Moral social · Unidad 29 de 55
Unidad 29 · CAPITULO XX
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CAPITULO XX
LOo CONFLICTOS DEL DEBER. — LA REGLA DE LOS CONFLICTOS
Mientras la idea del deber no sea guía de nuestras acciones, cada vez que la conciencia individual se mueva al cumplimiento de un deber preciso, se hallará en confleto consigo misma. y mientras la costumbre del deber no sea la pauta común de las acciones en la vida social, los pocos que consuetudinariamente cumplen con sus deberes vivirán en conflicto con la universalidad de
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sus coasociados en todos y cada uno de !o6 grupos eD que funcionaD.
Los couñictos del primer caso resultan de la pasividad de la conciencia personal; no habituada a funcionar, padece de la misma inercia <jue paraliza la actividad funcional de cualquiera otro órgano de vida, ora física, ora psíquica.
Los conflictos del segundo caso proceden de la disparidad de fuerza conscia, ó si se entiende mejor, de la diversidad de disposición á cumplir con su deber en los individuos que sufren y en los que concitan el conflicto. Exactamente lo mismo que en el encuentro de dos fuerzas, una dinámica, otra estática, confligen una y otra hasta que la más poderosa prevalece; ó exactamente, asimismo, como cuando se encuentran las sólidas ideas de una razón en saludable desarrollo con las medias-ideas de una muchedumbre semiirracional , la fuerza de inercia intelectual en ésta pone en conflicto á la razón activa, así el choque de conciencias activas é inactivas, de deberes en movimiento con deberes en reposo, produce un conflicto de deberes.
En el caso personal, el conflicto termina casi siempre en una aflicción secreta que señala con su dolorosa cicatriz las frentes de los tristes; ya hace más de dos siglos que el poeta conocía las consecuencias de la lucha, cuando, por boca de Samlet, clamaba sordamente: «Thus conscience does make cowards of v,s all.» Y no es que la conciencia haga cobardes: no hay nada que haga tan valeroso como la conciencia, siendo como ella es la dotada exclusivamente de la fuerza que hace los héroes del deber y los mártires de su deber. Pero como la aflicción q ue subsigue á los conflictos del deber en la conciencia individual son luD, ..■■.v^.oo^ic
chas sordas del ser consigo mismo, que no tienen testigos, ni estímulos, ni victorias exteriores, pues el bien de vigorizar y fortalecer la conciencia que
Íroducen, es íntimo é invisible, y sólo se ve de él i tristeza de la superioridad de conciencia, que se esculpe en el rostro, la imaginación, al ver esa tristeza, y al notar que los conscientes se desarman, en la batalla de la vida de relación, de cuantas armas hacen victoriosos á los que tienen el depravado valor de aceptar todos los medios, interpreta la tristeza de superioridad por tristeza de vencimiento, y el vencimiento por cobardía. Lejos de eso, ninguna fuerza es comparable, nin-
funa fortaleza tan resistente como la fuerza que esarrolla y como la fortaleza qué hace formidable á la conciencia personal en las luchas del deber. Ese aumento de fortaleza y ese desarrollo de fuerza son absolutamente naturales, siendo consecuencia lóeica y psicológica del desarrollo del órgano en donde el deber funciona y para cuya salud funciona. Ese simple hecho de fisiologíajes tan desconocido hoy como lo era antes de las observaciones y experimentos de la fisiología animal el paralelismo de las funciones orgánicas y el desarrollo de los órganos. Mas no por eso es menos verdad ni menos hecho. En consecuencia, por lo que atañe inmediamente á la moral, en vez de .eludir con sus consejos esas luchas y conflictos del deber en la conciencia individual, ms utilizará como medio natural que son de fortalecer el órgano supremo de la vida psíquica. No porque sean individuales, carecen de trascendencia social esos conflictos: basta ú. un hombre ser el hombre, es decir, representar en sí el tipo inicial de que es imagen, para que, aun cuando se abstenga de la vida de relación, influya en ella. Su ejemplo es
por si sólo una influencia Bocial, Pero los conflictos de deber que más especialmente afectan á la conciencia colectiva y van acompañados de luchas más ardientes, luchas ya no sordas, combates mano á mano j cuerpo á cuerpo, acorapaüados de gritos que se oyen, de peripecias que se ven, de episodios que se admiran, de evoluciones que se objetivan en masas vivientes que se mueven y remueven por la invisible iniciativa del deber, son los conflictos entre deberes que se derivan de relaciones sociales.
Esas luchas no son más morales que las otras, acaso lo son menos, porque en ellas entran estímulos de pasión, de voluntad ó de imaginación que alteran el desinterés de las primeras; pero son más extensas en sus beneficios, porque, poniendo en actividad conciencias que vivian inertes, inicia en ellas la actividad que va lentamente favoreciendo el ascendiente de la razón y construyendo con ella la conciencia social.
En una sociedad desorganizada basta á veces el espectáculo de esas luchas de deber, promovidas por pocos que cumplen con los suyos entre muchos que no cumplen con ninguno ó que sistemáticamente corrompen la moral pública , faltando con premeditada deliberación á los deberes más obvios de la vida social, para determinar una reacción contra la inmoralidad reinante.
La lucha se entablará primero entre el consciente ó los conscientes con la sociedad en masa. El germen de conciencia colectiva que haya en ella no alcanzará, no podrá de ningún modo alcanzar ni el motivo, ni los medios, ni el propósito del cumplidor de su deber, y éste tendrá qiie luchar á brazo partido, y á conciencia irritada. con cuantos de cerca ó de lejos, más al principio
con los más cercanos, tengan, puedan ó deban tener alguna participación en el cumplimiento del deber.
Pasivas las conciencias, encontrará Tehacias todas las voluntades, obtusos todos loa entendimientos, refractarias las sensibilidades, hipócrita 6 burlona la palabra, sardónica ó hipócrita la sonrisa, dudosa toda cooperación, interesado todo aplauso. La lucha, en tanto, fortaleciendo al que defiende su conciencia contra las agresiones de la inmoralidad circunstante, hará patente á los próximos, después á los lejanos, j poco á poco á la sociedad entera, la fuerza de resistencia de la conciencia humana, cuando un solo hombre, ó pocos hombres que están firmes en la noción de su deber, resisten á la masa social, que no tan sólo es masa mecánica, sino también masa de pasiones insanas, de mentiras audaces, de calumnias atroces, de atrocidades infames contra aquel ó aquellos que resisten y vencen sus impulsos.
Cuando se ve esa fuerza de conciencia, se admira; y cuando se admira, el sentimiento de lo sublime se despierta en la imaginación colectiva; y como toda satisfacción de una necesidad produce placer y suscita otra nueva satisfacción, el estímulo de lo bello moral y el interés del placer que nos produce, va persuadiendo á las imaginaciones y atrayendo el sentimiento de la multitud que, al fin, o desiste de su hostilidad ó no resiste al deseo de imitar lo que admiró.
Aún quedará entonces subsistente el conflicto. Los representantes poderosos de la sociedad desorganizada por el abandono ó la ignorancia del deber, viendo los frutos del deber cumplido, y amonestados por su instinto de conservación, que se alarmará al ver el cambio social, ocuparán en-
tonces el puesto de combate abandonado ya poila multitud vencida ó convencida.
Tal vez sucumban entonces los que sostienen la lucha del deber; pero el resultado de la lucha les será dos veces favorable: una vez, porque habrán salido más fuertes de conciencia; otra vez, porque habrán determinado en el espíritu de la muchedumbre social un movimiento de conciencia que sólo h, idea del deber, ó la del derecho armado del deber, puede determinar y que concluirá por formar una conciencia social más poderosa.
Esos conflictos del deber en la conciencia colectiva son eminentemente dramáticos, cuando el deber en lucha sirve de arma á derechos ya maduros. Entonces, como ya se ha verificado el primer momento de! conflicto, que empieza en la resistencia de la sociedad y acaba, según hemos descrito, en la invasión de la conciencia colectiva por la idea del deber, la fuerza conscia es irresistible, y cuando la reacción contra ella es muy obstinada por ser muy ciega ó muy soberbia, da los 30 años de guerra religiosa en Alemania, pero triunfa; los 60 de lucha activa ó pasiva entre los Países Bajos y España, pero triunfa; da los siete de incesante lidiar entre las trece Colonias é Inglaterra, pero triunfa; da los 12 de implacable guerrear entre las Colonias continentales de origen español y España, pero triunfa. Nunca ha sido vencida la conciencia colectiva en sus conflictos por el cumplimiento del deber.
Cuando lo ha sido, ó la conciencia no era clara, ó el deber no se cumplía.
La seguridad de esta afirmación corresponde á la seguridad de convicción que debemos tener, que tiene la moral, de que los conflictos del deber social, antes que evitarce, han de favorecerse por
cuantos medios estén al alcance de Estados é individuos, no por parte de aquellos para provocar colisiones peligrosas, ni por parte de éstos para ensayar reformas ó innovaciones caprichosas, sino para utilizar en bien de la sociedad el desarrollo, la fuerza j la fortaleza de conciencia que necesaria y felizmente resulta de la fuerza conscia que desplega en esas luchas.
A veces el conflicto del deber no dimana de oposición entre él y sus antitesis, sino de eradación entre los mismos deberes. Asi, hay conflictos entre dos deberes contradictorios, ó que parecen contradictorios; conflictos entre deberes concretos y deberes no muy precisos; conflictos entre deberes naturales y deberes convencionales; conflictos entre deberes inmediatos y deberes mediatos. Tanto como es un bien para la moral el estimulo de los conflictos de deber resultantes de la oposición hecha á la conciencia individual ó colectiva por fuerzas antagónicas del deber, tanto sería uu mal favorecer ó prolongar los conflictos entre deberes.
Si el resultado de aquéllos es la fortaleza, el de éstos es ia vacilación de la conciencia. Por eso importa salvar pronto los conflictos de esa especie. Para salvarlos, hay una regla:
Entre dos deberes, se ha de cumplir primero el más inmediato, el más extenso, el más concreto.