Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 3 de 49
LIBRO PRIMERO. — parte 2
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La estancia en que habia penetrado el Oidor, estaba escasamente iluminada por dos bujías de cera, colocadas en candeleros de plata, sobre una grande y pesada mesa de madera pintada de negro, con grandes relieves y adornos dorados; en derredor de la estancia habia enormes sitiales semejantes en su adorno y construccion á la mesa, con respaldos y asientos forrados de rico damasco, color de naranja, y sobre una de las puertas se advertia un baldoquin del mismo color con una pequeña imágen de Santa Teresa.
Doña Beatriz era una dama como de veintitres años, alta, pálida, con dos ojos negros y brillantes que resaltaban en la blancura mate de su rostro, su pelo negro estaba contenido por una toquilla blanca y sin adorno.
Doña Beatriz vestia un traje negro de terciopelo con el corpiño ajustado, y con unas anchas mangas que desprendiéndose casi desde el hombro dejaban ver sus hermosísimos brazos torneados y mórvidos, y sus manos pequeñas y perfectamente contorneadas deslumbraban por la gran cantidad de anillos de brillantes que tenia en los dedos.
Podia adorarse aquella muger, como el ideal de la belleza de aquellos tiempos. El Oidor permanecia de rodillas delante de Beatriz teniendo entre sus manos una de las manos de la jóven, y contemplando su rostro apasionadamente.
--Alzad D. Fernando--dijo Beatriz, procurando levantarle suavemente--alzad, que por mas que me plazca miraros así, mas quiero veros á mi lado.
--Doña Beatriz, pluguiera á Dios, que pudiese yo pasar mi vida, contemplandoos de esta manera, os amo tanto.
--¿Me amais? ¿y no os amo yo tambien? ¿No sois vos el dueño de mi vida y de mi alma? Ah, D. Fernando, por vos atropello todos los respetos, y mirad, á esta hora de la noche no solo os permito llegar hasta aquí, sino que os llamo. ¿Quereis aun mas?
D. Fernando, besó delirante la mano de Beatriz, y se levantó.
--Aquí, aquí,--le dijo la jóven, indicando un sitial que estaba cerca del suyo,--aquí tomad asiento porque el dia avanza y tengo un negocio de que hablaros.
D. Fernando acercó un poco mas el sitial, y se sentó volviendo á tomar entre la suya la blanca y tibia mano de Beatriz.
--Hablad, hablad Señora, os escucho y os miro ¿qué mas puedo anhelar en el mundo?
--Oidme D. Fernando: ¿conoceis á D. Pedro de Mejía, el hermano de Blanca, de mi ahijada de confirmacion?
--Le conozco, Doña Beatriz.
--¿Y qué pensais de él?
--Es un hombre fabulosamente rico, aunque con el peligro de que su hermana al cumplir veinte años, ó al casarse, le quite la mitad del capital, segun la disposicion de su padre al morir, pero ademas de eso, D. Pedro es el hombre mas orgulloso, mas déspota y mas codicioso que ha llegado de España.
--Pues bien, esta tarde ha estado D. Pedro de Mejía con mi hermano D. Alonso de Rivera, y le ha pedido solemnemente mi mano.
--¡Qué todo el poder de Dios me valga!--exclamó D. Fernando levantándose pálido de furor.
--Sosegaos D. Fernando que bien sabeis que os amo y antes consentiria en tomar el velo, que ser esposa de otro hombre que no fueseis vos.
--Oh gracias Doña Beatriz, gracias--esclamó D. Fernando, llevando á sus lábios la mano de la jóven--gracias, solo por vos he temblado, por lo demás, nada me importa que todos se opongan, soy fuerte y poderoso, y os llevaré al altar mal que les pese.
--Mi hermano dió á D. Pedro su palabra de que se haria la boda, aunque yo me opusiera, sabe mi hermano que os amo, D. Fernando, y he aquí porque se empeña en ella, cree que sois su enemigo, por el afan con que habeis procurado que se lleve á efecto la fundacion que hizo mi difunto tio,--que en paz descanse--D. Juan Luis de Rivera, de un convento de carmelitas descalzas......
--Pero Beatriz, vos sabeis muy bien que habeis sido la que exijió de mi amor que se llevara á cabo la voluntad de vuestro tio......
--Sí, D. Fernando, mi hermano D. Alonso no tiene razon: yo os he suplicado que se fundase ese convento, porque en su lecho de muerte, y cuando ya las sombras de la eternidad pasaban sobre la frente de mi tio, me llamó á su lado y me hizo jurar por Dios, por sus Santos, por la memoria de mi madre, y por él, que nos habia recojido desde niños, que nos legaba un inmenso caudal, me hizo jurar que yo haria cuanto fuese de mi parte para que se cumpliera su última voluntad: desde entonces, cada vez que olvidaba el encargo, la imágen de mi tio, aparecia en mis sueños recordándome mi juramento, y ya lo veis, no vivo, ni estaré tranquila, mientras ese convento no se funde, y no desaparezca esa sombra que me persigue......
Doña Beatriz con una especie de terror, estrechó la mano de D. Fernando, acercándose á él y sus ojos vagaron recorriendo toda la estancia.
--Calmaos, Doña Beatriz, calmaos, que yo os juro sobre la salvacion de mi alma que hoy al romper el dia, se dirá en las casas que deben servir para el convento la primera misa......
--No jureis con tal temeridad, D. Fernando, porque si bien el señor Arzobispo ha ganado á mi hermano el pleito, gracias á los papeles que yo os entregué, y que vos le llevásteis, todavía costará muy grande trabajo conquistar la posesion de las casas. Vos, D. Fernando, aun no conoceis bien el carácter de mi hermano D. Alonso; preferiria los perjuicios de un pleito que durara diez años, á entregar contra su voluntad esas casas.
--Doña Beatriz, os he jurado que hoy al romper el dia se dirá la primera misa allí, y ahora os invito á que vayais á oirla......
--¿Será posible?
--Ya lo vereis: vuestra conciencia quedará tranquila, y yo feliz por haberos servido.
--Iré á la misa.
--¿Os espero?
--Esperadme, ¿á qué hora?
--A las cinco.
--Iré: ahora retiraos, D. Fernando, que es tarde, y fiad en mí; os amo, y antes tomaré el velo que ser de otro hombre, os lo juro, como juré á mi tio por Dios, por los Santos, y por la memoria de mi madre, y ya sabeis como cumplo yo mis juramentos.
--¡Oh, sí, Doña Beatriz!
--Oídme, que esto es ante todo para lo que os he mandado llamar: va á desatarse contra nosotros, y sobre todo, contra vos, una persecucion horrible. Mejía es poderoso y mi hermano D. Alonso tambien: nada omitirán para quitaros del medio: calumnias, acusaciones ante el rey, tentativas de asesinato, todo, todo lo pondrán en juego: velad, D. Fernando, velad porque os llevais vuestra alma y la mia; mi vida y vuestra vida. Adios.
--Adios, adios señora.
Don Fernando besó la mano de Beatriz y se retiraba; pero la jóven lo atrajo suavemente y clavó sus frescos labios en la boca de aquel hombre que se sintió desfallecido de placer.
Era el primer beso de amor, de aquellos dos séres que entraban en la senda de la desgracia.
Don Fernando salió, el esclavo mudo é inmóbil esperaba, y sin preguntar nada, sin recibir órden ninguna, encaminó al Oidor hasta la puerta escusada de la casa.
Doña Beatriz miró á D. Fernando hasta que volvió á cerrar la puerta de la estancia, entonces cayó de rodillas esclamando:
--Dios mio, Dios mio, protejedle.
Don Fernando salió á la calle en el momento en que Martin salvaba su vida reconocido por los truanes, gracias al grito de contraseña que ellos tenian entre sí, y que habia lanzado por casualidad.
Los cuatro formaban un grupo en medio de la calle, y como habia despejado algo el cielo, débiles los rayos de la luna permitian mirar aquel grupo de hombres, que tenian aún los estoques en la mano.
La puerta no hacia ruido y el Oidor salió sin ser notado, y se recató para observar. Los hombres hablaban bajo, pero sin embargo él percibia la conversacion.
--Quédome--decia Martin--porque guardo aquí la espalda á persona de tal calidad, y tales dotes, que servirla es honor que, sin buscar la recompensa, por sí solo basta á dejar satisfecho á un hombre como yo.
--Por mis barbas--contestaba uno de los truanes--que debe ser el mismo Arzobispo en persona.
--Quién sea, ni yo os lo diré, ni vosotros debeis preguntármelo, que regla nuestra es no meternos en los negocios de los demás, sino para ayudarles.
--Tiene razon el señor Bachiller, vámonos--dijo irónicamente otro--vámonos--y á curarse los que han salido mal en este encuentro, que por obra de Dios no tuvo mayores resultados; adios, adios,--se dijeron todos, y los hombres se dirigieron calle abajo y se oyó el cerrarse de una ventana de la casa de las damas de alegre vida, que habian estado pendientes del fin de la querella.
Martin se volvia á su puesto cuando se encontró con Don Fernando, que lo esperaba inmóbil como una estátua.
--Veo--le dijo á Martin,--qué hombre sois para cumplir con vuestras promesas, y que se os puede fiar el sermon.
--¡Qué quiere su señoría! Son lances que nadie alcanza á evitar.
--Vamos.
--¿Hácia á dónde ordena su señoría?
--A la capilla que se dispone para la misa de hoy.
--Entonces, con el permiso de usía me quedo en el Arzobispado.
Volvieron á tomar el mismo camino que habian traido: al pasar por las tiendas de la plaza Martin dejó la espada y llegaron hasta la puerta del palacio del Arzobispo.
--Me quedo, si usía me lo permite--dijo Martin.
--Contad conmigo--contestó el Oidor, estrechándole la mano,--como siempre.
El Oidor siguió, y Martin llamó á la puerta del palacio.
Le abrieron, tomó el aire manso y contrito de un San Luis Gonzaga, y se dirigió á la estancia del Arzobispo.
El prelado estaba ya en pié, completamente vestido, y se paseaba impaciente.
--¿Ya es hora?--preguntó al ver á Martin.
--Si señor Ilustrísimo.
Tomó el Arzobispo su sombrero y se dirigió para la calle.
IV.
De cómo ganaba sus pleitos el Ilustrísimo Sr. D. Juan Perez de la Cerna.
Comenzaba á amanecer el día 4 de Julio de 1615, y todos los vecinos de la gran casa en que han tenido lugar las primeras escenas de esta historia, se despertaban espantados, por un ruido inmenso y desacostumbrado.
En el patio y en los corredores, mas de diez campanas de mano llamaban á misa, se oian golpes en las puertas y en las ventanas de todas las habitaciones y voces de hombres que decian:
«Levantaos, levantaos, para que asistais al Santo sacrificio de la misa, que en esta casa va á celebrar el señor Arzobispo.»
Mas que de prisa se levantaba todo el mundo, por piedad ó por curiosidad, nadie queria quedarse en la cama, y antes de media hora, la sala convertida en capilla estaba completamente llena.
El Arzobispo revestido ya, esperaba en un sitial que acabasen de llegar los vecinos: de pié á su lado estaba Martin con un sobrepelliz blanco como la nieve, y enfrente, de pié, el Oidor D. Fernando de Quesada dirigiendo á la puerta investigadoras é ingeniosas miradas.
Iba ya á comenzar la misa cuando entró por el zaguan de la casa una lujosa silla de manos, llevada por dos robustos esclavos, y al lado de la cual caminaba un negro de elevada estatura.
La silla se detuvo en la puerta de la improvisada capilla, y salió de ella una muger envuelta en un manto y con un velo negro sobre el rostro, atravesó entre el concurso y vino á arrodillarse muy cerca del altar.
El Oidor se conmovió visiblemente: aquella muger era Doña Beatriz de Rivera.
El Arzobispo dió principio á la ceremonia.
Al terminar la misa el prelado se volvió á los devotos, y dirigió una breve alocucion.
--El Señor--les dijo--habia tomado posesion de aquellas casas, para que se fundase en ellas un monasterio de Carmelitas descalzas: que la fábrica debia comenzarse inmediatamente, y que rogaba á cada uno de los vecinos que procurasen desocupar cuanto antes las habitaciones, sin que por negligencia ú omision diesen motivo á que se retardara el servicio de Dios, ofreciendo la incomodidad que aquello les causara como sacrificio de su Divina Magestad, y en descargo de sus pecados.
La gente salió edificada, y dos horas despues de todas las habitaciones salian hombres y mugeres, y muchachos, cargando mesas y sillas, y baules, y colchones, y ropa........ aquella misma tarde la casa estaba completamente vacía, y el Arzobispo en pacífica posesion de ella.
Don Fernando procuró al acabar la misa esperar á Doña Beatriz, para ofrecerle la mano al entrar á la litera.
--Gracias, gracias D. Fernando,--dijo estrechándole la mano,--ya viviré tranquila.
--Dios os haga tan feliz, como mereceis--contestó D. Fernando.
Los esclavos alzaron la silla, y antes de ponerse en marcha una de las cortinillas de seda de la portezuela se levantó.
--Cuidaos,--murmuró Doña Beatriz.
Don Fernando no pudo contestar, porque la silla caminaba.
El negro sin darse por conocido de D. Fernando, siguió á su ama.
El Arzobispo volvió á su palacio, tan orgulloso como si hubiera ganado una batalla, el ardid de que se habia valido para tomar posesion del edificio en que debia fundarse el convento de Santa Teresa, habia producido como hemos visto un éxito completo.
D. Fernando de Quesada estaba contento, amaba á Doña Beatriz, con ese amor inmenso de un hombre que llega á la edad madura sin haber conocido otra pasion que la del estudio. Doña Beatriz era jóven y hermosa y le amaba, además D. Fernando tenia en nada la oposicion de D. Alonso de Rivera, hermano de Doña Beatriz, él era como habia dicho muy bien, fuerte y poderoso, y la jóven habia cumplido ya la edad en que conforme á las leyes de la Metrópoli, le era lícito casarse sin el consentimiento de su hermano.
Pero en medio de todo, una cosa habia nublado la felicidad de D. Fernando. Beatriz, tenia una especie de delirio por la fundacion del convento de Santa Teresa, sin comprender por que el Oidor veia en su amada mas vivas y mas ardientes cada dia sus impresiones en este negocio, y algunas veces llegó á temer por su salud, siempre hablando de eso y siempre mirando la imágen de su tio moribundo, aquella muger padecia horriblemente en su espíritu, y esta situacion producia esa excesiva palidez que se notaba en su hermoso semblante.
Por eso D. Fernando habia tomado con tanto entusiasmo partes en favor de la fundacion, y era el amigo mas útil, que se podia haber encontrado el impetuoso Arzobispo de México, D. Juan Perez de la Cerna.
D. Fernando estaba en el palacio episcopal, la misma tarde que se habia tomado posesion de las casas.
La conversacion recaia naturalmente sobre los acontecimientos de la mañana.
--Verdaderamente--Sr. Oidor--decia el Arzobispo--no se á que atribuir el completo silencio que ha guardado D. Alonso de Rivera: ¿Usía cree que desiste completamente?
--Así debiera suceder, pero ó yo mucho me engaño, ó D. Alonso prepara alguna cosa.
--¿Pero qué puede hacer, perdida la propiedad y la posesion?
--Recurso de ley no le queda, ni seria ciertamente al que pudiera tenérsele temor, pero su Ilustrísima conoce tambien el carácter de D. Alonso, y como yo comprende que su mismo silencio, clara señal es de que algo trama.
--Dios dispondrá, pero alcanzo á creer que su Divina Majestad proteje nuestra empresa.
En este momento un familiar penetró á la habitacion, y presentó al Arzobispo en una bandeja de plata cincelada, un gran pliego cerrado y sellado.
--Debe ser sin duda--dijo el Arzobispo á D. Fernando--la contestacion de su Excelencia, al pliego que le envié esta mañana, dándole la noticia de haber tomado la posesion de las casas, y pidiéndole su beneplácito para comenzar la obra.
El Arzobispo abrió aquel pliego, y á medida que iba avanzando en la lectura, D. Fernando podia notar que se ponia alternativamente pálido y encendido, y que un sudor lijero humedecia la raiz de sus cabellos.
Mirad--dijo por fin alargándole el pliego con una mano convulsa.
El Oidor leyó y se inmutó á su vez.
--Orden del Virey para suspender los trabajos, hasta que existan fondos necesarios para la obra.
--Exactamente, ¡pero estas son intrigas de D. Alonso!
--Tal creo, señor.
--¡Fondos necesarios!..... ¿y qué calificará de fondos necesarios su Excelencia?
--Esta es la dificultad: será preciso que haya en las cajas de la fábrica doscientos mil pesos; de lo contrario, siempre pondrán á su Ilustrísima la misma dificultad.
--¡Oh! Cuando á mí me estrañaba el silencio de D. Alonso de Rivera.
--¿Y piensa su Ilustrísima que suspendamos la obra?
--De ninguna manera: es fuerza luchar con todas estas dificultades; pero con la constancia y el trabajo triunfaremos.
--Omnia vincit labor.
--Et constantia vincit omnia--en este momento me voy á palacio; de convencer tengo á su Excelencia, y mañana comenzará nuestra obra.
--Y yo prometo á su Ilustrísima que como su Excelencia no nos niegue su permiso, mañana en la tarde todas esas casas estarán completamente derribadas. Con permiso de su Ilustrísima me retiro á prepararlo todo, porque tengo fé en que su Ilustrísima alcanzará lo que desea.
--Vaya su señoría, que yo le aseguro que el beneplácito de su Excelencia lo tendré esta misma tarde.
El Arzobispo tendió la mano, el Oidor besó respetuosamente el anillo pastoral, y se retiró.
Pocos minutos despues el carruaje del Arzobispo se dirigía á palacio, precedido de un pertiguero montado en una mula blanca, lo cual era indicio que iba dentro del coche su Ilustrísima.
V.
En donde se descubre por qué estaba Doña Beatriz tan preocupada con la fundacion del convento de Santa Teresa.
La silla que á Doña Beatriz conducia, no se dirigió despues de la misa para la casa de la calle de la Celada, sino que tomó el rumbo de Jesus María y se detuvo en la portería del convento.
Doña Beatriz entró y llamó en el torno sin detenerse.
--Ave María--dijo.
--Gratia plena--contestó dentro del torno una voz cascada:
--¿Qué se ofrece hermanita?
--Madrecita--contestó Doña Beatriz:--¿pudiera yo hablar á la M. Sor Inés de la Cruz?
--Sí, hermanita; aguárdela que á llamársela van:--¿de parte de quién viene?
--De Doña Beatriz de Rivera.
Beatriz se sentó en una banca de madera sin pintar que habia en la portería: poco despues, desde el torno dijeron:
--¿Quién busca á Sor Inés de la Cruz, que aquí está? La voz que esto habia dicho era muy distinta de la que primero hablara, y Beatriz la conocia.
--Yo soy Sor Inés.
--¡Vos, Doña Beatriz! Esperad un momento que voy á pedir la llave del locutorio.
--Sí Madre, porque tengo que hablaros.
--Vuelvo, vuelvo.
Momentos despues sonó una llave que entraba en una cerradura, y una religiosa abrió á Doña Beatriz la puerta del locutorio.
Los locutorios de los conventos son, y han sido siempre iguales, una sala, mas ó menos grande, pintada de blanco, bancas al derredor, el piso de madera, todo perfectamente limpio, en las paredes un inmenso Crucifijo y algunos cuadros con imágenes de santos, algunas veces en los piés de la banca que ocupa el lugar de honor, una estera larga y angosta.
Dos religiosas estaban en el locutorio cuando penetró en él Doña Beatriz: una de ellas, alta, de naríz aguileña, boca grande, labios delgados, ojos pardos redondos, chispeantes, representaba tener cuarenta y cinco años: la otra, baja de cuerpo y con una fisonomía enteramente vulgar.
Doña Beatriz se sentó al lado de aquellas religiosas.
--¿Podemos hablar? preguntó.
--Hablad--contestó la mas alta de las dos religiosas. Sor Encarnacion es de toda confianza, como sabeis.
--Madre--dijo Doña Beatriz--vengo á participaros que hoy he asistido ya á la primera misa que se ha celebrado, en el que ser debe convento de Carmelitas descalzas bajo la advocacion de nuestra Madre Santa Teresa.
--Doña Beatriz,--contestó la monja--desde anoche lo sabia yo.
--¿Lo sabiais?