Moral social · Unidad 30 de 55
Unidad 30 · CAPITL'LO XXI
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CAPITL'LO XXI
DEBERES DEL HOMBRE PARA. COM LA HUMANIDAD ConfTaUTn^dad.^Ftla1^trop^a. —CotniopoUHinio.—CtrUUaeUa.
La moral Bocial, además de incompleta, seria muy corta en su alcance y muy mezquina en su propósito, si sólo ligara al hombre con la sociedad nacional de que forma parte. A más alcanza y más elevado es su propósito: la moral social indaga y establece las relaciones de cada hombre con cada uno de los grupos qne inmediatamente lo contienen, porque cada uno de esos grupos eáuna porción de humanidad, de modo que cada deber cumplido con una sociedad particular es cumplido con la humanidad entera. Lejos, por tanto, de excluir la relación de humanidad, la moral social debe incluirla, hasta tal punto, que la primera verdad que se aprenda y la última que por medio de ella se utilice, sea la de que el hombre es ana parte de la humanidad, que el seno natural de todo hombre es la humanidad entera.
Ya en la enumeración de deberes que se derivan de Cada una de las relaciones morales del hombre, vimos que el trabajo, la obediencia, el sacrificio y la educación toman nombres distintos, según Son los grupos sociales á que se refieren.
Veamos ahora qué nomores toma cada uno de esos deberes en el grupo que comprende á los demás. El deber de trabajo se llama aquí cmfralernidad; el de obediencia toma el nombre Aq Jilantropia; el de sacrificio, cosmopolitismo; el de educación, civilización.
Con/ralemidad. — Es el deber que el hombre individual, en cada uno de los grupos sociales, tie-
ne de trabajar en pro del desarrollo mejor y más completo de la especie humana á que pertenece.
En realidad, tan ligadas están por la naturaleza racional del ser humano todas las entidades, individuales ó colectivas, que todo trabajo de cualquiera especie, hecho por cualquier individuo 6 por cualquier grupo, con objeto de bien ó fin de mal, trasciende á la humanidad entera, ya como ejemplo, ya como palpable resultado.
Pero no son estas consecuencias fatales de los actos del hombre, sobre los seres todos de su especie, lo que la moral social conoce con el nombre de confralernidad. Si este es un deber, ha de ser concienzudo, y si es concienzudo ha de ser racional, y, por lo tanto, la confraternidad nos compele á ejercitar deliberadamente, con plena conciencia áel obietivo á que debemos consagrarlas, todas las actividades y las fuerzas de nuestra razón, nuestra voluntad y nuestra conciencia.
Considerándonos hermanos los unos de los otros, todos de todos, porque todos procedemos de la misma especie, de la misma humanidad, la humanidad es nuestra familia universal; y así como á nuestra familia particular le prestamos el auxilio de nuestros músculos, de nuestros nervios, de nuestra voluntad y de nuestro cerebro para sustentarla y sostenerla, así debemos hacer efectivo con nuestros actos, con nuestro trabajo, coa nuestro esfuerzo, el sentimiento de fraternal inclinación que despierta en nosotros la presencia de la especie humana en la historia, ó la idea de la humanidad en nuestra mente. Aunque no queramos, aunque no lo sepamos, así lo hacemos: la historia de la civihzación, en su alcance moral, no es otra cosa que prueba palpable de la inconsciente confraternidad de los seres humanos.
Pero ya es tiempo de que el hombre quiera y sepa ser hermano del hombre, y tenga conciencia, clara y efectiva conciencia de su origen, de las relacioneB naturales de su origen, de los deberes que su origen le impone para con la familia humana, y del interés de familia, de hermano, de inmediato deudo que tiene en trabajar y en esforzarse por servir al aumento de bienestar, de felicidad, de libertad, de cultura y de justicia en su familia universal.
Cuando la revolución francesa, confundiendo el derecho con el delíer, y la expresión de ta justicia con la expresión de la moral, puso la fraternidad como primera persona de su trinidad social, erró sin duda ante el derecho, pero acertó sin duda eo cuanto al deber final de toda organización jurídica, que, estableciendo el orden en la libertad, debe llevar á establecer el orden en el bien. Lo que era una invocación, sea un propósito deliberado: ya es tiempo. Ya hace más de un sigfo que los atormentados por el odio que los concitó, y por el odio que excitaran, elevaron á principio de or-
fanización el que no es un principio, sino un deer, no una base de organización jurídica, sino una base de ordenación moral.
Filantropía. — Hasta ahora la filantropía no ha pasado de ser un sentimiento, una mera expresión de sensibilidad individual ó colectiva, que manifiesta el afecto natural del libre al libre, no por ser connacional ó convecino ó deudo ó amigo, sino por ser hombre.
De aquí en adelante, si prevalece la moral fun- .
dada en la realidad de la naturaleza humana, la
J,lantropia será considerada como un deber social.
Ya, como mero sentimiento, produjo aquella
explosión de dulces afectos j de amor a los hom-
bres todos, que honrará para siempre los últimos años del siglo xvrii. Ya, como mero sentimiento, produjo en el albor de nuestra era aquella dulce personificación de igualdad y caridaa que se llamó Jesús. Ya antes de Jesús había ella producido á los estoicos. Ya antes que á los estoicos, produjo la misma caridad universal al Jesús revolucionario de la India, Budha. En China produjo á Confucio; en Grecia, á Sócrates; entre la horda infame que desde Roma deshonra con el nombre de emperadores á la estirpe humana, produce á Marco Aurelio; en el menguado imperio bizantino, produce á los neo-platónicos; en la Edad Media de Europa, á Rogerio Bacon; en todas las edades, á algún generoso personiflra.dor del sentimiento de unión éntrelos hombres,
Pero el momento de la Historia en que mus palpitante se ha mostrado ha sido el siglo en que los conscientes y los inconscientes lo invocaban, y desde el padre de Mirabeau hasta el padre de ía Revolución francesa y sus errores, todos volvíaa la cabeza hacia el porvenir como esperando una era en que todos los hombres, amándose con verdadero amor, veneraran juntos la imagen de la madre humanidad.
La explosión de filantropía fué tan formidable, que á ella, más que á la acción deletérea de las pasiones y de los errores, se puede atribuir el aborto de monstruosidades que produjo.
No por ser madre de monstruos, dejó la Revolución francesa de ser uno de los más nobles estallidos de humanidad que ha habido en el mundo^ así como no por infecundo en su inmediato resultado, lo fué en sus resultados ulteriores el sentimiento de filantropía que la produjo. Mas la prueba de que ese sentimiento no basta
pard edifícar sobre él una moral menos cambiadiza que la usual, está en que, detrás de cada una de esas detonaciones históricas de la Slantropia. vienen simultáneamente una horrible reacción de los sentimientos egoístas contra los generosos en el vulgo de los hombres, y una lenta elaboración de la inteligencia y la conciencia, que, asiéndose de ese sentimiento, intentan retenerlo en el mundo y construir en él una realidad social un poco más humana que la triste realidad de egoísmos, disociadores, de pasiones batalladoras, de exclu-. sivismo anárquico, de localismos, de ptovincialismos y nacionalismos enervantes.
A ese propósito de alta razón y alta conciencia^ sólo puede llegarse considerando un deber lo que hasta ahora se ha considerado como un sentimiento sin responsabilidad.
Pero ¿se puede elevar á la categoría de deber el sentimiento de amor universal? Tan se puede, que en vez de hacer esa pregunta se debería hacer la contraria. ¿Cómo ha sido posible que no haya ligado siempre á todos los hombres el deber que la naturaleza nos ha impuesto de amarnos todos como nos amamos nosotros mismos?
Si: la ñlantropía es un deber de cada hombre y de cada uno de ios grupos sociales en que el hombre se desarrolla.
Es un deber, porque la naturaleza ha procedido de tai modo en la realización y en la organización del ser humano, que es imposible que eiindividuo. ó los grupos humanos prescindan ae aquella constante relación que une el hombre al hombre, como el átomo al átomo, como la gota á la gota. Es un deber, porque la razón reconoce en la comunidad de origen, naturaleza y destino de todos los hombres, un medio natural, expresamente preestable^
-cido, para lle^r á un fin común. Es un deber, porque la gratitud por los bienes que el hombre néhe al hombre, tiene por necesidad del plan de relaciones y de consecuencias que ha establecido «1 orden moral, que dar por consecuencia un deber que corresponda á ella.
El deber, la filantropía, es tan preciso como la relación, la gratitud. Si reconocemos, como reconocen los dotados de vista intelectual, que los .unos hombres somos deudores de los otros, todos <ie todos, los de esta humanidad de los de la humanidad anterior, los de hoy de los de ayer, los de acá de los de allá, por los beneficios que incesantemente nos prestamos, reconocemos subsecuentemente que la gratitud es una relación p(>- sitiva entre todos, y deducimos el deber de manifestárnosla por medio del amor.
Hay, pues, un deber, y es preciso, concreto y positivo. La moral debe cultivarlo, no sólo para j-epetir la explosión de generosos afectos que produjo la Revolución francesa, sino para evitar los errores y extravíos que han hecho de ella y del «olemne sentimiento que la hizo tan expansiva y tan fecunda, tantos enemigos cuantos son los hipócritas que afectan terrores que no sienten, ó los ingenuos que se dejan engañar por los hipócritas.
Cosmopolitismo. — Hay en el mundo una porción de desgraciados que, so color de que la patria de los hombres es el mundo, se desentienden de la patria, dicen que para ser ciudadanos del mundo. No es ese el cosmopolitismo que consideramos nosotros «n deber. El que abjura de un deber no puede cumplir con otro deber más compulsivo. Ese no es más que un egoísta astuto que, con su hipocresía, intenta cohonestar su falta de virtud.
legalidad, de cooperación y de integridad que han estado llevando á cabo los grupos inferiores, como cuando la completan la magnanimidad, que es el deber que el Estado, operando como persona internacional ó como representante de la soberanía inmanentCjOja de cumplir en todos los conflictos socialeSjf ya sean de derecho interno ó de derecho externo, ya de deberes manifiestos, ya de deberes indecisos.
La tolerancia es une» de los deberes más extensos á que estamos llamados en el concierto de la vida colectiva. Con nosotros miemos, en las abstrusas relaciones del ser consigo mismo; en el seno del hogar, en la vida vecinal, en las relaciones provinciales, en la actividad nacional, en la expansión del hombre de un lugar al hombre de la especie, como creyentes, como religionarios, como partidarios, como doctrinarios Je una doctrina científica ó moral, pensando, hablando,
-indo, leyendo, juzgando, de todos modos y á -.oda hora podemos, como debemos, ser tolerantes.
Toda la vida de relación está pendiente de ese deber; toda la historia es un gemido por no haberse cumplido ese deber; toda la impotencia jurídica de la raza latina ha dependido y depende del DO cumplimiento de ese deber; toda la potencia desarrollada por la raza sajona desde la Reforma acá, se explica por el cumplimiento de ese deber. Gracias a él se ha hecho patria de todos los hombres de la tierra el pueblo que mejor lo cumple. Gracias á ese deber se ha comprendido por los demás pueblos de la tierra que el cosmopolitismo es un deber. El cosmopolitismo sin la tolerancia es dos veces imposible: una vez, porque las sociedades que oo saben tolerar no pueden hospedar á los extraños que, por extraños, lo son