es realmente?

--Ni puede serlo; bien pronto conocerá V. E. lo que es esa muger por las pruebas que tendré el honor de presentarle. Entre tanto, permítame V. E. que no le diga mas.

--Como gusteis.

Don Cesar no dió para nada á entender que conocia á Luisa y el virey y los Oidores siguieron comentando á su manera los acontecimientos que habian tenido lugar..............

* * * * *

Aquella misma noche el Arzobispo entraba al aposento que ocupaba en Santo Domingo Don Melchor Perez de Varais.

Luisa con su traje de hombre acompañaba á Don Melchor. El prelado debia ya conocer quién era, porque la saludó como á señora.

Luisa besó respetuosamente el pastoral del Arzobispo.

--En esta tarde--dijo Don Melchor--creí que el marqués hubiera hecho una de las suyas acuchillando al pueblo, lo que hubiera precipitado ventajosamente para nosotros el lance.

--Así debió de suceder--contestó el Arzobispo--y no comprendo qué pudo detenerle.

--Mi esposa que estuvo presente, me ha contado que el virey no hizo siquiera impulso de arrojarse á la pelea.

--¿Será cobarde?--dijo el prelado.

--No lo piense V. S. I., pero está muy prevenido.

--¿Conque vos anduvísteis, señora--dijo el Arzobispo--en medio del peligro?

--Cuando se trata de la causa de Dios y de la Iglesia--contestó hipócritamente Luisa--la criatura mas débil es fuerte.

--Sois digna imitadora--dijo el Arzobispo--de Judit, de Estér y de Dévora.

--Señor Ilustrísimo.........--esclamó Luisa fingiendo ruborizarse.

--Y no crea Su Ilustrísima--agregó Don Melchor con cierto orgullo--no cesa de trabajar; esta noche me ha dado parte de que se ha encontrado á un antiguo criado suyo de gran influencia entre el pueblo, y muy útil, á quien llaman por mal nombre el Ahuizote.

--¡El Ahuizote! ¡el Ahuizote!--yo recuerdo ese nombre.

--Tal vez le haya conocido en otro tiempo Su Señoría.

--Puede, ¿con que es muy útil?

--Para todo.

--Pues va ya á necesitarse pronto porque el virey me exige que le envie al notario que en esta tarde fué á notificar al secretario de la Audiencia.

--¿Y qué hará Su Señoría Ilustrísima?

--¿Qué puedo hacer? entregarle, pero esto dará el motivo que se necesita para poner el entredicho y excomulgar al virey.

--¡Excomulgarlo!--esclamaron á un tiempo Luisa y Don Melchor.

--Sí, ya vereis que naturalmente van para allá las cosas y muy pronto.

--Y nosotros entre tanto ¿qué haremos?

--Seguir excitando y preparando al pueblo para la hora del combate.

--Estamos dispuestos--dijo Don Melchor--¿nos avisará Su Ilustrísima?

--Sí, si es posible; si no hay tiempo, las campanas que toquen el entredicho serán la señal.

Pocos momentos despues Luisa se despidió, en la puerta por donde ocultamente entraba y donde la aguardaba ya el Ahuizote. Luisa subió en su carroza y el Ahuizote trepó á la saga.

XI.

Cómo los celos hacen adivinar á las mugeres.

--Recuerdas--dijo Luisa al Ahuizote al llegar á la casa--¿á aquel Don Cesar de Villaclara?

--¿Y cómo olvidarlo si tan malos dias nos hizo pasar? pero creo que lo enviaron á Manila y no ha vuelto á parecer.

--Te engañas, porque hoy le he visto en el palacio.

--Puede, pero al fin que ya no nos importa.

--Sí, sí nos importa, ha jugado ese hombre conmigo y me ha despreciado por Doña Blanca.

--Pero ahora de nada le servirá eso, porque á esa Doña Blanca, segun me dijeron, la metió monja su hermano Don Pedro.

--Es verdad, pero se ha fugado del convento.

--¡Calle! y qué picarona--dijo sonriéndose el Ahuizote--pero ahora se juntarán los dos, y el Santo Oficio dará cuenta final de esos amores.

--Eso es lo que pienso, y lo que trato de evitar.

--¿Qué? ¿Que los quemen? ¿Pues no los aborreciais tanto?

--No, lo que no quiero es que se vean, que se amen, que sean felices, y estoy segura de que así está sucediendo porque el corazon me lo avisa. Don Cesar es el único hombre á quien verdaderamente he amado, y no será de esa muger aunque me cueste el dolor de verle entre las llamas. Oyeme, es preciso que mañana mismo averigües en dónde vive Don Cesar, que pongas personas que lo vijilen, que vean adonde vá, con quien habla, todo lo que hace en el dia y en la noche, porque estoy segura de que visita á Doña Blanca, que la ama, y ¡hay de ellos! yo me sabré vengar.

--¿Pero si eso no es mas que una suposicion vuestra?

--No, estoy segura de que así sucede. Ya oyes lo que te he prevenido, y sabes que pago bien.

--Sereis obedecida de la misma manera.

--Mañana en la noche tendremos razon exata, ¿es verdad?

--Muy pronto es.

--No importa, lo quiero.

--Está bien.

--Por ahora puedes retirarte, pero ya lo sabes, no tienes mas comision que esa.

--Está muy bien.

--No te me presentas hasta traer las noticias que te pido, pero mañana en la noche estás aquí.

Y sin esperar respuesta, Luisa se entró en su habitacion.

El dia siguiente se pasó con grande alarma en la ciudad, y circuló en la noche la noticia de que el virey tenia ya preso al clérigo que habia ido á notificar la excomunion, á Osorio el secretario de la audiencia, y que privado dicho clérigo de sus temporalidades, iba á ser remitido á San Juan de Ulua para ser embarcado para España.

El arzobispo estaba furioso y sus partidarios llenaban de pasquines las puertas de los templos y hasta las de Palacio.

Todo el mundo esperaba un conflicto por momentos, porque todos conocian el caracter impetuoso y enérgico del marqués de Gelves, y el genio altivo é indomable del arzobispo Don Juan Perez de la Cerna.

México entero estaba conmovido se había hecho correr el rumor de que el virey que habia obligado á todos á traer sus semillas á la alhóndiga para abastecer al pueblo, se habia puesto de acuerdo con Don Pedro de Mejía, para monopolizar el maíz y venderlo á precios escesivos, y que la causa de los disgustos del virey con el arzobispo, era que este habia tomado la defensa de los pobres, amenazando á Mejía y al de Gelves con la excomunion si no abarataban los granos.

Esto se referia públicamente en los mercados, y por consecuencia crecian á la par, el prestigio del arzobispo y el odio al virey y á sus amigos.