Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 29 de 49

LIBRO TERCERO. — parte 7

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Las cosas estaban ya en sazon, para hacer un tumulto, pero el de Gelves apesar de su caracter arrebatado, y de las provocaciones del prelado, caminaba con mucha prudencia.

Luisa esperó toda la tarde que llegara el Ahuizote porque conocia su diligencia y su actividad, y aunque la cita era por la noche creia que el hombre se anticiparía.

En la tarde el Ahuizote no pareció, pero á la oracion de la noche estaba ya en la casa de Luisa con el semblante del que viene satisfecho.

--¿Averiguaste?--le dijo Luisa luego que le vió.

--Todo.

--¿Y qué hay?

--Lo mismo que vos pensabais. Don Cesar ha encontrado á Doña Blanca, y se han entendido, de manera que vuestro corazon no os engañó.

--Pues entonces, no hay mas sino denunciarles al Santo Oficio....................................

--No me parece prudente, porque aun esos amores no pasan de conversaciones por la reja de Doña Blanca, despues porque está ella en la casa de Teodoro el esclavo que fué de Doña Beatriz.

--Tanto mejor. Teodoro es mi enemigo y puedo perderle tambien, entregando á los amantes á la Inquisicion.

--Entonces no sabeis que Teodoro es uno de los partidarios mas importantes del señor arzobispo, porque cuenta con toda la gente de color, de la que es el gefe; de manera que si se hiciese lo que vos pensais, en primer lugar le quitabais un grande apoyo al arzobispo y en segundo lugar tendria que defender á los amantes defendiendo á Teodoro, y vos tendrias que habéroslas con un enemigo muy poderoso.

--Tienes razon, pero ¿qué debo hacer?

--Mirad, que conque tengais un poco de paciencia todo se arregla. Don Cesar ha preparado una casita, para llevarse allí á Doña Blanca, y entonces es tiempo de caerles, que serán envueltos en el proceso del Santo Oficio, mientras que hoy solo Blanca seria condenada.

--¿Y cuando pensará Don Cesar mudar á Doña Blanca?

--Creo que esta misma noche.

--¿Luego ya mañana?..................

--Ya mañana podeis hacer la denuncia.

--¿A donde está la casa?

Eso sí no he podido saber, y tal vez mas tarde me lo dirán, porque estas noticias las tengo de un criado de Don Cesar, íntimo amigo mio, á vos nada os importa saber la casa dad la denuncia, que los familiares sabrán husmear y no haya cuidado que pierdan la pieza.

--Bueno, tú sin embargo, prosigue en tus averiguaciones.

Luisa pensó ya, que habia llegado el momento de su venganza, y el Arzobispo le pareció un buen medio. Su Ilustrísima deseaba y aprobaba todo lo que era no solo contra el virey, sino contra sus amigos: él ayudaria á perseguir á la hermana de Don Pedro de Mejía, y á Don Cesar de Villaclara, los dos favoritos del de Gelves.

A las once de la noche, los amigos de Don Melchor Perez de Varais y su Luisa, estaban con él, en Santo Domingo, combinando sus planes de revolucion.

--Si su Señoría Ilustrísima quisiera, dijo Luisa al Arzobispo--manera tengo yo de quitar al virey, á uno ó dos de sus principales amigos.

--Por fuerza tengo de querer--contestó el prelado--que mas perjudican sus amigos que él mismo. ¿Y de quiénes tratais?

--De Don Cesar de Villaclara, y de Don Pedro de Mejía.

--¡Pollos son de cuenta!--esclamó el Arzobispo--¿Y cómo pensáis que nos deshagamos de ellos?

--Muy fácilmente: pero siendo caso de conciencia, espero que su Ilustrísima me escuche como en sigilo de Sacramento.

--Bien entonces mañana..................

--Urgente es la medida.

--En ese caso..................

--Si su Señoría gusta--dijo Don Melchor--puede pasar al inmediato aposento, que está enteramente solo.

--Me parece--contestó el Arzobispo, dirijiéndose al otro aposento seguido de Luisa.

El prelado se colocó en un sitial, y Luisa tomó asiento á su lado.

--Comenzad--dijo gravemente el Arzobispo.

--Pues sabrá S. S. I., que Don Pedro de Mejía tiene ó mas bien tenia una hermana en el convento de Santa Teresa, llamádose Blanca.

--Sí, eso es, Sor Blanca la que se fugó dias pasados; ya caigo.

--Aun hay mas, Sor Blanca tenia antes de entrar al convento amores con Don Cesar de Villaclara.

--¡Hum!--hizo el prelado, que comenzaba á maliciar de lo que se trataba.

--Sor Blanca fugada del convento, ha encontrado á Don Cesar y han vuelto á entablar sus relaciones, y él la tiene ya viviendo como su muger.

--¿Pero adonde?

--Eso es lo que le toca averiguar á la justicia.

--Mañana mismo dictaré mis órdenes.........

--Permitame su Ilustrísima, que le diga que todo eso vendria mejor de la inquisicion y no tendria el carácter de persecucion de partido.

--En efecto, y la cosa tanto mas llana es, cuanto que el inquisidor mayor es grande amigo mio, y conseguiré que mañana mismo se publiquen los edictos contra la hermana de Mejía y contra el tal Don Cesar.

--¿Parece bien á su Ilustrísima?

--Perfectamente, mañana se publicarán los edictos, ó á mas tardar pasado mañana.

--Y si algo sé yo de nuevo, avisaré á su Ilustrísima.

El Arzobispo y Luisa salieron del aposento á cual mas alegre.

--Lo dicho Sr. Don Melchor--dijo el prelado--vuestra esposa es una de las mugeres fuertes de la Biblia, y el de Gelves caerá como los filisteos, atacado por todos lados.

--Lo que desearia que fuese muy pronto--contestó Don Melchor--que me enfado ya de estar aquí prisionero.

--Muy pronto caerán al sonido de las trompetas las murallas de la soberbia Jericó.

--Dios lo permita.

--Amen.

La reunión se disolvió. Luisa se fué á soñar con su venganza, y el Arzobispo á preparar con el inquisidor mayor la persecucion de Doña Blanca.

XII.

Como era un edicto del Santo Oficio.

Por la calle de Ixtapalapa, y fuera ya de la traza en los suburbios de la Ciudad habia una pequeña y aislada casa, en la que nadie habitaba hacía ya mucho tiempo, de manera que aquella casa se iba destruyendo rápidamente.

Una mañana los vecinos advirtieron gran cantidad de trabajadores, que casi en un solo dia, la pusieron en estado de servir. Durante la noche, se observaron criados y esclavos, que alumbrados por hachones traian muebles, que á lo que con aquella escasa luz podia mirarse, eran de mucho lujo.

A la mañana siguiente, todo movimiento habia cesado, y nadie entraba ni salia á la casa.

Dicen algunos que el animal mas curioso de la creacion es la muger.--Yo opino que el vecino es mas curioso que la muger--y los vecinos de aquellos rumbos observaron: (lo que prueba que estaban en acecho) que á las diez de la noche del siguiente dia, se iluminó la casa por dentro.

La curiosidad creció y comenzaron á formarse mil comentarios, y á fastidiarse porque trascurrian dos horas y no se veia mas que la luz.

A las doce y media se oyó á lo lejos el ruido de una carroza que se aproximaba, y que vino á pararse frente á la puerta de la casa.

Quién salió de aquella carroza nadie lo supo, pero ella permaneció allí hasta que comenzó á salir la luz, y entonces se retiró. Como habia modo ya de percibir quién la ocupaba, todos se empeñaron en descubrirlo creyendo encontrar, lo menos al diablo, pero solo pudieron alcanzar á ver una mano negra que se apoyaba en una de las portezuelas.

La curiosidad del caritativo vecindario, no satisfecha, se contentó con decir:

--Estas son cosas del enemigo malo: Dios nos saque con bien--y luego santiguarse.

Vamos nosotros á retroceder un poco, para que el lector sepa lo que contenia aquel misterio.

Don Cesar, como habia dicho muy bien el Ahuizote á Luisa, tenia ya dispuesta su casa y debia trasladar á ella á Blanca. Teodoro instruido por esta, era su auxiliar y su protector.

Pero á una muger como Blanca le hubiera sido imposible ser la querida de un hombre, y aunque á trueque de un sacrificio, ella queria santificar si esto era posible, su union con Don Cesar de Villaclara.

Doña Blanca creia que su deshonra y su castigo seria menor si al descubrirse todo se publicaba que teniendo voto de castidad habia contraido matrimonio, que si se hubiera referido en público pura y sencillamente que era la manceba de Don Cesar de Villaclara. El orgullo de su sangre y sus ideas religiosas se sublevaban contra esta idea y pensaba que el Sacramento del Matrimonio atenuaba su falta.

Por otra parte con el Breve del Pontífice que autorizaba al Arzobispo para relajar sus vínculos, se creia enteramente libre, y tanto en aquello habia llegado á pensar, que no tenia ni el menor remordimiento de que alguna vez pudieran llegar á decir de ella que era _Monja y Casada_.

Los argumentos que favorecen nuestros planes toman tales visos de certidumbre y se visten por la conciencia de tales apariencias de verdad y de justicia, que llegan á parecernos sólidos y esactos, y el hombre que se empeña en convencerse á sí mismo de que una cosa es buena, llega mas tarde ó mas temprano á conseguirlo.

La mejor prueba de esto es el suicidio.

No hay quizá una cosa que repugne tanto á la naturaleza como la idea del «no ser.»

La muerte vista de cerca y á la luz del dia, aterra aun á los mas fuertes, y sin embargo, séres débiles y almas tímidas llegan á persuadirse á sí mismas, de que el suicidio, la muerte, el no ser, son medios para dejar de padecer, y se quitan la existencia esos mismos séres, que en otro caso temblarian ante el menor peligro.

Don Cesar comprendió lo que pasaba en el alma de Blanca y se persuadió también. No hay argumento sin fuerza cuando viene de boca de una persona á quien se ama con pasion.

Don Cesar comenzó á dar los pasos necesarios, y dando á Blanca un nombre y una parentela supuestas y valiéndose de su influjo y de su dinero, logró sacar una dispensa de «publicatas ó amonestaciones» y el permiso para casarse en el domicilio de su futura Doña Carolina de Sandoval, que fué el nombre con que se presentó Blanca.

La toma del dicho se hizo en la casa de Teodoro por notarios ignorantes, que á no ser tan torpes, lo hubieran parecido con las dádivas de Don Cesar, y todo quedó dispuesto para la celebracion del matrimonio, fijada para el dia siguiente de la traslacion de Blanca á la casa que tomó y mandó comprar Don Cesar por el rumbo de la calle de Ixtapalapa y que ya conocen nuestros lectores.

Se preparó todo en aquella casa, se tomaron criados y esclavos para el servicio de Doña Carolina, y la noche que los vecinos vieron por primera vez luz en el interior, Don Cesar y Teodoro condujeron á Blanca y la instalaron en su nueva habitacion.

Blanca estaba verdaderamente loca por el placer y no pensaba en nada, en nada mas, sino en que iba á ser ya del hombre á quien amaba tanto.

Teodoro y Don Cesar acompañaron á Blanca hasta el amanecer, y á esa hora como hemos visto se retiraron.............

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* * * * *

El Arzobispo debia haber arreglado las cosas á su modo con el inquisidor, porque al dia siguiente en todos los templos á la hora de la misa mayor, se leia un edicto de la Inquisicion.

Perdónennos nuestros lectores si á riesgo de fastidiarlos les insertamos un edicto del Santo Oficio, para que tengan una idea exacta de cómo eran éstos, y las curiosas prescripciones que contenian.

«_NOS LOS INQUISIDORES APOSTOLICOS, CONTRA la Herética pravedad y Apostasía, en esta Ciudad de México, Estados y Provincias de la Nueva España, Goatemala, Nicaragua, Filipinas y su Distrito y cercanía, &c. Por Authoridad Apostólica._

«Hacemos saber á Vos los Vicarios, Curas, Capellanes y Sacristanes de las Iglesias de todas las Ciudades, Villas y Lugares de este dicho nuestro distrito; y especialmente á los de esta Ciudad, y á cada uno, y qualquier de vos, que esta nuestra Carta dada á pedimento del Señor Promotor Fiscal de este Santo Officio, que sea ley dada y publicada en esta dicha Iglesia.

«Son exortadas y amonestadas todas, y qualesquier personas de qualquier estado, grado, condicion y preeminencia que fuessen, que uviessen visto, ú oido decir, que alguna, ó algunas personas, vivos, presentes, ausentes ó difuntos uviessen prestado auxilio, ocultado, protegido, ó en qualquier manera ayudado é dado amparo á la llamada Doña Blanca de Mejía en el siglo, ó Sor Blanca del Corazon de Jesus, profesa en el convento de Santa Teresa de la Orden de Carmelitas descalzas, de donde con gran escándalo y perturbacion ha uido, y viviendo en relajada vida, pretende contraer ó ha contraido ya sacrílego matrimonio, así como algo de lo relativo á la dicha Sor Blanca, su pretendido esposo y demas que le acompañen á él y á ella.

«Y les mandamos en virtud de Santa obediencia, y so pena de Excomunion, _Trina Canónica monitione præmissa_, que dentro de seis dias primeros siguientes, despues que la dicha nuestra Carta sea leyda, y publicada, los quales les damos é assignamos, por tres plazos y terminos peremptorios, vengan y parescan ante Nos, personalmente en la Sala de nuestra Audiencia, á decir y manifestar lo que supiessen uviessen hecho, visto hazer, ó oido decir cerca de las cosas, en esta nuestra Carta dichas y declaradas, y otras qualesquiera que fuessen contra nuestra Santa Fee Catholica, ó contra el recto y libre exercicio del Santo Officio.

«E filo que Dios nueftro Señor, no quiera ni permita, por los feis dias figuientes, las dichas perfonas, q’ affi han hecho, ó dicho, faben û oyeron decir, quien haya hecho, ô dicho alguna cofa, ó cofas de las contenidas en la dicha nueftra Carta primera, ú otras cofas contra nueftra fanta Fee Catholica, ô contra el recto, y libre exercicio del Santo Officio de la Inquificion, ô de fus Ministros perfiftiendo en fu contumacia, y rebelion, y no lo vinieren á decir, y manifeftar ante Nos por la prefente los defcomulgamos, anathematizamos, maldecimos, y apartamos del gremio, ê union de la Santa Madre Iglefia Catholica, participacion, y comunion de los Fieles, y Catholicos Chriftianos, como á miembros pofeydos del demonio. Y mandamos á los Vicarios, Curas, Capellanes, y Sacriftanes, y á otras qualefquier perfonas Eclefiasfticas Seglares, y Religiofos, q’ los ayan, y tengan á todos los fufodichos (q’ affi fueren rebeldes, y contumaces) por tales publicos defcomulgados, maldecidos, y anatematizados, y vengan fobre ellos, y á cada uno de ellos, la ira, y maldicion de Dios todo poderofo, y de la Gloriofa Virgen Santa MARIA fu Madre, y de los Bienaventurados Apoftoles S. Pedro, y S. Pablo, y de todos los Santos del Cielo. Y vengan fobre ellos todas las plagas de Egypto, y las maldiciones q’ vinieron fobre el Rey Pharaon, y fus gentes porque no obedecieron, y cumplieron los Mandamientos divinales; y fobre aquellas cinco Ciudades de Sodoma, y Gomorra, y fobre Datán, y Abirón, que vivos los tragó la tierra, por el pecado de la inobediencia, que contra Dios nueftro Señor cometieron; y fean malditos en fu comer, y beber, y en fu velar, y domir; en fu levantar, y andar; en fu vivir y morir; y fiempre eftén endurecidos en fu pecado: el diablo efté á fu mano derecha; quando fueren en juizio fiempre fean condenados; fus dias fean pocos, y malos; fus bienes, y hazienda fean trafpaffados en los eftraños; sus hijos fean huerfanos, y fiempre eftén en neceffidad; y fean lanzados de fus cafas, y moradas, las quales fean abrafadas, todo el mundo las aborrezca; no hallen quien halla piedad de ellos, ni de fus cofas fu maldad efté fiempre en memoria delante del Acatamiento divinal, y maldito fea el pan, y el vino, la carne, y el pefcado, y todo lo que comieren, y bebieren, y las veftiduras q’ viftieren, y la cama en que durmieren, y fean malditos con todas las maldiciones del Viejo, y Nuevo Teftamento; malditos fean con Lucifer, y Judas, y con todos los demonios del Infierno, los quales fean fus feñores, y fu compañia. Amen.

Y mandamos, que entre tanto q’ eftas nueftras cenfuras fe leen, y publican, los Clerigos hagan tener dos Cyrios de cera encendidos, cubierta la Cruz con velo negro en feñal de luto que la Santa Madre Iglefia mueftra con los tales malditos, y defcomulgados, encubridores, y favorecedores de Hereges. Y acabadas de leer las cenfuras, mandamos â los dichos Curas, Clerigos, y Sacriftanes, y â cada uno de ellos, que maten los dichos Cyrios ardiendo, en el agua bendita, diciendo: Affi como mueren eftos Cyrios en efta agua, mueran fus animas, de los tales rebeldes, y contumaces, y fean fepultadas en los Infiernos; y hagan repicar, y tañer las campanas; y luego canten en tono el Pfalmo que comienza: _Deus laudem meam ne tacueris._ Y el Refponfo que dice: _Revelabunt cœli iniquitatem Iudæ_. Y no cefeys de lo affi hazer, y cumplir hafta que los tales rebeldes vengan á obediencia de la Santa Madre Iglefia, y digan, y declaren lo que faben, han vifto, y oîdo decir, como dicho es, y fean abfueltos de las dichas cenfuras, en que affi han incurrido. En teftimonio de lo qual mandamos dar, y dimos la prefente firmada de nueftros nombres, y fellada con el fello de efte Santo Officio, y refrendada del Secretario infracfcripto.

XIII.

De cómo Doña Blanca se casó y de lo que sucedió entonces.

El clérigo oidor que habia notificado la excomunion al secretario Osorio, en la Audiencia, habia sido como indicamos, remitido á Veracruz para embarcarse para España.

En vano le reclamó el Arzobispo, y en vano amenazó á la Audiencia; la parte de esta que era fiel al virey permaneció inflexible, y el prelado determinó dar un grande escándalo para precipitar definitivamente las cosas.

La ciudad estaba en grandísima alarma. El Arzobispo exijia que en las tablillas de las puertas de las iglesias estuviesen los nombres de los que él habia excomulgado, á pesar de que era pasado el tiempo que debian permanecer allí, y que además estaban ya absueltos por los jueces á quienes habian ocurrido; pero el Arzobispo se empeñaba en que allí subsistiesen, y los comisionados por la justicia para quitarlas luchaban en cada templo para conseguirlo.

Cerraban los curas y los vicarios las puertas de las iglesias, é intervino entonces «el brazo secular» y se hacian abrir por fuerza, y esto con escándalo tan grande, que ya nadie atendia á sus negocios ni á sus naturales ocupaciones, sino que andaban todos por todas partes inquiriendo noticias y tomando partido.

Así duraron las cosas todo el dia, que lo pasó Don Cesar al lado del de Gelves, atendiendo solo á las disposiciones que se dictaban para evitar un tumulto, y prevenir sus resultados en caso de que lo hubiese.

A las oraciones de la noche Don Cesar, Teodoro, su muger, y un anciano sacerdote llegaron á la casa en que vivia Doña Blanca.

La dispensa obtenida por Don Cesar, contenia, como era natural que él lo hubiera procurado, la autorizacion á un sacerdote particular y que no era el cura de su parroquia, para celebrar el matrimonio de Don Cesar de Villaclara y de Doña Carolina Sandoval, como se llamó Blanca.

La jóven esperaba ya con impaciencia, estaba vestida de blanco, y su belleza resaltaba mas con aquel traje vaporoso sin adornos y sin alhajas.

En la sala de la casa debia celebrarse la boda, y el sacerdote se revistió en una de las piezas inmediatas. Teodoro y Sérvia eran los padrinos.

Blanca, trémula y confusa, pronunció sus nuevos votos y la bendicion del anciano sacerdote vagó sobre aquellas dos hermosas cabezas.

Blanca era por fin la esposa de Don Cesar de Villaclara.

Eran las ocho de la noche, y repentinamente se escuchó á lo léjos el clamor triste de las campanas de la catedral, y luego el de todas las iglesias de la ciudad, que se elevaba en el silencio de la noche como un presagio sombriamente siniestro.

--¡Jesus nos ampare!--Esclamó el anciano religioso cayendo de rodillas.

--¿Pues qué es eso señor?--preguntó Blanca mas pálida que un cadáver.

--La maldicion de Dios sobre esta ciudad desgraciada--contestó el religioso.--Tocan entredicho.

--¡Entredicho!--Repitieron todos espantados.

--¡Jesus nos valga!--dijo Blanca desmayándose.

El anciano salió precipitadamente de la casa y los demas rodearon á Blanca desmayada.