Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 4 de 49

LIBRO PRIMERO. — parte 3

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--Sí, el alma de D. Juan Luis de Rivera apareció á mi espíritu por permision de Dios, y ya no tenia sobre su pecho esa señal de fuego que ha llevado por tantos años el camino de la celeste Jerusalem comienza á abrirse para él; pero no entrará hasta que su voluntad no sea cumplida, y las hijas de Santa Teresa no oren por él en su casa, y esa alma penará errante y vendrá dia á dia á pedir su descanso, no á D. Alonso, corazon empedernido y contumaz, sino á vos que jurásteis sobre su lecho por Dios y por sus santos; á vos, que guardásteis su última voluntad, que estais en el mundo para poder cumplirla.........

La monja se iba inspirando y exaltando gradualmente, y su voz iba tomando un timbre en el que habia algo de amenazador y de irresistible.

Cualquiera pasion grande que domine el corazon engrandece al alma, bien sea el sentimiento religioso, ó el amor, ó el patriotismo; fanatisado el espíritu, el cuerpo se espiritualiza y llega el éxtasis de Santa Teresa, ó la inspiracion sublime y profética del Dante, ó la elocuencia irresistible de Mirabeau.

Doña Beatriz se inclinaba como anonadada, y estremeciéndose cerraba los ojos. Sor Juana de la Cruz habia tomado una de sus manos, y continuaba diciendo llena de entusiasmo:

--Sí, Doña Beatriz, á vos se dirigirá esa alma sin consuelo, ¿lo oís? A vos, porque yo lo sé, porque vos lo sabeis tambien, en medio del silencio de la noche se os presenta, me lo ha dicho; habeis logrado hasta ahora llegar á un término dichoso, ¡ay de vos, Doña Beatriz, si no se consuma la obra! ¡Ay de vos! ¡y ay de cuántos ameis sobre la tierra! La voluntad de un moribundo es sagrada y vuestros juramentos os ligan con el alma de vuestro tio, con lazos que nadie podrá romper sobre la tierra: esa alma como os ha seguido hasta hoy os perseguirá siempre mientras no se cumpla su última voluntad. Dios nos oye, Dios nos ve, Dios nos juzga.

Doña Beatriz habia caido casi de rodillas: con una de sus manos cubria su rostro, y la otra la tenia en la suya Sor Juana que la oprimia convulsivamente, y le hablaba con el aire inspirado de una profetisa.

Sor Encarnacion elevaba las manos enclavijadas y los ojos al cielo.

--Id, Doña Beatriz, continuad en vuestra santa obra, mucho es lo que habeis alcanzado; pero mucho aún lo que por hacer queda: id, y no falteis á decirme todos los dias cuanto en vuestros trabajos consigais; id, y que Dios os guíe.

Doña Beatriz se levantó, besó la mano de Sor Juana, y luego, como vacilante, salió del locutorio densamente pálida, y profundamente conmovida, subió á la silla, y los esclavos, precedidos del negro, se dirigieron á la calle de la Celada.

Sor Juana de la Cruz, era una muger de un espíritu superior, y dotada de una imaginacion ardiente y apasionada; anhelando ser la fundadora del convento de Santa Teresa, en México, llegó á sentirse llamada á ese papel por eleccion divina. El trato de Doña Beatriz, á quien conocia desde niña, le dió sobre ella esa influencia terrible que la habia hecho convertirse en el instrumento de sus deseos. Doña Beatriz llegó á sentirse completamente dominada por Sor Juana, y aquel espíritu fuerte, y superior, hizo nacer en la alma sencilla y tímida de la doncella, esa alucinacion que le traian entre las sombras de la noche, fantásticas y pavorosas apariciones.

Doña Beatriz estaba como magnetizada, y sentia á inmensa distancia el influjo y la atraccion de Sor Juana, y ni un solo dia faltaba del locutorio del convento, y ni un solo dia dejaba de salir, conmovida y aterrada por aquellas palabras ardientes, proféticas, llenas de fé, y como dictadas por los espíritus que habitaban el mundo de las eternas luces.

El fanatismo religioso era en aquellos tiempos el terrible contagio de todas las almas, y Doña Beatriz era la azucena que se marchitaba con el fuego del fanatismo.

VI.

En donde el lector conocerá á la verdadera heroina de esta no menos verdadera historia.

Serian las cinco de la tarde, cuando una modesta carroza se detuvo en la gran puerta de la casa de la calle de la Celada, un escudero puso el estribo, y una dama seguida de dos dueñas descendió del coche, y se dirigió á la escalera principal.

Los lacayos y los palafreneros que andaban por el patio, se descubrieron respetuosamente, la dama subió las escaleras y penetró en las habitaciones que estaban al estremo de un corredor sombreado por naranjos y limoneros plantados en magníficos tibores de china.

Un lacayo abrió una mampara de terciopelo, y la dama se encontró en un elegante retrete amueblado con sitiales y mesas de ébano, y tapizado de damasco color de fuego.

Doña Beatriz salió á su encuentro tendiéndole los brazos, y la dama se arrojó en ellos llena de placer.

--Blanca, hija mia,--dijo Doña Beatriz--hace tanto tiempo que no te veo, que temiendo por tu salud estaba.

--¡Ah! madrina, sois tan buena conmigo, que no sé ni cómo demostraros mi gratitud.

--Ven, hija mia, siéntate, estás algo desmejorada, acaso habrás estado enferma.

--No, madrina, pero ya sabeis, sufro tanto, tanto, soy tan desgraciada.........

--Don Pedro de Mejía, tu hermano, ¿sigue siendo tan indiferente contigo?

--Pluguiese al cielo, señora, que así fuese, ahora......... ¿pero estamos completamente solas?

--Solas, Blanca; háblame sin temor, ábreme tu corazon.

--¡Ay! hace tanto tiempo que no confio á nadie mis pesares, que tiemblo como si álguien nos escuchara.

--Habla, hija mia, nadie te escuchará.

--Ya sabeis cuán grande ha sido la indiferencia de Don Pedro mi hermano para conmigo desde nuestros mas tiernos años: huérfana de padre y madre, solo en vos encontré cariño y amparo, y he pasado mi vida sola, siempre sola, sin una ilusion, sin un cariño, sin una esperanza, mi hermano procurando siempre alejarme del mundo, impidiéndome siempre que vea á nadie, que hable con nadie, sin consentirme mas amistad que la vuestra. Siempre seguida, siempre cuidada, siempre vigilada por dos dueñas de su confianza, mi existencia era triste, muy triste pero tranquila, cuanto deseaba comprar ó tener, tanto se me daba inmediatamente, con tal de que continuara viviendo en el encierro y en el retraimiento, pero ahora.........

Blanca limpió dos lágrimas que se desprendieron de sus hermosos ojos. Doña Beatriz la abrazó con la ternura de una madre, y besó su frente.

--¿Qué sucede ahora? ¿eres mas desgraciada? ¿te pasa algo de nuevo? dímelo, hija mia, sabes cuánto te quiero.

--¡Ay! sí señora, de algun tiempo á esta parte, Don Pedro usa conmigo de los mas crueles é indignos tratamientos, me obliga ya á no salir de una sola pieza, no me permite ya que me sirvan mas que las dos dueñas, me niega cuanto le pido, mis alimentos son ya escasos y malos, y ha llegado...... á levantar la mano contra mí.

--¿A levantar su mano contra tí?

--Sí señora, porque insistia yo en venir á veros.........

--¡Pobre Blanca!......... ¿pero cómo es que veniste?

--Aproveché el momento en que no estaba, y esponiéndome á todo, he querido hablaros, porque se trata de una persona para vos muy cara.

--¿De quién, hija mia, de quién?

--De Don Fernando de Quesada.

--¿De Don Fernando? ¿le amenaza acaso algun peligro?

--Sí señora, oid y haced de mi noticia el uso que querais, nada me importa que sepan que yo os la he traido, vos habeis sido la única persona que por mí se ha interesado sobre la tierra, á vos debo, señora, el sacrificio de mi vida, si es necesario, oidme: hoy al medio dia, mi hermano Don Pedro y Don Alonso de Rivera, vuestro hermano, han concertado para esta noche, la muerte de Don Fernando de Quesada.

--¿Su muerte, ¡Dios mio! su muerte? ¿y cómo? ¿cómo?

--No podré daros mas pormenores, que solo alcancé á escuchar que mi hermano decia al vuestro:--«¿está convenido?»--y Don Alonso contestaba:--«Don Fernando morirá esta noche, y vos sereis el esposo de Doña Beatriz.»

--¡Él muerto!......... ¡yo su esposa!......... ¡Sangre del Redentor!.........

--No os aflijais así, madrina, ante todo recordad que la noche avanza, enviad á avisar á Don Fernando que se precava, en tanto que yo vuelvo á mi casa, y si algo supiere, os doy mi palabra que lo sabreis, aun cuando entendiese perder la vida.

--¡Ah! gracias, gracias, voy á enviarle un aviso: ¿pero á dónde, á dónde?

--Os dejo, señora, porque en este momento necesitais de todo vuestro tiempo, y de toda vuestra libertad. Adios, adios, señora.

--Adios, Blanca, hija mia, que Dios te guarde.

Blanca descendió las escaleras, y á la mitad de ellas, se encontró con dos hombres que subian. Blanca vaciló y se puso pálida: aquellos dos hombres eran Don Alonso de Rivera y Don Pedro de Mejía.

--Por la carroza he conocido que mi hermana estaba de visita en esta casa,--le dijo Don Pedro,--y deseaba preguntarle si se acostumbra que una jóven salga sin licencia de su casa.

--Deseaba visitar á mi madrina......... contestó la jóven.

--Retírese á su casa la doncella inmediatamente, y espere que sabré reprimirla.

Y diciendo esto Don Pedro, se subió acompañado de Don Alonso, y Blanca, encendida de vergüenza, y con el llanto en las mejillas, subió á la carroza.

No hemos cuidado de describir á Doña Blanca, y es fuerza que el lector la conozca.

Diez y seis años tenia, y era esbelta como el tallo de una azucena, con esas formas que la imaginacion concibe en la Venus del Olimpo, con esa gracia de la muger que amamos, el óvalo de su rostro formaba en su barba uno de esos hoyos que son siempre un hechizo, su pelo y sus ojos negros, como las mugeres del medio dia y su cutiz sonrosado y fresco.

Doña Blanca era un ensueño, una ilusion vaporosa, espiritual, parecia deslizarse al andar, como las náyades en la superficie de los lagos, era de esas mugeres que la imaginacion concibe, pero que ni el pincel, ni la pluma pueden retratar.

Si amais á una muger con todo el fuego de vuestro corazon, procurad describírsela á un amigo, y os desafio á que quedeis contentos de esa descripcion, y á que no os parezca el retrato pálido y triste.

De Doña Blanca casi no podia decirse cómo vestia, porque las mugeres que impresionan parece que van cubiertas con un velo de nubes, y ante una belleza semejante no se piensa en detalles, deslumbra, ciega, preocupa.

--Mal la pasaremos,--decia á Doña Blanca una de las dueñas.--Don Pedro está azás mohino, y vos, Doña Blanca, nos habeis comprometido.

--Callad, Doña Mencia,--contestó Doña Blanca--que muchas son ya mis penas, para que yo os consienta que os tomeis la libertad de reconvenirme; dejad á D. Pedro mi hermano ese trabajo, y cuidad de no meteros sino en lo que á vos atañe.

La vieja no contestó, y la carroza siguió caminando hasta la calle de Ixtapalapa; allí entró en una de esas soberbias casas que tenian y aun conservan todo el aspecto de unos palacios.

La calle de Ixtapalapa, era esa larga y recta calle que hoy tiene en sus cuadras muy distintos nombres, y comprendia todas las que se estienden desde la garita de la Villa, hasta la de San Antonio Abad.

En aquellos tiempos no habia calles del Reloj, ni calles del Rastro, todas se conocian con el solo nombre de calle de Ixtapalapa.

Las calles que ahora se llaman Reales del Rastro, fueron las primeras en donde comenzaron á fabricar sus habitaciones los principales conquistadores, y por eso las casas de esa calle, en lo general tienen ese aire de antigüedad y de fortaleza.

Muchos años despues, cuando se colocó el reloj de Palacio, se les dió el nombre de calles de Reloj, á las que se dirigen al Norte de la ciudad.

Pero volvamos á nuestra historia.

La carroza que conducia á Blanca entró en el patio de una de esas grandes casas de la calle Real de Ixtapalapa, el escudero volvió allí á poner el estribo, y Doña Blanca, seguida siempre de sus dueñas, subió y se encerró en su habitacion, á esperar llorando la vuelta de su hermano D. Pedro de Mejía.

VII.

En donde el negro Teodoro y el Bachiller ponen en juego todos sus recursos.

Apenas se encontró sola Doña Beatriz, llamó precipitadamente á una de sus doncellas.

--Haced que venga luego Teodoro--la dijo--y que nadie nos interrumpa.

La doncella salió.

En nuestros tiempos y con las costumbres modernas, una muger no se atreveria á encerrarse con un hombre, aunque este fuera un negro, por temor á ese ¿qué dirán?

Pero entonces un negro, un esclavo no era un hombre, y una dama no temia nunca por su reputacion, aun cuando aquel negro pasase la noche en su mismo aposento; ¡tanta era la distancia á que los colocaba el color, que ni la misma calumnia se atrevia á acercarlos!

Teodoro se presentó, Teodoro era el negro confidente de los amores de Don Fernando y de Doña Beatriz, el negro de elevada estatura que hemos conocido al entrar con D. Fernando, por la puerta falsa de la casa de Doña Beatriz.

--Teodoro--dijo la jóven--un peligro de muerte amenaza esta noche á Don Fernando, y si á él le sucediera algo, yo moriria.

--Mande la señora; su esclavo está pronto á obedecerla: ¿qué dispone?

--¿Serás capaz de hacer lo que te encargue?

--La señora sabe que no tengo mas voluntad que la suya, ¿acaso no le debo la vida y la felicidad, no soy su esclavo, mas por la gratitud, que por el dinero en que me ha comprado?

--Pues bien, Teodoro, hoy espero la muestra de esa gratitud; corre al Arzobispado, y dile al Bachiller Martin de Villavicencio, que busque á Don Fernando, que le diga que quieren asesinarle esta noche, que por mi amor se guarde, y dile que le muestre como seña de que el recado yo le envio, esta sortija que él bien conoce.

Doña Beatriz desprendió de uno de sus dedos una hermosa sortija con una cruz de gruesos brillantes, y se la dió á Teodoro.

--¿No mas eso tengo que hacer?--preguntó Teodoro.

--No mas--contestó Doña Beatriz--¿por qué lo preguntas?

--Es que eso me parece hacer muy poco, cuando mi ama está tan afligida.

--¿Pues qué piensas tú?

--Si la señora mi ama me lo permite, yo seguiré á Don Fernando toda la noche, y le responderé á mi ama que nadie tocará uno de sus cabellos, hasta que Teodoro haya espirado.

--¿Harás eso? preguntó conmovida Doña Beatriz.

--Mi ama lo verá si lo permite. ¿Acaso Teodoro el negro no debe á la señora la vida?

--Te lo permito y te lo mando, vé.

El negro se inclinó reverentemente y salió de la estancia.

El Bachiller Martin de Villavicencio dormia en su cuarto, reponiéndose de la mala noche pasada la víspera; el Arzobispo le habia dado, por decirlo así, vacaciones, y el Bachiller las aprovechaba: su Ilustrísima, aunque eran ya las oraciones, no volvia del Palacio del Virey.

Llamaron á su puerta, y el Bachiller se levantó.

--Calle--dijo--me he dormido á las dos y son horas ya de las oraciones--¡adelante!

Habian vuelto á llamar. Teodoro entró con la gorra en la mano.

--Teodoro, ¿tú aquí? ¿qué manda mi señora Doña Beatriz?

--Mi ama, señor, me manda deciros que os sirvais avisar inmediatamente al señor Oidor Don Fernando de Quesada, que por el amor que la tiene, se guarde, porque en esta noche se tiene concertado el asesinarlo.

--¿Asesinarlo? ¿pero quién, cómo, en donde?

--Creo que mi ama tambien lo ignora, porque si no, me hubiera dicho que os lo dijera, para evitar el golpe.

--Pero Don Fernando creerá que es una conseja; ¿por qué Doña Beatriz ni aun escribió?.........

--Don Fernando os creerá, señor, porque para eso me manda deciros mi ama que os envia esta sortija que mostrareis por seña al señor Oidor.

--¿Pero á tí nada te encargó para evitar una desgracia?

--Yo velaré por mi señor D. Fernando toda la noche, y pasarán por el cadáver del negro Teodoro, antes que hacerle mal.

--Muy bien, ¿tienes armas por si se ofrece el caso?

--¿Armas? los esclavos no podemos usarlas, y menos despues del motin del Juéves Santo.

--Tienes razon, pero entonces ¿qué puedes hacer?

--El negro Teodoro no necesita del cuchillo, ni de la espada--dijo Teodoro con desden, y acercándose indiferentemente á uno de los balcones, tomó entre sus manos dos de los hierros del barandal, y sin esfuerzo aparente de ninguna especie, los reunió, como si hubieran sido débiles cañas.

--¡Jesucristo!--esclamó el Bachiller admirado--tienes una fuerza espantosa.

--Poco habeis visto--contestó con frialdad Teodoro--me voy si vos no mandais otra cosa.

--¿Adónde vas?

--A buscar á Don Fernando, para guardarlo toda la noche.

--Acompáñame que voy tambien á buscarle.

--Obedeceré porque así me lo mandais, pero al vernos juntos pudieran maliciar.

--Dices bien, ¿sabes que tienes mucho talento para ser negro?

--Dios me lo ha dado así.

--Bien, vete y cuidado.

El negro salió sin replicar.

El Bachiller se dirijió por su parte á la tienda del Zambo en la plaza, y de donde le vimos sacar una espada. Aquella tienda era un cuartejo de pésima apariencia; no tenia sino un pequeño armazon en donde se ostentaban algunas vasijas de barro y algunas reatas por toda mercancía, y una mesa sucia y vieja que hacia el oficio de mostrador.

Martin entró á la tienda, y se dirijió á tomar asiento en una mala cama que habia detrás del aparador. El Zambo lo seguia humildemente.

--Vamos á ver--dijo Martin--¿sabes que alguno de los nuestros, tenga ajustado trabajo para esta noche?

--Solo el _ahuizote_ me ha dicho que esta noche le tenga listas tres espadas buenas y tres dagas.

--¿Y de qué se trata?

--No he podido averiguar.

--¿Quiénes le acompañan?

--Lo ignoro, pero no deben ser de los nuestros, porque él no me dijo nada, sino que me advirtió que vendria él solo por las tres espadas.

--¿Cómo sabremos?

--Solo hablando al mismo _ahuizote_.

--¿Dónde podré hallarle?

--En casa de la bruja Sarmiento á la oracion de la noche.

--Iré allá; tenme preparadas á mí tambien tres buenas espadas y tres dagas para esta noche, toma.

El Zambo alargó la mano, y Martin puso en ella algunas monedas de plata.

Apesar de la riqueza casi fabulosa, de las minas de oro y plata de la Nueva España, los colonos no conocian ni usaban en sus mercados monedas de oro. Los reyes de España habian prohibido su acuñacion, y hasta el año de 1676 se consintió á la casa de moneda de México, labrarla y ponerla en circulacion, pregonándose y celebrándose la real cédula, saliendo á caballo los ministros de la casa de Moneda, con atabales y bajo de arcos, en medio de una gran solemnidad.

Las monedas de plata no eran redondas como ahora, sino de formas irregulares.

El Bachiller Martin salió de la tienda.

--Primero--pensó--iré á dar aviso á Don Fernando y luego me dirijiré en busca del _ahuizote_, me parece que él es el que se va á encargar de este negocio, veremos de advertir al señor Oidor, hay tiempo aunque muy corto, porque la tarde ya pardea.

Martin se dirijió á la casa del Oidor.

Enfrente vió á Teodoro, como un centinela de mármol negro, y pasó casi rozándolo.

--¿Ahí está?--dijo al pasar junto al negro.

--Sí--contestó Teodoro.

Martin entró á la casa, y encontró al Oidor, paseándose en uno de los largos corredores.

--Buenas tardes dé Dios á usía--dijo Martin.

--Así se las dé al señor Bachiller--contestó el Oidor.--¿Qué vientos os traen por aquí á esta hora? ¿El señor Arzobispo ha vuelto ya de palacio?

--Aun no estaba de vuelta su Ilustrísima, cuando he salido yo, pero urjíame ver á usía y hablarle á solas.

--Pues entrad, que aquí podeis estar á vuestro sabor.

El Oidor introdujo al Bachiller á una especie de despacho.

Aunque entónces los libros eran escasos entre la misma jente que por su profesion necesitaba de ellos, se encontraba allí algo que podia llamarse una biblioteca, y que en aquellos tiempos representaba un valor enorme.

Serian dos mil volúmenes, casi todos forrados de pergamino, y colocados en estantes de caoba con alambrados, pareciendo mas bien jaulas de pájaros ó ratoneras, que estantería para libros.

Una gran mesa cubierta de bayeta verde con libros, espedientes y papeles, un inmenso tintero de plata con una verdadera corona de plumas, y un Cristo, con dos candeleros de plata á los lados.