Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 5 de 49
LIBRO PRIMERO. — parte 4
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En toda la estancia, repartidos sin órden ninguno, grandes sitiales de madera de roble con asientos y respaldos de baqueta, tachonados de clavos de cobre.
Y sin embargo, aquel era un lujosísimo despacho de abogado en aquellos dias.
--Siéntese el señor Bachiller--dijo el Oidor.
--Poco tiempo tengo ya de que disponer--contestó Martin--que vengo solo á decir á vuestra señoría, que le manda avisar mi señora Doña Beatriz, que sabe de un concierto para asesinar esta noche á usía.
A pesar de su valor y sangre fría, el Oidor se puso mas pálido de lo que habitualmente estaba.
--Para que usía no dude,--agregó el Bachiller,--Doña Beatriz le envía esta sortija como seña.
El Oidor tomó la sortija.
--Suya, en efecto es,--dijo--ni cómo dudar de lo que vos dijeseis.
Martin hizo una caravana.
--¿Y no agrega nada mas, mi señora Doña Beatriz?
--Nada, sino que por su amor se guarde usía, que es una cosa que sabe á ciencia cierta.
--Gracias.
--Pues he cumplido mi comision me retiro, que voy á procurar, en esta misma noche, poner en claro quién y cómo atenta contra vuestra señoría.
--Quizá no consigais nada, y sea inútil pues yo me figuro ya, que mano anda en todo esto.
--Sin embargo, suplico á usía que me permita.
--Haced lo que os plazca.
--¿Supongo que usía no saldrá esta noche?
--¿Por qué no? dentro de una hora iré á verme con el señor Arzobispo.
--Pues tome usía sus precauciones.
--Nada temais señor Bachiller, id con confianza, que Dios protejerá su causa.
El Bachiller salió, Teodoro estaba en su mismo punto.
--Va á salir, cuidado--dijo Martin.
--Yo cuidaré--contestó Teodoro.
Y Martin se dirigió al _tianguis_ de Juan Velazquez, en busca del _ahuizote_, y de la casa de la Sarmiento.
Martin era un perdido, un truhan, hipócrita en presencia del Arzobispo, en cuya casa habia entrado en la clase de familiar hacia ya tres años, estaba en relacion con la peor canalla de la ciudad, muy jóven, muy valiente, con una gran inteligencia pero lleno de vicios. Martin de Villavicencio Salazar, álias Garatuza, como le decian sus compañeros debia figurar, y figuró como una notabilidad por sus crímenes en el siglo diez y siete.
Pero en medio de todo, era un tipo de lealtad, y de abnegacion para sus amigos, y para él, el Oidor era uno de ellos, cualquier sacrificio estaba dispuesto á hacer en servicio suyo, porque Martin era hombre de corazon.
VIII.
En donde el lector conocerá á la Sarmiento, y le hará una visita en su casa.
Por el lugar en donde ahora existe el Paseo de la Alameda, hubo en aquellos tiempos una especie de mercado miserable, y solo frecuentado por los indios, en un terreno invadido continuamente por las aguas de la laguna.
Se llamaba primero el tianguis de Juan Velazquez, y luego de San Hipólito, y estaba ya fuera de la _traza_.
Como quizá alguno de nuestros lectores, no sepan lo que era la _traza_, procuraremos darles de ella una idea.
Despues de la rendicion de México, la ciudad quedó casi reducida á escombros. Hernan Cortés trató de su reedificacion autorizado por el Emperador Cárlos V, y comenzó por señalar el terreno que en ella debian ocupar las casas de los conquistadores, y el que debia ser para los conquistados.
Los españoles ocuparon el centro de la ciudad, y la línea que marcaba esta parte privilegiada, que era un gran cuadro separado de los demás, por una inmensa acequia, fué lo que se llamó la _traza_.
Dentro de la _traza_ no podian vivir sino los españoles, ó algunos de los vencidos que fueran de una muy elevada categoría, como el desgraciado Guatimoctzin, último Emperador azteca.
Una parte del terreno que fuera de la traza ocupaba el mercado de San Hipólito, fué convertida en paseo, veinticuatro años antes de la época de nuestra historia; es decir, en 1592 por el virey D. Luis de Velasco, segundo, en la segunda vez que ocupó el vireinato. Se sembró de álamos y se cercó.
Esto no era sino una parte de lo que se llama hoy la Alameda.
Martin atravesó la acequia de la _traza_, por el Puente de San Francisco, y siguió hasta pasar el tianguis en el lado opuesto al que ocupaba el paseo de Don Luis de Velasco.
Vivia por allí en una miserable casita de adoves, compuesta de tres piezas con un corralon á la espalda, una vieja que tenia fama de hechicera, y que le decian la Sarmiento.
Las tres piezas de la casa eran una sala, una recámara y una cocina, casi desprovistas de muebles.
A pesar de la mala nota de la Sarmiento, nada habia allí que pudiera despertar la vigilante susceptibilidad del Santo Oficio.
La Sarmiento no tenia en su compañía, mas que dos hermanos, un varon de treinta años y una muger de veinte, ambos sordo-mudos; el hombre se llamaba Anselmo, y la muchacha María.
La Sarmiento habia traido consigo estas dos personas en un viaje que hizo á Valladolid, como se llamaba entonces Morelia, y contaba que por caridad las habia recogido.
Anselmo era sombrío, María alegre, bonita y graciosa. La Sarmiento se entendia con ellos perfectamente, y en el mayor silencio sostenian entre los tres una de las mas animadas conversaciones.
Anselmo y María en las noches, que estaban generalmente reunidos, solian enojarse y las señas degeneraban en horribles insultos. La Sarmiento, tranquilamente para cortar la cuestion sin tener que reñirles, apagaba la luz y todo terminaba; á oscuras ni se hacen, ni se reciben insultos por señas.
La vida de la Sarmiento era muy misteriosa, pocas veces salia de su casa, ni ella ni los sordo-mudos trabajaban en nada, y sin embargo, jamas les faltaba dinero; la casa que habitaban era de su propiedad.
Algunas noches se habian visto embozados y damas, llegar á la casa y entrar en ella, los vecinos le tenian una especie de respeto ó de miedo á aquella muger, pero algunas veces se atrevian á ir á espiar por las rendijas de las mal ajustadas ventanas, y nunca lograron descubrir nada.
Alguno llegó á pegar sus ojos á esas rendijas despues de haber visto entrar una dama, y solo vió á Anselmo y á María sentados delante de una vela, haciéndose señas imposibles de interpretarse.
Sin embargo, en aquella casa habia una cosa que no se ocultaba al público, que era quizá lo que mas horrorizaba á los vecinos, y en la cual no cuidaban de intervenir los familiares de la Inquisicion.
Anselmo y María domesticaban y criaban toda clase de animales, pero con mas predileccion víboras de cascabel, de las que tenian una respetable coleccion en jaulitas de madera que ellos mismos hacian.
Algunas veces por las tapias del corral, los curiosos veian que mientras la Sarmiento se dedicaba á sus oficios domésticos, los dos hermanos sentados al sol, y dando gruñidos semejantes á los de los perros, cuando están contentos, se ocupaban en dar de comer á seis ú ocho enormes víboras de cascabel.
Aquellos horrorosos reptiles salian de sus jaulas, subian por los brazos de Anselmo, se acomodaban en el torneado seno de la muchacha, arrimaban sus caras chatas al rostro de María, como un gato que hace fiestas, lanzando un silbidillo agudo, y moviendo su lengua ahorquillada con una rapidez asombrosa.
--Ah descreidos, en esas habeis de morir--decian los vecinos.
Pero no llegaba á sucederles nada, y los mas cristianos les imputaban que tenian «compacto con el diablo.»
Habia entrado ya la noche, cuando Martin llegó á la casa de la Sarmiento y llamó.
--La paz de Dios sea en esta casa--dijo.
--Amen--contestó la Sarmiento--¿qué se os ofrece, caballero?
--Venia en busca del Ahuizote--dijo Martin con un tono brusco.
--No ha venido hoy, pero siéntese usarcé señor Bachiller Don Martin de Villavicencio Salazar.
--Calle, ¿y de dónde conoceis vos mi nombre?
--Si buscais al Ahuizote y sabeis que ellos vienen por acá, ¿qué milagro será que os conozca?
--Teneis razon, y supuesto que entre nosotros no hay misterio, ¿podeis decirme adónde hallaré al hombre que busco?
--Costumbre tiene de venir aquí todas las noches á las oraciones, porque gusta mucho de esa muchacha--dijo la Sarmiento señalando á María, en quien no habia reparado bien el Bachiller.
--Oh, y por mi fé que es una preciosa mulata, buenas noches, hermosa.
--Es sorda y muda--dijo la Sarmiento.
--¡Qué lástima!--esclamó Martin--con que esta es la propiedad del Ahuizote.
--Poco á poco, le gusta y es todo, pero nada mas, que María es niña, y á ella no le hace gracia el indio, vereis.
La Sarmiento hizo una seña á María, que seguia los movimientos de los interlocutores, con sus ojos hermosos y llenos de inteligencia y de vida.
La muchacha contestó con un gesto de profundo desdén. Anselmo alzó los ojos, vió la seña, y una débil sonrisa se dibujó en su boca.
María era una muchacha tan perfectamente formada que parecia una Vénus de bronce, y como solo traia una camisa bastante descotada, su cuello, su pecho y sus hombros ostentaban toda su belleza y su morvidez; el brillo de sus ojos, y el carmin fresco de sus labios tenian una hermosura infernalmente provocativa. Los galanes del rumbo envidiaban á las víboras, y el Bachiller, hubiera sido de la misma opinion, si hubiera sabido las escenas que nosotros conocemos.
--¿Y creeis que vendrá esta noche el Ahuizote?--dijo Martin.
--Si he de decir la verdad, creo que no.
--¡Demonio!--dijo con impaciencia Martin.
--¿Qué quereis?--esclamó la vieja tan inmediatamente, que el Bachiller se espantó como si el demonio de veras hubiera contestado á su llamamiento.
--¿Sois vos acaso el demonio, que así contestais cuando se le nombra?
--No, pero tan impaciente os miro, que os ofrecia mis servicios.
--¿Sabeis qué clase de negocio tiene entre manos el Ahuizote esta noche?
--No lo sé, pero decidme si gustais, cuál es el que á vos os preocupa, que entonces mas fácil me será deciros lo que va á acontecer.
--¿Sereis bruja por ventura?
--¿Sereis vos familiar del Santo Oficio para requerirme?
--Nada menos que eso.
--Pues bien, decidme si quereis saber algo, que yo procuraré serviros, y no os mezcleis en asuntos ajenos.
--Quisiera saber de un hombre á quien se pretende asesinar en esta noche.
--Un vuestro enemigo.
--Por el contrario, amigo mio.
--¿Sois de los nuestros?--dijo la Sarmiento, lanzando el grito de una lechuza.
--Sí--dijo Martin, contestándole con el mismo grito.
--Seguidme.
La Sarmiento encendió un candil de cobre, hizo una seña á los sordo-mudos, y se dirigió á la cocina, seguida de Martin.
En uno de los rincones habia una cuba vacía, que apartó la muger con gran facilidad, y debajo una gran losa con un anillo de fierro oculto por un monton de basura.
La Sarmiento tiró del anillo, se levantó la losa, y á la luz del candil, se descubrió la entrada de un subterráneo y los primeros escalones de un caracol de piedra.
--Bajad--dijo la Sarmiento, mostrando la entrada á Martin.
Martin vacilaba.
--Bajad y no tengais miedo--insistió la vieja.
Para que un hombre resista á la palabra «_miedo_» salida de la boca de una muger, aun cuando esta muger sea una harpía, se necesita que este hombre, esté como se decia en aquellos tiempos: «dejado de la mano de Dios.»
Martin entró sin vacilar al subterráneo, y la Sarmiento le siguió cerrando tras sí la entrada.
Descendieron como veinte escalones, y el Bachiller se encontró en una gran bóveda, que á lo que pudo ver con la escasa luz del candil, daba paso á otras varias de la misma especie.
Entonces la bruja se puso delante de él, y le dijo:
--Aquí sí yo os guiaré, porque no conoceis el terreno, seguidme.
IX.
Cómo el negro Teodoro probó que no necesitaba de armas.
EL Oidor era hombre de un valor á toda prueba, no de los que se animan ante el peligro, sino de los que lo buscan y lo desafian. Un peligro le amenazaba aquella noche en la calle, y sentia una necesidad, una especie de vértigo para buscarlo y encontrarlo cuanto antes.
Don Fernando estaba enamorado, y todos los enamorados han sido, y serán siempre, lo mismo. Doña Beatriz sabia que se tramaba su muerte, y Don Fernando se hubiera creido deshonrado si hubiera dejado de salir á la calle esa noche; creeria Doña Beatriz que habia tenido miedo.
Además, tenia urgente necesidad de ver al Arzobispo, de saber la resolucion del virey.
El negocio de la fundacion del convento de Santa Teresa, estaba de tal manera identificado con sus amores, que creía servir á Doña Beatriz ayudando al Arzobispo.
Cerró la noche y D. Fernando se dispuso para salir.
Sin embargo de su valor, creyó necesarias algunas precauciones.
Vistióse bajo su ropilla, una ligera cota de maya de acero, perfectamente templado, y que podia resistir el golpe de un puñal sin perder uno solo de sus anillos; y ademas de su espada y de su daga prendió en su talabarte dos pequeños pistoletes, se caló un ancho sombrero adornado de una pluma negra, se cubrió con un ferreruelo de vellorí y salió á la calle.
Registró con la vista por todos lados, pero nada pudo descubrir á pesar de que el cielo no estaba entoldado como la víspera, y la luna alumbraba bastante.
Don Fernando echó á andar, y detrás de él se destacó un bulto que comenzó á seguirle á cierta distancia; pero sin alejarse mucho ni perderle de vista.
El Oidor caminaba de prisa, pero podia notarse que cuidaba siempre que le era posible de ir por la mitad de la calle, y no torcer en las esquinas cerca de los muros de las casas.
El hombre que le seguia debia ir descalzo, porque sus pisadas no producian el menor ruido marchando como los gatos, sin que pudieran sentirse sus pasos.
En esos dias estaba en construccion el templo de la Catedral, y casi todo el terreno que esta ocupa, estaba lleno de andamios, de montones de piedra, de madera, de inmensos bloques de granito, en fin, de todo eso que formando para los profanos un caos inesplicable, es el pensamiento del arquitecto que va con la luz de la inteligencia á moverse, á ordenarse, á colocarse, á formar una maravilla del arte, y á materializar en una mole gigantesca una idea encendida en la pequeña cabeza de un hombre.
Desde allí se descubria la puerta del Arzobispado, y entre aquellos materiales acumulados se perdió, como que se desvaneció, el hombre que seguia al Oidor. Era indudablemente el lugar mas propio para ocultarse, y para vigilar á todos los que entrasen ó saliesen del palacio del Arzobispo.
Don Fernando preguntó por su Ilustrísima, y un familiar le hizo entrar inmediatamente.
--¡Albricias!--dijo alegremente el Arzobispo al ver á Don Fernando.
--De las mismas--contestó el Oidor, siguiendo el humor del prelado.
--El virey da su beneplácito para continuar la obra inmediatamente; aquí está la órden.
--Mil parabienes.--¿Pero cómo logró tan pronto su Ilustrísima.........
--¡Ah! no ha sido poco el trabajo: su Excelencia estaba realmente prevenido, ese Don Alonso de Rivera, y su amigo Don Pedro de Mejía (Dios se los perdone), han trabajado con un teson digno de santa causa.
--Pero al fin.
--Ahora vereis, al llegar al palacio pareciome mas prudente consejo tener vista con mi señora la vireina, que como sabeis, muestra particular empeño en nuestra fundacion porque allá en su mocedad estuvo algunos meses en un convento de Carmelitas descalzas, y su santo celo nos ha dado tambien en sus dos hijas piadosos auxiliares para nuestra empresa. Su Excelencia debia entrar á la cámara de la vireina pocos momentos despues que yo, pero tiempo tuve suficiente para prepararla, así como á las dos niñas; de manera que ellas y yo, tanto instamos y rogamos, y suplicamos, que su Excelencia no pudo menos de darme la órden que yo solicitaba. ¡Ah, señor Oidor! Este ha sido un triunfo que hemos alcanzado, y que es preciso aprovechar sin pérdida de tiempo.
--Yo aseguro á vuestra señoría Ilustrísima, que mañana en la tarde no conocerá el lugar en que las casas existieron.
Y el Arzobispo y el Oidor continuaron, lo menos por dos horas, hablando de sus planes..............................
Teodoro, que seguia á D. Fernando, se ocultó en las obras de la nueva Catedral: buscó un lugar desde donde observar la puerta del Arzobispado, y colocándose á su sabor se quedó inmóbil.
Una hora habia permanecido allí confundido por su color negro con la sombra del naciente edificio, cuando sintió un leve rumor de pasos que se acercaban por el mismo camino que él habia traido.
Con mucha precaucion levantó la cabeza y vió tres hombres que procuraban ocultarse tambien, muy cerca de el lugar que él ocupaba.
--Está seguro--dijo uno de ellos al otro: está en el Arzobispado.
--Tan seguro, que yo le ví entrar desde la pared de enfrente adonde me dijiste que me quedara de vigía.
--Sí debe ser, porque quien nos manda me dijo que debia venir esta noche á ver al Arzobispo, y que por aquí debia pasar al retirarse.
--Seguro es el golpe.
--Ahora esperad, y silencio.
Y todos callaron: Teodoro no habia perdido una palabra.
Mucho tiempo trascurrió así, y Teodoro observaba de cuando en cuando una cabeza que se alzaba muy cerca de él para mirar la calle que venia del Arzobispado: la luna estaba ya en la mitad del cielo.
Por fin sonó una puerta y se percibió un bulto negro que, saliendo del palacio del Arzobispo, se dirigia al lugar de la emboscada.
--¿Es él?--dijo uno de los hombres.
--Debe ser--contestó otro;--pero es necesario estar muy seguros, y sobre todo no precipitarnos, porque anda siempre bien armado, y es diestro.
--Pero solo.
--No le hace.
El bulto se acercaba mas y mas.
--Él es, dijo uno.
--Listos!--contestó el otro.--Y los tres sacaron de la vaina sus puñales sin levantarse.
El bulto se percibia ya claramente; era el Oidor y pasaba por delante de los hombres ocultos.
Entonces sin hacer ruido, y como si hubieran sido unas sombras todos, se alzaron; pero no advirtieron que no eran ya tres sino cuatro.
--¡A él!--gritó uno precipitándose; sobre el Oidor; pero antes que hubiera podido acercársele recibió en la cabeza un golpe terrible, que le hizo caer á tierra sin sentido. Don Fernando tiró de la espada y se puso en guardia; pero la precaucion era inútil: al mirar su actitud, el auxilio inesperado que le llegaba y la caida de uno de ellos, los asesinos echaron á huir.
Ni Don Fernando ni el negro pensaron en seguirles, el Oidor quedó con su espada en la mano, y el negro con su habitual indiferencia, cruzados los brazos, contemplándole y teniendo en medio de ellos el cuerpo de aquel hombre, que no se sabia si estaba muerto, ó privado.
--¿Quién sois, y qué quereis?--preguntó Don Fernando al mirar que el negro no se movia.
--Soy el negro Teodoro, y solo quiero servir á su señoría en lo que me mande.
--¡Teodoro! ¿qué haces aquí?
--Seguir á usía.
--¿Seguirme? ¿y para qué?
--La señora mi ama sabia que esta noche querian la muerte de usía.
Don Fernando se puso pensativo.
--¿Ella te ha mandado?
--No, yo le pedí licencia para acompañar á usía en esta noche.
El Oidor volvió á callar por un rato.
--¿Este hombre está muerto?
Teodoro se inclinó y puso su mano en la boca, y luego en el corazon del hombre.
--Está vivo--contestó.
--¿Con que le heriste?
--Con mi mano.
--Seria bueno llevárnosle.
El negro sin esperar mas, levantó al herido, que gimió débilmente; como hubiera podido alzar á un niño, y se volvió como para esperar una nueva órden.
--Vamos, dijo el Oidor, mirando si en el suelo habia algo.
--Aquí está el arma de éste--dijo Teodoro levantando un puñal del suelo.
Don Fernando guardó su espada y se puso en marcha seguido del negro que llevaba á cuestas al herido, avanzaron un poco y se oyó un rumor de pasos: eran dos hombres que traian la direccion opuesta y con los que debian encontrarse.
--¡Ah de los que van!--dijo uno de los dos.
--¡Alto los que vienen!--contestó Don Fernando sacando la espada.
A la luz de la luna se vieron brillar los estoques de los que venian. Teodoro puso en el suelo con mucho cuidado al herido, y se colocó al lado de Don Fernando.
--¿Quién va?--dijo una voz.
--Oidor de la Real Audiencia--contestó Quesada adelantándose.
--Mi señor Don Fernando de Quesada.