Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 44 de 49
LIBRO CUARTO. — parte 11
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Don Melchor no quiso salir aquella noche y se contentó con enviar á su mayordomo con un atento recado al Capitan general Don Pedro de Vergara Gaviria, notificándole de su llegada y suplicándole le escusase si no pasaba á verle inmediatamente por estar muy cansado y un poco enfermo.
Vergara sabia por su parte muy bien que aquella noche debia de estar ya en México Don Melchor.
A la mañana siguiente, cuando el Capitan general hacia su despacho, le anunciaron al señor Don Melchor Perez de Varais.
Vergara le recibió con las mayores muestras de cariño, y antes de darle tiempo á otra cosa, hizo recaer la conversacion sobre Luisa.
--Escribí á su señoría--le dijo--sobre lo que por el señor inquisidor se habia descubierto.
--Y eso me trae mas que de prisa--contestó Don Melchor.
--Témome que tengais un desengaño bien triste.
--¿Por qué? ¿acaso se engañaria S. E. y no seria esa muger la pobre Luisa?
--Desgraciadamente ella es, y desgraciadamente digo, porque las artes de que fué víctima, aunque descubiertas, no han podido ser hasta hoy contrariadas; la pobre señora sigue tanto peor en su naturaleza fisica, cuanto en su estado moral.
--¿Hase llegado á afectar su inteligencia?
--De una manera grave; quizá por sus muchos sufrimientos, y por la misma naturaleza del hechizo, no es ni la sombra de lo que fué en otros tiempos; está casi en el estado de imbecilidad.
--¡Pobre Luisa!--dijo Don Melchor profundamente conmovido.
--Juzga el señor inquisidor que quizá el cuidado y las atenciones, y algo que tambien pueda influir vuestra presencia, volverán algun dia á esa pobre señora á su primitivo estado.
--Dios lo quiera; ¿pero nada se ha podido averiguar respecto de los autores del delito?
--Nada, por mas que el señor inquisidor y yo nos hemos empeñado en descubrirlo.
--Sea por Dios, ¿y dónde está Luisa?
--En la inquisicion.
--¿En la inquisicion?
--Sí, y no os admire, que no está en calidad de presa.
--Bien, pero como vos me escribisteis tenerla ya en vuestro poder..........
--Así se habia acordado, pero supuso el señor inquisidor que siendo ya el lance tan público, hubiera sido dar pábulo á la curiosidad haberla sacado del Santo Oficio, mientras vos no estuvierais aquí para recojerla.........
--¿Y cuándo podré ir por ella?
--Ahora mismo, y porque veais qué empeño tengo en este negocio, quiero acompañaros yo mismo, aunque suspenda por ahora el acuerdo: ¿habeis venido en vuestra carrosa?
--En el patio me espera.
--Bien, vamos.
Tomó el licenciado su sombrero y bajó en compañía de Don Melchor, montaron en la carrosa y se dirijieron á la inquisicion.
El inquisidor mayor, prevenido por Don Pedro de Vergara, esperaba ya la visita y les recibió con mucha ceremonia.
--Verdaderamente--dijo--me apena la desgracia del Señor Don Melchor Perez de Varais, y espero que Su Divina Majestad dará á su esposa el alivio, y á él el consuelo que tanto necesitan.
--Y solo de Él le espero--contestó Don Melchor--que cosas hay que parecen no tener remedio sobre la tierra.
--¿Quereis ver ya y recibir á vuestra esposa?
--Sí señor.
--Pues vendrá, pero armaos de valor porque el golpe va á ser muy fuerte para vos.
--Tendré resignacion.
El inquisidor ajitó la campanilla, y dió en voz baja algunas órdenes á un familiar.
Poco despues se abrió la puerta, y entre dos ministros del Santo Oficio penetró en la sala una negra.
Los familiares se retiraron y la negra siguió avanzando.
La estatura y el cuerpo tenian mucha semejanza con el de Luisa, tenia como ella cortado el pelo, pero la fisonomia en ningun caso podia confundirse con la de aquella.
Aquellos ojos con su mirar bajo, aquella boca, siempre entre abierta, aquel aire profundamente estúpido, no podian dar ni un indicio de la viva é inteligente fisonomía de la esposa de Don Pedro de Mejía.
Don Melchor la miró con fijeza, se puso densamente pálido, y sin decir una palabra, se cubrió el rostro con las manos y se puso á llorar.
--Aquí teneis á vuestro esposo, al señor Don Melchor--la dijo en voz alta el inquisidor.
La negra en lugar de contestar, se puso á reir estúpidamente, produciendo una especie de gruñido.
--Cada dia está peor--dijo con hipocresía el licenciado Vergara--Don Melchor, tened paciencia.
--La tendré--contestó con resolusion--y luego levantándose se dirijió á la negra.
--Luisa, Luisa, me conoces.
La negra volvió á reir.
--Me la llevo si me lo permite su señoría--dijo Don Melchor.
--Como gusteis.
--¿Tendrá su señoría la bondad de ordenar que me presten una silla de manos para llevarla á mi carroza?
--Sí, contestó el inquisidor y sonó la campanilla.
Entró un portero, el inquisidor le dió sus órdenes y poco despues dos familiares llegaron con una silla de manos.
Don Melchor hizo entrar á la negra que obedeció como una niña.
--Señor, adios--dijo Don Melchor--dispensen su Excelencia y su señoría que les deje así; pero ya pueden considerar mi situacion.
--Sí, id y que Dios os consuele.
Don Melchor salió lloroso tras de su silla, y el licenciado y el inquisidor se quedaron riendo de su dolor.
XXI.
De cómo salió Doña Blanca de la casa de la vieja curandera.
Doña Blanca se restablecia con una facilidad y una rapidez extraordinarias, en dos dias se habia mejorado ya de tal modo que comenzaba á andar sin dificultad, y á pesar de su palidez y de la falta de sus dientes, estaba ya otra vez hermosa.
La vieja salia algunas veces, y estaba fuera varias horas; entonces Doña Blanca pasaba el tiempo conversando con Teodoro que aun no se podia mover.
Doña Blanca habia adquirido gran confianza con la vieja curandera; sabia ya que se llamaba Bárbara, que ejercia en los pueblos y en las haciendas su oficio honradamente, pero que en aquella casa, abrigaba á los ladrones heridos, y á todos los que andaban prófugos de la justicia, lo cual le producia bastante dinero, y buenas relaciones que la ponian á cubierto de todo peligro á que podia estar espuesta por el aislamiento de su casa. Ella por su lado la había referido gran parte de su historia, y la habia confesado que parentezco ninguno la unia con Don Melchor Perez de Varais, el cual sin duda por solo favorecerla habia hecho todo aquello.
Doña Blanca tenia pues una gran confianza en Bárbara. Cada vez que venia alguna gente perdida á la casa, Doña Blanca tenia cuidado de encerrarse y no salir hasta que todos se habian marchado.
Una noche sin embargo, llegaron á la casa tres hombres á pié y envueltos en largas capas negras, completamente armados, y con toda la traza de facinerosos.
Blanca quiso retirarse, pero no era ya tiempo, y aquellos hombres la vieron.
El que hacia de gefe, la saludó con tanta cortesania, como si fuera un hombre de buena sociedad. Bárbara le distinguia con el nombre de Guzman; Blanca permaneció un rato allí y luego viendo que ese hombre la miraba con tenacidad se retiró.
--Guapa moza teneis aquí, Bárbara--dijo Guzman cuando hubo salido Doña Blanca.
--¿Os gusta?
--Mal gusto tuviera yo si de ella no gustara, que puede ser la moza de un rey.
--Pobrecita, anda tambien retraida de la justicia como vosotros.
--¿Debe muerte?
--No, que cosas son de amoríos y enredos.
--Pues cara tiene de una santita.
--Caras vemos, que corazones no conocemos.
--La verdad que me gusta la criatura como un dulce.
--Está linda, y que aun no sana bien.
--¿Pues qué tenia?
--Estaba enferma porque la dieron tormento.
--¿En la _cocina grande_?
--No llameis así al Santo Oficio.
--_Con el rey y la inquisicion chiton_, ¿es verdad? Bueno, ¿y cómo salió?
--Fugose.
--¿Fugose? pues cada vez me conviene mas. Oid Bárbara y hablemos como amigos: ¿cuánto quereis por esa moza?
--¿La vendo acaso? ¿ó creis que tenga comercio de eso?
--Vamos, y no os vengais haciendo de las nuevas conmigo, que no habreis olvidado, que en cien pesos me vendisteis aquella vuestra criada india.........
--Ah, pero esa era una india, y esta.........
--Será, mas española que una vireina; pero todo lo hace el precio, por aquella dí cien, y por ésta doscientos.
--No puedo, es de responsabilidad.
--Vaya trescientos.
--Cómo, ¿y si lo saben?
--Cuatrocientos.
--Ella quizá no quiera.
--Por último, quinientos duros y lo arreglais todo.
--Convenido, pero cómo hacer para que ella no se resista.
--Sáquela yo de aquí, y lo demas corre de mi cuenta.
--Pero ¿y para que salga?
--O con engaños, ó la emborrachais, que es fácil.
--Nunca toma ni un trago.
--Si no es fuerza que sea con vino, con teloatzin, con mariguana, con cualquiera yerba.
--Convenido, pero me dais no quinientos sino seiscientos; sé que estais muy rico.
--Tendreis los seiscientos, que en el precio no paro para cumplir un antojo; ¿y cuándo?
--Mañana en la noche.
--Vengo de seguro.
--Venid.
--Hasta mañana.
Guzman se despidió y Bárbara se entro á meditar su plan.
A la mañana del otro dia la vieja comenzó á preparar á Doña Blanca.
--Hija mia--la dijo--¿pensais permanecer aquí toda vuestra vida?
--Por Dios, señora, ¿ya os enfadé?
--Por el contrario hija, deseara veros siempre á mi lado; pero como os quiero de veras y sois tan jóven, me causais lástima, aquí remontada como yo que soy una vieja.
--Pero ¿qué he de hacer?
--Algun hombre podria amaros y sacaros de aquí y llevaros muy lejos, donde nadie os conociera, donde de nada tuviérais que temer.
--Hacedme favor, señora, de no hablarme de eso jamás, si es que no deseais que me vaya, aunque me aprehenda la justicia.
--Bien, no os incomodeis, y dejemos esa conversacion. ¿Qué tal os sentís hoy?
--Cada dia mejor, gracias á vos.
--Muy pronto estareis completamente buena, con una bebida que voy á daros esta noche, y que os hará descansar mucho.
--Tomaré lo que querais, que bien sé lo que son vuestras medicinas.
--Voy á prepararla desde ahora.
La vieja estuvo toda la mañana hirviendo yerbas y probando los cocimientos hasta que pareció quedar satisfecha.
A cosa de las diez de la noche se llegó á Blanca llevándole una taza con una bebida.
--Tomad--dijo--y recojeos para que os haga provecho.
Doña Blanca bebió sin desconfianza todo el contenido.
--Está muy amargo--dijo.
--Es medicina, hija, es medicina.
Doña Blanca sintió que comenzaba á faltarle la voz--La vieja salió de la casa, y con un silbato de barro dió dos silbidos agudísimos.
Se oyó entonces el ruido de un caballo que se acercaba, y luego la voz de un hombre que decia á Bárbara:
--¿Ya está?
--¿A dónde está primero el dinero?
--Tomadlo, y en oro.
--Bien.
--¿Está privada, ó va con su voluntad?
--Ni uno ni otro.
--¿Pues qué hay entonces?
--Como queriais las cosas tan pronto y yo no tenia otra cosa, le he dado el toloatzin que la hace disvariar; pero que la deja muda y sin fuerzas por algun tiempo: aprovechad, que me habeis dicho que saliendo de aquí, todo corre de cuenta vuestra.
--Vamos, pues.........
Doña Blanca estaba en un estado de somnolencia, de dibilidad, que le parecia estraño; jamas habia esperimentado síntomas tales; sus brazos se aflojaban, su cuello se doblaba como negándose ya á sostener la cabeza, y sus ojos se iban cerrando.
Pero en medio de todo sentia un placer, que no sabia tampoco como esplicarse, una especie de tranquilidad, de descanso tan agradable, que sonreía sin querer.
A poco le pareció que se dormia y que comenzaba á soñar: una luz azulada, iluminaba su aposento, y entre esa claridad, como flotando en ella, aparecian los séres mas queridos de su corazon, Don Cesar, Doña Beatriz y Teodoro, y hasta la muger de Don Melchor, la protectora de la pobre Sor Blanca.
Aquellas figuras fantásticas no tocaban el suelo, se deslizaban, como una ráfaga de luz en el espacio.
De repente, vió tambien mezclados entre esos séres tan conocidos para ella otros nuevos: eran Bárbara la vieja curandera, y un hombre que ella no conocia, pero entre todas aquellas sombras, solo estas dos parecian tener cuerpos.
Se acercaron, Blanca sintió entonces, que la alzaban del lecho, quiso gritar y resistirse pero no pudo.
El hombre desconocido cargó con ella y la llevaba, alumbrando la vieja.
Llegaron á la puerta de la casa: se desprendia del cielo una tempestad horrible; entre la densa oscuridad, que todo lo envolvia cruzaban los rayos atronando los bosques, y las cañadas: el agua caía á torrentes, y rugia el viento entre los encinos de la selva.
Una ráfaga de viento apagó la luz que llevaba la vieja. Doña Blanca no vió mas, pero sintió que pasaba á otros brazos.
--Horrible está la noche señora Bárbara.
--Témome que os vayais á caer por ahí.
--Conocemos muy bien el camino de nuestra casa.
--Pero vais á llegar como una sopa.
--No le hace, ya me pagará esta buena moza estos trabajos.
El hombre soltó una carcajada.
--Y muy pronto--contestó riéndose tambien Bárbara.
--Puede que antes de que amanezca; ya nos vamos.
--¿Estais listos?
--Sí, adiós.
--Que Dios os lleve con bien.
La vieja cerró su puerta.
La tempestad seguia á cada momento mas fuerte: todas las pequeñas vertientes de la montaña eran rios caudalosos, y los rayos, y el viento y el agua, formaban un estruendo horrible.
Si se rasgaba la densa oscuridad, con la luz pasajera de algun relámpago, era para volver mas negra que ántes.
Guzman llevaba á Blanca en la silla, y un criado le seguia; pero apenas se podia caminar, la tormenta borraba el camino.
--Sotero--dijo Guzman--tú que caminas mas libre pasa por delante para darme la vereda y reconocer, no vayamos á dar á una barranca.
El hombre pasó adelante y siguieron el camino, paso á paso.
Todos estaban empapados, y Blanca comenzaba á volver en sí, y á comprender lo que le pasaba.
Las imágenes de su sueño se confundian sin embargo, con la realidad, y no podia separarlas completamente.
¿Qué iba ella haciendo, en medio de aquella noche tan horrorosa? ¿Quién la llevaba? ¿A dónde se dirijian?
El movimiento del caballo la molestaba mucho, quiso hablar, no le fué posible, quiso alzar un brazo, y tampoco.
Seguía lloviendo: de repente el guía se detuvo.
--¿Qué sucede? preguntó Guzman con impaciencia.
--Que creo que hemos estraviado el camino.
--¡Maldita sea mi suerte!--gritó Guzman acompañando estas palabras con horribles juramentos, que hicieron estremecer de pavor á Doña Blanca--á ver, baja de tu caballo, reconoce el terreno, mas de tres años hace que andas conmigo por aquí.........
El hombre bajó del caballo, y procuró adivinar el camino.
--¿No encuentras nada?
--No, señor.
--¡Maldita sea tu raza! ven acá á tenerme á esta muger mientras yo reconozco en donde estamos; cuidado que te se vaya á caer, porque á tí y á ella os arrojo á la barranca.
Si Blanca hubiera podido, hubiera gritado de espanto; el lenguaje de aquel hombre la horrorizaba mas que los tormentos de la Inquisicion; habia llegado á comprender que estaba á disposicion de aquella fiera, y que no era la muerte la que le esperaba; pero su situacion le parecia tanto mas desgraciada, cuanto que creia que en lo de adelante no se podria mover mas, y aquel hombre dispondria de ella como de un sér sin voluntad.
--¡Simple!--gritó Guzman--¿cómo no has podido reconocer en dónde estamos? es buen camino.
--¿Buen camino?
--Sí, ¿á que no sabes qué es aquí? mira bien.
--No reconozco.
--Pues aquí está la barranca que pasa por nuestro rancho, y este es el paso que le llaman de «La Monja Maldita.»
Aquello era una especie de anuncio, de aviso del cielo, entendió Blanca; el nombre de la «Monja Maldita» despertó en su corazon tantos recuerdos y tantos temores, que lanzó un débil gemido.
Guzman, que estaba ya cerca, le oyó.
--¡Hola, Sotero! ¿qué estarás haciendo á esa niña?
--Nada, señor.
--¿Nada? ¡ya verás maldecido!
Volvió á subir Guzman á la grupa del caballo en que estaba Blanca, y continuaron caminando.
Doña Blanca comenzó á quejarse.
--¿Qué tienes, mi vida?--dijo Guzman acariciándole el rostro.
Doña Blanca hubiera deseado morir antes que continuar en aquella situacion, pero por fin su voluntad comenzó á ser obedecida por sus miembros, y pudo levantar ya un brazo para apartar de su rostro la mano de Guzman.
--¿Te haces la desdeñosa?--pues toma, dijo Guzman--y plantó sus labios sobre la boca de Doña Blanca.
Blanca quiso gritar, y gritó.
Comenzaba á salir de su estado de inmovilidad y de mutismo.
Era ya la mañana, la tempestad habia cesado, y la luz bañaba toda la montaña, cuando llegaron al rancho de Guzman.
XXII.
En que se sabe lo que habia sido de Martin y de Don Cesar.
Don Cesar, Martin y María, tomaron la misma noche de su fuga de la Inquisicion el camino de Acapulco.
Siguieron por varios dias su marcha sin interrupcion pasando con nombres supuestos, que prudentemente se habian dado, hasta llegar á la cañada de Cuernavaca.
Allí Martin resolvió quedarse.
La Inquisicion no era á él á quien perseguia, su muger podria escapar fácilmente en los dias primeros de la persecucion, y luego, cuando todo se hubiera ya calmado, volverian á México, en donde podrian seguir viviendo cómodamente.
--Cierto que es un excelente plan--dijo Don Cesar cuando lo hubo oido--pero tiene tantas ventajas para vosotros como inconvenientes para mí.
--¿Por qué?
--Mirad; que tanto cuanto es fácil para vos tener oculta á María, á mí me es imposible ocultarme; el Santo Oficio se fijará en mí mas que en ella, y es casi seguro que á estas horas, exhortos habrá por todos los pueblos para mi aprehension; así es que cuanto ántes necesito huir y ponerme muy fuera del alcance del Santo Oficio.
--Entonces, ¿qué pensais hacer?
--Pienso dirijirme al puerto de Acapulco. En estos momentos se apareja allí la gente de todas armas que el gobierno del virey, marqués de Gelves, va á enviar á Filipinas; calcúlome llegar hasta allá sin novedad, presentarme como voluntario en las nuevas tropas del rey, embarcarme con ellas, pasar á Manila, y pensar allí lo que puedo hacer para estar libre.
--Acertada es vuestra resolucion.
--Detiéneme, sin embargo, solo una cosa.
--¿Cuál es ella?
--El abandonar á Doña Blanca á su propia suerte.
--Así estaria aun cuando vos permanecieseis por aquí, que en el Santo Oficio ha caido, y ni esperanzas hay de poderla valer de algo.
--¿Pues cómo nos salvamos, María, yo, y Sérvia?
--Por lo mismo, esos casi son milagros que no se repiten á menudo, y por haber acontecido éste debeis de tener mas seguro que no sucederá otro muy pronto. Los ministriles han de estar con tantos ojos abiertos, y se redoblarán las precauciones á tal grado, que á no ser un verdadero prodigio, en muchos años no oireis decir de otra fuga.
--Sin embargo, paréceme una ingratitud.........
--Escuchad, Don César, y no os preocupeis; por vos no es posible que nada alcanceis: ahora, respondedme: ¿os queda algun influjo poderoso que mover? y en caso que querais procurároslo, ¿no temeis que á los primeros pasos os prendan y quedeis peor que ántes? El delito de que era acusada María era leve en comparacion del que se os imputa, yo tenia con el Arzobispo motivos grandes para pedir una gracia, él se ha empeñado tambien por su parte, y sin embargo, ¿qué consiguió? nada, nada, y si no hubiera sido por la astucia de Teodoro, aun tienen en la Inquisicion á estas desgraciadas. Creedme, D. Cesar, y partid; si en algo necesita de mí Doña Blanca, le serviré con la lealtad que me conoceis, y tendrá en mí un apoyo; pero vos, partid.
Don Cesar reflexionó un poco, y por fin, levantando con resolucion la cabeza, exclamó:
--Partiré ahora mismo--¡pobre Blanca!
--¡Gracias á Dios que os resolveis!
Don Cesar, sin hablar ya mas, se despidió de Martin y de María, y montando á caballo, tomó el camino de Acapulco; Don Cesar conocia aquel camino porque lo habia andado cuando salió desterrado por su desafío con Don Alonso de Rivera, y cuando volvió de ese destierro.
Martin y su muger se internaron por los pueblitos de la tierra caliente buscando un hogar en donde pudieran pasar algunos meses sin ser conocidos.