Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 45 de 49
LIBRO CUARTO. — parte 12
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Cosa de doce dias tardó Don Cesar en llegar hasta Acapulco, el camino habia sido para él una constante lucha: á cada momento intentando volverse en busca de Blanca, y recordando luego las reflexiones de Martin, se detenia algunas ocasiones á meditar, y perdido en sus pensamientos, permanecia una hora entera, en medio del camino sin moverse.
Por fin llegó al puerto.
Acapulco era en aquellos tiempos, el puerto mas importante de toda la Nueva España, por allí se hacia el comercio con la China, por allí entraban todas las mercancías, y por allí salia la gente y los refuerzos que de Nueva España se remitian á las Filipinas.
Cada virey procuraba que en su tiempo se hiciesen mayores envíos tanto de dinero á la corona de España como de gente á Manila.
El marqués de Gelves en los dias del tumulto, preparaba una grande espedicion, que no pudo ver realizada por todos los acontecimientos de México, pero un sobrino suyo encargado de este asunto en particular, continuó con mas brio, y con mayor empeño armando y equipando gente.
La audiencia de México como todo usurpador, veia en todo un amago á su seguridad, y una conspiracion contra su poder: la noticia de la gente que se armaba y disponia en Acapulco, llegó á la capital de la Colonia, y se aumentó y se comentó la noticia; se representó aquella gente como un ejército dispuesto á marchar ya sobre México á derribar á la audiencia y á restablecer en el vireinato al marqués de Gelves.
En consecuencia, salieron órdenes disponiendo que se suspendiera todo apresto.
Cuando Don Cesar llegó á la plaza de Acapulco, habia en ella una curiosa animacion.
Españoles, indios, negros, chinos, mulatos, todos cruzaban por las calles, alegres y conversando en voz alta en sus diferentes idiomas, los soldados y los marineros que iban á partir se despedian, los que se quedaban en tierra se empeñaban á porfia en ofrecer á los que se marchaban, frutos de la tierra que muchos de ellos no debian volver á probar en su vida.
En la bahia se balanceaban majestuosamente en medio de una mar tranquila y azulada, los bajeles de la flota que iba á partir para Filipinas. Todos esperaban con terror ó con ilusion aquella partida, y en medio de aquel rumor, se aguardaba á cada momento escuchar el cañonazo que anunciara la marcha.
Don Cesar se dirijió á uno de los soldados que encontró en la calle.
--¿Podriais indicarme señor soldado--le dijo--en donde me seria posible presentarme para tomar lugar en vuestras filas?
--Mirad allá--donde está la banderita del rey, vive el intendente; pero si quereis yo os conduciré, que en la compañía en que sirvo y debe partir hoy, tenemos vacante.
--Me hareis señalado servicio con acompañarme.
--¿Sabeis leer y escribir?
--Sí que sé.
--¿Conoceis el servicio?
--Conózcolo.
--¿De mar y tierra?
--De mar y tierra.
--En ese caso, puede que llegueis muy pronto á ser oficial.
--Dios lo quiera.
El soldado llevó á Don Cesar ante el intendente. Don Cesar era bien apersonado, sabia leer, y conocia el servicio, y un soldado así no le podia perder Su Magestad.
En un momento se facilitó todo, se le hizo jurar bandera y se le puso listo.
Poco despues sonó en la bocana un cañonazo al que contestó, una inmensa gritería: era el momento.
Comenzó el embarque de la tropa, que se prolongó demasiado hasta entrar ya la noche. El viento soplaba favorable, las velas se tendieron, los buques se aparejaron para partir, y levantaron las anclas.
Don Cesar en medio de un grupo de soldados, contemplaba las luces del castillo y de las casas del puerto, que iban desapareciendo entre las sombras de la noche al alejarse las embarcaciones.
A la mañana siguiente, el mar desierto ya azotaba las playas del puerto: á la animacion habia sucedido, el silencio, á la vida, el sueño, y solo como un punto blanco se divisaba á lo lejos uno de los bajeles de la flota.
XXIII.
En el que se conocerá el rancho del Gavilan, que era el castillo feudal de Guzman.
Cuando Guzman llegó á su casa, Blanca habia vuelto en sí completamente, y pudo bajarse del caballo sin auxilio de nadie; lo que le habia pasado durante aquella noche fatal le parecia una pesadilla, pero al verse allí sola y á merced de aquel hombre, comprendia cuán terrible era su situacion.
La casa de Guzman era un rancho situado en lo mas escarpado de una montaña, rodeado de barrancas profundísimas; no podia llegarse á él sino por una penosa y angosta vereda, que podia desde la puerta de la casa esplorarse hasta una gran distancia, merced á las sinuosidades del terreno.
Detrás de la casa seguia el bosque, pero espeso, tupido, impenetrable casi; era una retirada segura para un lance apurado.
El barranco que cruzaba á la derecha de la casa tenia una profundidad espantosa, y nadie se atrevia siquiera á acercarse á la orilla, porque aquellas rocas cortadas como á pico, aquel torrente que se azotaba, por decirlo así, entre las peñas del fondo, aquellas espumas á las que casi nunca herian los rayos del sol, causaban vértigos, aquel abismo atraia.
El rancho se llamaba del Gavilan, y era el cuartel general de Guzman, el gefe de los ladrones de aquel rumbo.
Dos ó tres mugeres andrajosas y sucias salieron á recibir á los recien venidos.
--Queremos desayunarnos--les dijo Guzman sin saludar; que nos preparen algo, pero antes á ver si hay ropa que le venga á esta señora para que se quite la que trae puesta, porque viene la pobrecita mojada hasta los huesos.
Doña Blanca oyó esto, pero no se movió; tenia miedo de todo.
--Anda vida mia--la dijo Guzman, tomándola un brazo, anda.
Doña Blanca se desprendió de la mano de aquel hombre y le dirigió una mirada de indignacion.
--Vamos señora--dijo una de las mugeres.
Blanca no contestó, y se sentó sobre una piedra.
--Si no quiere, déjenla por ahora, hoy se amansará, yo voy á mudarme que tengo frio: el desayuno.
Guzman se entró á la casa, haciendo al retirarse una seña al criado que como un centinela vino á colocarse al lado de Doña Blanca.
La pobre jóven meditaba con la frente apoyada en sus manos.
¿Qué seria de ella en poder de aquel hombre? ¿De dónde podria venirle la salvacion?
Levantó el rostro y miró al cielo, y sus miradas se perdieron en el espacio.
Media hora permaneció así, hasta que sintió que la tocaban familiarmente en la espalda. Era Guzman que se habia cambiado el traje, y que salia de la casa vestido como un caballero, con una ropilla y unos gregüescos de vellorí pardos y unas calzas finísimas de cuero de venado.
--¿Quieres desayunarte, alma mia?
Doña Blanca no contestó.
--Vamos, toma alguna cosa, entra al menos en la casa, el sol comenzará pronto á calentar y puede hacerte mal.
Doña Blanca ni le miraba siquiera.
--Entonces si no quieres entrar, yo comeré aquí; que me has causado tanta pasion, que no quiero abandonarte ni un momento.
Guzman habló á las mugeres, y poco despues allí mismo habian tendido en el suelo, y á los piés de Blanca una soberbia servilleta de damasco, y habian servido el desayuno.
Las tazas, los platos, las jarras, todo era de plata ricamente cincelado, todo de mucho lujo; aquel hombre debia de ser muy rico.
Las mugeres se retiraron y Guzman quedó solo con Doña Blanca.
--Toma alguna cosa, ángel mio, decia Guzman: mira, aquí serás mas que la vireina; aquí tú sola mandarás y tendrás cuanto quieras, porque soy muy rico, mucho. Si ves que vivo en esta casa tan triste, es porque no tengo á quien darle gusto, pero viniendo tú todo cambiará; ¿me oyes? Porque yo conozco que á tí sí te voy á querer de veras. Oyeme, mi vida: muchas mugeres han venido aquí y han hecho poderíos por agradarme, pero me han cansado, nunca he podido llegar á quererlas, y á tí sí te he de querer mucho, porque has de ser buena, y yo tengo necesidad de querer á una muger buena.
Guzman estaba enternecido, y Blanca concibió alguna esperanza.
--Si quereis una muger buena--contestó--¿por qué me habeis traido así, por fuerza? ¿Qué conseguireis con tener aquí contra su voluntad á una pobre muger que no os ama, que no puede amaros?
--¿Amas á otro?--dijo Guzman con furor.
--¿Para qué quereis saberlo? Basta que os diga que no os puedo amar.
--Pero me amarás, serás mia.
--No lo espereis.
--¡Ah! mas soberbias que tú han llegado aquí muchas, y han acabado por llorar el dia que las he despachado á sus casas.
--Mal me conoceis si me confundis con esas mugeres--contestó indignada Blanca.
--Oyeme, no quiero que nos incomodemos tan pronto; toma algo paloma mia, estás muy débil, toma algo y hablaremos despues; quizá me convenzas, y te deje yo volver libre á la casa de Bárbara.
Doña Blanca quiso probar con aquel hombre la dulzura.
--Sí, os acompañaré, tomaré algo con vos, pero es necesario que vayais reflexionando, que vuestra accion no es buena: ¿qué pretendeis de mí, de una pobre muger sin amparo? Si no fuera mi situacion tan triste, si yo tuviera algun amparo sobre la tierra, no seria tan cruel lo que pensais contra mí; pero quizá la única esperanza que me quede sobre la tierra sereis vos. Sed mi amigo, mi protector; no os empeñeis en ser mi verdugo.
Guzman miró fijamente á Doña Blanca: sus ojos pardos, brillaron bajo sus cejas negras y espesas de una manera estraña.
--¡Ah! tú sabes mucho, mucho; casi, casi me estas enterneciendo: calla, y no me hables así.
Doña Blanca sintió que su corazon se dilataba con la esperanza.
Calló por un momento, y comenzó á tomar una taza de leche.
Guzman habia concluido y las mugeres llegaron á retirar todo lo que habia servido para el desayuno. Pero Doña Blanca observó con terror que habian dejado cerca de Guzman una botella.
Blanca permaneció silenciosa, pero á poco su terror subió de punto, porque vió salir de la casa al criado y á las mugeres y alejarse hasta perderse por la vereda. Quedaba enteramente sola con Guzman.
Guzman se llevó á la boca la botella y dió un trago como para adquirir valor.
--Oyeme--dijo limpiándose los labios--yo te quiero, y necesito que tú me quieras tambien; yo soy mozo y sabes que soy rico, podemos ser aquí muy felices.
--Pero.........
--Escúchame: yo sé que andas prófuga, que te persigue la justicia, la inquisicion tal vez, porque tú llevas en tu cuerpo las señales del tormento, aquí nadie es capaz de alcanzarte; quiéreme, sé mia por bien, estás en mi poder, ninguno podrá libertarte, y si resistes, fuerza tengo para obligarte á sucumbir.
--Oidme, por Dios--contestó Blanca--es verdad que estoy en vuestro poder, que ando prófuga, pero la historia de mis desgracias enterneceria á un tigre. Sola en el mundo, el destino me ha arrebatado á todos mis protectores; Doña Beatriz de Rivera mi madrina, murió; luego encontré amparo en Don Melchor Perez de Varais, y en su muger Doña Isabel, pero mas tarde supe por mi último amigo, por el negro Teodoro que Doña Isabel mi protectora era una aventurera llamada Luisa, y entonces ya no me quedaron sobre la tierra mas que gentes que pasageramente se interesan por mí, ¿por qué vos no habeis de ser el ángel protector de mi vida? Sois bueno, generoso, fuerte, sed mi abrigo, ved en mí una muger que necesita de apoyo y no una víctima, un juguete de vuestras pasiones......... ¿me oís.........?
Guzman habia escuchado en silencio á Blanca y tenia la cabeza inclinada.
De repente tomó la botella y volvió á llevarla á sus labios.
Doña Blanca se estremeció.
--Siempre he pensado en que seas mia.
--¿Pero no os conmueve mi llanto ni mis súplicas?
--Todas las mugeres son lloronas.
--Mirad que os lo pido de rodillas--dijo Blanca arrodillándose.
El manto que la cubria cayó de su espalda y quedó descubierto su cuello blanco y torneado.
Guzman volvió á tomar otro trago y se quedó mirando á Blanca.
--De veras que eres linda--la dijo--¿y quieres que mirándote esa garganta y esos hombros te dejara ir cómo tú te lo supones?
Doña Blanca se cubrió precipitadamente, pero ya no era tiempo.
--¿Para qué te tapas?--dijo Guzman queriendo quitarle el manto--¿para qué te tapas? ven acá, comenzaré por darte un beso.
Y estendió su mano para acariciarla.
Doña Blanca se retiró violentamente y volvió el rostro como buscando amparo, pero estaba sola, completamente sola; no se oia mas ruido que el rumor del viento entre la fronda y los ecos del torrente que se despeñaba en las profundidades de la barranca de «la Monja Maldita.»
Guzman se paró vacilante: sus facciones anunciaban que habia llegado á un estado temible de embriaguez.
Doña Blanca al verle en aquella situacion perdió toda esperanza.
Doña Blanca retrocediendo se encontró detenida por un árbol, y Guzman pudo asirla de la falda.
--¿A dónde vas? ¿á dónde vas?--balbutia aquel hombre, ven acá, si hoy vas á ser mia.
--¡Por Dios dejadme! ¡por Dios! por vuestra madre, por lo que mas ameis en el mundo.........
--Si tú eres lo que mas amo en el mundo, ven aquí, no me hagas enojar.........
--¡Por Dios! ¡por el amor de vuestra madre!--repetia Blanca.
--Vamos, ¿qué tiene que ver Dios, ni mi madre en esto? Si Dios no quisiera no estarias en mi poder.
Guzman habia logrado detener á Blanca y habia pasado su brazo al derredor de su cuello y acercaba ya su rostro al de la doncella, pero ésta logró desprenderse de él y se retiró.
Sin embargo, poco habia ganado, porque en aquella lucha habian venido á colocarse cerca de la barranca, y la jóven se refugió encima de una peña que se avanzaba sobre el abismo.
--¡Hola!--decia Guzman--te resistes, pero ya has caido y tú sola te entregas: haber ahora por donde te vas.
Blanca miró por todos lados y solo encontró delante de ella aquel hombre, con ojos inyectados, y el aliento fatigado, ébrio de pasion y de vino, en derredor el abismo, rocas que alzaban entre las espumas sus erizadas frentes de granito, y sobre su cabeza un cielo azúl, puro, tranquilo é indiferente. Blanca pensó entonces en un milagro.
XXIV.
Lo que vió Teodoro.
Teodoro oyó el ruido de los caballos que partian de la casa de Bárbara y llamó á la vieja.
--¿Quereis decirme--le preguntó--quién estaba ahí?
--Fué Guzman, un amigo mio--contestó descaradamente la vieja--que vino por esa muchacha conocida vuestra.
--¿Por quién?--preguntó Teodoro incorporándose espantado.
--Por esa muchachita que estaba aquí.
--¿Por Doña Blanca?
--Sí--contestó la vieja.
--¿Y ella qué hizo?--dijo Teodoro cada vez mas asombrado.
--¿Qué habia de hacer? irse con él.
--¡Irse con él! ¿Pero cómo?
--¿Cómo? Muy alegre y muy contenta.
--¡Mientes vieja infernal!--esclamó Teodoro trémulo de furor tomando á Bárbara por la garganta y arrojándola sobre la cama--¡mientes! ¿Qué has hecho con esa jóven?
--¡Socorro! ¡socorro!--gritaba Bárbara.
--Calla, ó te ahogo--dime, ¿qué has hecho de esa jóven? Responde, ó te mato.
La vieja espantada, callaba.
--¿No contestas?......... ¿No contestas? Pues bien, voy á estrellarte contra la pared, contra las piedras, como á una serpiente.
Y Teodoro sin hacer caso de sus heridas se levantó, y alzó en el aire á la vieja para estrellarla.
--No, no--gritó la vieja--dejame, dejame, que yo lo diré.
--Bueno--contestó Teodoro--dime ¿qué hiciste con esa jóven?
--Se la llevó Guzman.
--¿Quién es Guzman?
--Un amigo mio.........
--¿Y para dónde se la llevó?
--Para su casa.
--¿Pero ella consintió?
--Sí.........
--¡Mientes!--dijo Teodoro alzando la mano.
--No, no consintió.
--Pues ¿cómo no gritó ni pidió auxilio?
--Por que..................
--¡Habla!
--Estaba privada le habia yo dado yerba.
--¡Infame!
Teodoro reflexionaba, pero no soltaba la mano de la vieja.
--¿En dónde esta la casa de ese hombre?
--No muy lejos, en un ranchito.
--¿Sabes tú?
--Sí.
--Pues vamos allá.
--¿Ahora con esta tempestad, en esta noche?
--Sí ahora mismo, ahora mismo.........
--Pero..........
--Vamos, pronto.
Teodoro se incorporó como pudo, y se puso su sombrero; todo esto sin dejar para nada á la vieja.
De debajo de su lecho sacó un cuchillo, y lo colocó en su cinturon.
--Mira--dijo á la vieja--al menor impulso que sienta de que quieras huir, te mato: ¡en marcha!
La vieja obedeció y salieron.
La noche era horrorosa, y caminaban casi adivinando en la oscuridad.
Así anduvieron como dos horas.
Teodoro, fatigado, sosteniéndose solo por la fuerza de su voluntad, comenzaba á impacientarse.
--Oye ¿no decias que el rancho estaba cerca?
--Pero hemos perdido algo el tiempo por la mala noche.
--Te advierto que si llegamos, cuando á Doña Blanca la haya sucedido alguna desgracia, te mato sin remedio.
--¡Ay!
--Pues vamos.
Y seguian caminando.
Algunas veces se detenia Teodoro á tomar aliento, y entonces era la vieja la que le apuraba.
--Vamos--decia--es tarde--y volvian á caminar.
Por fin, comenzó á lucir la mañana y á los primeros reflejos la vieja le dijo á Teodoro:
--Mirad, allí en aquel cerrito es la casa, poco nos falta.
Teodoro hubiera querido volar, pero aquella pendiente era muy larga y muy elevada.
El sol estaba ya en el horizonte y todo el panorama se iluminó perfectamente.
Teodoro y la vieja subian, pero el negro venia ya muy cansado y necesitaba detenerse á cada momento. Por fin llegaron á descubrir la casa.
Teodoro vió á Doña Blanca y á Guzman: sus figuras se destacaban, sobre las rocas en el purísimo azul de los cielos.
Blanca estaba en pié desdeñosa y altiva, Guzman á corta distancia, parecia no atreverse á acercarse.
Teodoro comprendió que habia llegado á tiempo.
Comenzó á caminar con mas violencia, y llegó á otro punto en que se dominaba mejor la escena que pasaba en el rancho.
Doña Blanca estaba al borde del abismo, y parecia hablar, Guzman estaba cerca de ella. Teodoro iba á continuar su camino, cuando la escena cambió.
Guzman dió un paso adelante y un gritó agudo atravesó los aires: Doña Blanca desprendiéndose de la roca cayó en el abismo, y se perdió entre las alborotadas espumas del torrente.
* * * * *
Guzman dió un grito y se echó atrás espantado para no precipitarse tambien.
Teodoro cayó de rodillas.
El torrente siguió su curso tranquilo, sin que nada indicara que sus ondas habian sido el sepulcro de la pobre Blanca.
FIN.
ÍNDICE.